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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Paracas: Islas Ballestas y Reserva

 OTROS DESTINOS

A mediodía de una jornada laboral salimos de Lima en la clase VIP de un confortable autobús que nos llevaría en bastante más tiempo del previsto, por una carretera amplia y solitaria, siguiendo el litoral desértico (consecuencia de las corriente frías de Humbold) del Pacífico, a Paracas.

 


Pueblo entre Lima y Paracas

Por el camino me quedó claro que tenían elecciones a la vuelta de la esquina (aunque la esquina resultó ser de varios meses): tuve la impresión de que no había un solo muro encalado en el que no apareciera el nombre de algún candidato a la alcaldia, o el gobierno provincial. También me quedó claro que hay mucho pero mucho que hacer para que los grupos de casas de barro que íbamos dejando atrás (encaladas por mor de la ambición política de decenas de candidatos) se conviertan en aldeas más o menos estructuradas con un cierto nivel de bienestar. Y, al ver los adosados y hoteles que van surgiendo aquí y allá, me asaltó una duda: ¿será el destrozo urbanístico de la costa española vacuna o enfermedad contagiosa?


Entre Lima y Paracas


Terrapuerto de Paracas

Prácticamente de noche, nos bajamos al lado de una estructura sin paredes y con techado de paja, abarrotada mayoritariamente de turistas, que parecía más un chiringuito de playa que una terminal de autobuses; nada que ver con el ordenado terrapuerto limeño de Cruz del Sur del que habíamos partido.

 

En un taxi de los muchos que aguardaban pasajeros a pie de estación, atravesamos el pueblo («Paracas en quechua significa "lluvia de arena". Aquí hace mucho viento. Por eso el terremoto y el tsunami de 2007 fueron tan graves», nos dijo el taxista), antes de alcanzar el hotel que habíamos reservado por internet: La Hacienda Bahía de Paracas. Un lujazo.

Tardamos medio segundo en decir «sí, gracias» cuando el recepcionista nos propuso ponernos en marcha el jacuzzi exterior. Supongo que la ventaja del verano será que no se corre riesgo de congelación al ir hacia la habitación, pero no creo que sea más relajante, porque no creo que haya tanto silencio ni que la noche luzca más estrellas.


La Hacienda Bahía de Paracas

Relajadas y hambrientas, nos dio pereza salir al pueblo y nos dispusimos a cenar el el restaurante del hotel (rara vez es nuestra primera opción) y resultó un acierto. Daría algo por tener ahora mismo al alcance de mi paladar tan sencilla y exquisita cena: Conchas de Paracas (vieiras), Causa de atún (no se me ofendan los peruanos si la comparo con una ensaladilla rusa, muy buena eso sí) y Parihuela de pescado en su versión atomatada (sabrosa sopa abundante en conchas, pulpo, calamares y pescados varios). Uhmmmm, necesito un par de minutos […]. Acabo de matar el deseo con un bocadillín de atún con mayonesa. No es lo mismo pero…


Por la mañana temprano, la delegada de Mystery Perú (reservamos con antelación por miedo a quedarnos sin plaza, pero nos dio la impresión de que no era complicado contratar in situ; aunque yo si hiciera el viaje de nuevo volvería a contratar los servicios de Mystery Perú) nos recogió a primera hora de la mañana en el Hotel, nos llevó hasta el embarcadero, y nos colocó como pudo en una de las lanchas contratadas para grupos. En el otro extremo del malecón está el embarcadero de las lanchas que van rellenándose sobre la marcha. Allí no hay baños ni termos con té o café a disposición de los pasajeros. No vi más diferencias. Tal vez el precio.


El candelabro

Después de disfrutar el salto de algún que otro pequeño delfín (qué guapos son, y cuánto le deben a Flipper) la lancha tomó posiciones para que pudiéramos contemplar «El candelabro»: un inmenso ídem labrado en la roca cubierta de arena (145 metros de alto x 74 metros de ancho x 60 centímetros de profundidad, nos dijo Julio César, el guía, que medía). ¿Quién lo labró? ¿Con qué fin? Un misterio.

Fotografiado «El candelabro», dejamos atrás el ruido de los pelícanos que habitan a sus pies y pusimos rumbo a las Islas Ballestas.


Islas Ballestas

Se visitan las Ballestas porque están más protegidas, pero hay en la zona unos treinta grupos de islas similares que constituyen una fuente de riqueza de lo más mierdosa: el guano que allí depositán las aves que las habitán por cientos es recogido cada 5 o 6 años y exportado. Mientras se acumula la preciada materia, dos guardianes, relevados cada 3 o 4 meses, se encargan de que ningún furtivo merme la cosecha. Como complemento, por la mañana, temprano para no molestar más de la cuenta, cientos de turistas soportan cada día el mal olor con la boca abierta y el ojo tapado por la cámara, tratando de no perderse ningún cormorán, piquero, pingüino o león marino que tenga a bien dejarse ver.


Islas Ballestas

Con todo, el mayor espectáculo nos lo dio la hilera de cormoranes que planearon a nuestro lado casi hasta la costa.


Cormoranes

Una vez en tierra, recorrimos el modesto malecón para hacer tiempo hasta la salida del Jeep que nos llevaría a recorrer la península de desierto costero que constituye la Reserva Nacional de Paracas.


Paracas (malecón)


Perro peruano

En ese corto paseo por el malecón, me enteré de que después del terremoto de 2007 (en el que mucha gente del pueblo murió a causa del derrumbe de la iglesia a la que habían corrido a cobijarse), Paracas estaba superando a Pisco como receptor turístico. También tuve el «no sé cómo decirlo» de conocer al perro peruano: para mi gusto, y sin ánimo de ofender, ¡feo pa’ perro!


Haciendo tiempo para que saliera la excursión, llamó nuestra atención además una cruz, que luego veríamos con particulares variantes, en casi todos los pueblos: una cruz con todo tipo de cachivaches, escalera incluida. Puro realismo mágico.

El primer alto del Jeep fue para que disfrutáramos de la vista de la que goza el general San Martín, El libertador, quien desde lo alto contempla la bahía en la que desembarcó en 1820 para llevar a cabo la liberación definitiva de Perú, una vez liberadas Argentina y Chile.


Fósiles

La Reserva Nacional de Paracas, espacio protegido desde 1975, también se visita de mañana porque hay tardes en las que el viento impide completamente la visión. Luce tierra adentro fósiles de moluscos, huesos de ballena y dientes de tiburón entre otros indicios de su condición, hace millones de años, de fondo marino. Por otra parte, la composición de sus capas (óxido de calcio, óxido de hierro y sulfato de calcio) habla de su origen volcánico y le da unos tintes amarillo, rojizo y blanco muy pintorescos.


Reserva Nacional de Paracas

A pesar de haber sido destruida parcialmente por el terremoto de 2007, la joya geológico-artística del lugar, «La catedral», sigue congregando tumultuosamente a los visitantes.


Reserva Nacional de Paracas (La catedral)

Y por fin, vi con mis ojos el motivo fotográfico que me había llevado a Paracas: la playa de Yumaque («recolección de algas», en quechua). ¡Espectacular! Tanto o más que en la fotos.


Reserva Nacional de Paracas (Playa de Yumaque)


A pocos metros, apenas un kilómetros, el chófer nos recomendó encarecidamente el restaurante de su pariente, pero cómo comer frente a un desordenado aparcamiento pudiendo hacerlo con la impresionante playa de Yumaque enfrente. El pescado con ensalada no era más que pasable, pero la vista de la playa de Yumaque… impagable.


Como impagable fue la ocurrencia de un grupo de excursionistas de Pisco que, supongo hartas de ser objeto de las cámaras extranjeras, decidieron ir mesa por mesa fotografiando a los turistas con la disculpa de un trabajo escolar. Hicimos un justo intercambio.

Después de una tranquila tarde en el Hotel, cogimos el autobús, que llegó de Lima con no menos retraso que el del día anterior, dirección a Nasca.

 Las fotos las hicimos a medias, Eva Orúe y yo misma. 

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