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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Polvo, sudor y plomo: la frontera según Cormac McCarthy


Aprovechando el próximo estreno en nuestras salas comerciales de la magnifica —esta vez sí— adaptación cinematográfica que los hermanos Cohen han realizado de una novela  de uno, si no el mejor, de los escritores norteamericanos de la actualidad, Cormac MacCarthy titulada No es país para viejos, es momento para hablar del universo literario de este  autor, único por actitud, que no ha dejado que la maquinaria del éxito destruya una obra de una coherencia estilística inalterable a través de todas sus novelas.

Cuando a mediados de los ochenta cayó en mis manos Meridiano de sangre (1985), no pude soltarla hasta que acabé su lectura. Según me adentraba en la orgía de violencia desencadenada por sus protagonistas, era capaz de oler el sudor de esos hombres y los caballos que montaban; el  del humo de  la pólvora de sus revólveres al disparar; podía sentir también en el paladar el acre sabor del polvo del desierto y la quemazón del güisqui en la garganta;  incluso escuchar  el zumbido de los tábanos alrededor de la tropa y respirar el odio terrible e irracional que preside la barbarie de sus actos.

La forma de escribir de MacCarthy, de una absoluta y asombrosa fisicidad, me integró como uno más entre aquel grupo de mercenarios  salvajes que se adentran en el desierto de México con el fin de cargarse el mayor número de indios posible. Capitaneados por un loco, el juez Holden, un albino gigantesco que representa el mal absoluto, su aventura sangrienta dejaba el violento espacio del western filmado por Sam Peckimpack, Sergio Leone o el Clint Eastwood de Sin perdón, a la altura del oeste almibarado de Siete novias para siete hermanos.

Dueño de una mirada brutal, de una forma de narrar a la altura de los grandes como Faulkner, Dostoivesky, Melville, Benhard, debo confesar que me dejó noqueado por una temporada y con avidez de leer más cosas suyas. De esa forma llegaron a mis manos  sus novelas anteriores El guardián del vergel (1969), La oscuridad exterior (1968) e Hijo de Dios (1973). Posiblemente el hecho de haber leído antes Meridiano de sangre hizo que no las disfrutara tan plenamente como lo habría hecho de haberlas leído cronológicamente, pero el retrato del asesino en serie necrófilo de Hijo de Dios en el contexto histórico del Tennessee de los años treinta, de su reconversión agraria y dónde las partidas de linchadores racistas seguían haciendo de las suyas, es ya un borrador de todo lo que iba a ser capaz de darnos en el futuro, incluida Sutree (1979), su obra más experimental, retrato de un espíritu libre, que podríamos que decir contiene muchos puntos de unión con su propia actitud ante la vida y que le  sirve de espejo deformante donde reflejar la crueldad que empapa la vida cotidiana y el sinsentido de la violencia en la que a veces nos vemos inmersos.


Y en 1992 aparece la primera entrega de la trilogía de la frontera, Todos los hermosos caballos. En esta crepuscular novela la prosa de MacCarthy se atempera un tanto, se reposa  para narrarnos  la historia de un vaquero de dieciséis años John Grady Cole que junto a un amigo Lacey Rowlins deciden huir a México para hacer fortuna, a finales de los turbulentos años cuarenta del pasado siglo. Allí va a conocer el amor pero éste le conducirá irremediablemente a una espiral de violencia y muerte que no estaba en sus planes de futuro.

Su paso a la pantalla grande, dirigida por Billy Bob Thornton y con guión de Ted Tally, fue uno de los mayores fiascos del cine americano reciente a pesar de contar con todos los ases en la manga  para haberse convertido en una gran película.

La segunda parte, titulada La frontera contiene lo mejor de su autor: esa forma inigualable de dialogar, de usar el contexto en su beneficio para contarnos la legendaria historia de un par de adolescentes Billy y Boyd cuyo destino se ve a atado al de una loba.

En la tercera parte, Ciudades de la llanura, se encuentran los protagonistas de las dos entregas anteriores y sirve para mostrarnos el fin que perseguía la trilogía, mostrar la muerte de un mundo, el de los cowboys y la violencia de la frontera, arrasado por un progreso representado por las autopistas  que van haciéndose dueñas de un paisaje que antes les pertenecía.


No es país para viejos aparece en el año 2005 y se convierte, a mi juicio, en su mejor novela, quintaesencia de su asombrosa técnica en el dibujo de caracteres patibularios. Su estilo secuencial, tan cinematográfico logra momentos inolvidables. No es de extrañar que los hermanos Cohen, con un universo tan cercano al del escritor hayan logrado una adaptación modélica. La película contiene la misma fuerza bruta y carga violenta que rezuman las páginas de la novela,  y el tema de como un acontecimiento circunstancial que podía haberse convertido en un golpe de suerte, se convierte en una maldición  es llevado hasta sus últimos  consecuencias. Y recordaros que nunca el ver una película en su idioma original ha sido más necesario. Disfrutad de las interpretaciones de Josh Brolin, Tommy Lee Jones, Woody Harrelson: son de antología; pero la creación que Javier Bardem hace de su sicario es de las que dejan sin respiración.


La Carretera, publicada en el 2006 y premio Pulitzer del 2007 es una novela post-apocalíptica, intensa descripción del orden bárbaro de un mundo donde todo ha ardido. Dos personajes supervivientes vagan por una carretera hacia un sur mítico donde parece puede quedar un resto de vida. Los mueve la esperanza y atávico sentido de la supervivencia. Los pocos supervivientes que se encuentran los ven como enemigos potenciales que pueden robarles las pocas reservas de alimentos que van encontrando. Es la ley del más fuerte. Un final con un resquicio de esperanza rasga el gris oscuro que domina toda la narración.

Como siempre, la mixtura entre documentación e inspiración que ha presidido toda la obra de McCarthy, sus atávicas dosis de violencia, impregnan las páginas de  su  desoladora última novela.




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