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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

(Im)Perfecciones provisionales


Es cierto que el sur existe, y también en literatura policiaca. Y el italiano Gianrico Carofiglio es, sin duda alguna, uno de su actuales y mejores representantes.

Después del desembarco masivo de la armada escandinava y su fenómeno de ventas, tras la cabeza de puente que abrió hace unos pocos años, la trilogía Millenium de Stieg Larsson, una ola de frío polar se adueñó de nuestras librerías y asistimos entre impávidos y congelados literariamente a la llegada en cascada de las obras de Arne Dahl, Äsa Larssons, Camilla Läckberg y un largo etc. de émulos del fenómeno primigenio aposentados cómodamente en la estela de su exitoso cometa.

La verdad es que no había para tanto, todos ellos son correctos narradores pero ninguno llega a la altura literaria de un Vázquez Montalbán, por poner un ejemplo patrio y sureño, y su éxito se debe más a una conjunción de hechos aislados en los que tienen que ver tanto con el exotismo de unos paisajes y una sociedad que creíamos perfectas pero que en realidad huelen y apestan como cualquier otro lodazal en no importa qué parte del globo, como una puesta al día de las técnicas globalizadoras al servicio de la intriga.


La intención literaria del italiano Gianrico Carofiglio se mueve por otros derroteros. Magistrado antimafia ─lo que le dota de una bien surtida rebotica argumental que sin embargo casi nunca utiliza─, sus novelas, sobre todo las de su personaje más célebre ─el abogado Guido Guerreri─ prefieren bucear más por la deriva existencial del personaje, en ese equilibrio perfecto que parece mantener entre su vida laboral y personal ─y que en esta entrega se ve repentinamente perturbado con el caso de la desaparición de una joven, Manuela, que le llevará a descubrir un lado oscuro que desestabiliza sus premisas vitales─, que a la acción pura y dura de sus colegas nórdicos. Es la diferencia que puede haber entre un trago de Absolut y una buena copa de Primitivo de 14 grados. El primero te entra como un pistoletazo que sorprende y quema, el otro pasa con suavidad por tu garganta y solo notas sus efectos cuando te levantas y tus piernas parecen de gelatina.

Escrita con su característica fluidez de estilo, Las perfecciones provisionales (La esfera de los libros) permite al lector navegar por la superficie, impelido por un suave viento al principio. Pero, cuando se alcanza la velocidad de crucero, la singladura se convierte en una aventura que te atrapa hasta el final sin grandes aspavientos, ni planteamientos de gran guiñol. Novela en suma que procura unos días de lectura apasionada siguiendo la peripecia argumental de Guido, descubriendo su particular sentido de la ética y la profesionalidad. Trabaja en los casos que le ofrecen porque simplemente forman parte de “su trabajo”. No le mueve ningún tipo de empatía redentora y de hecho descubrimos que algunas veces está más atento a los avatares de su vida particular que al propio caso que investiga. Y tiene en un saco de boxeo, al que a veces le atiza con fuerza, una especie de terapeuta al que confiesa todas sus dudas vitales. ¿A quién no le gustaría poder atizarle así de vez en cuando a su propio psicoterapeuta? A mí me relajaría un tanto, debo confesarlo.




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