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Círculo de iluminación

Eva Orúe

Moscas (más o menos) cojoneras


Recibo información sobre una novedad de la editorial Global Rhythm (cuyo catálogo se consolida con cada título que pasa), No matarían ni una mosca. Criminales de guerra en el banquillo, de Slavenka Drakulić, obra hacia la que nos quieren atraer recordando a Conrad (es «un viaje al corazón de las tinieblas balcánicas») y a Arendt, quien escribió a propósito de Eichmann una frase que me llega traducida así: «Ha llevado tan lejos la dicotomía de las funciones públicas y privadas, la familia y el trabajo, que ya no sabe encontrar en su persona ninguna conexión entre ambos mundos. Cuando su trabajo lo lleva a asesinar a alguien no se considera un asesino ya que no lo ha hecho por inclinación personal, sino a título profesional. Por pura pasión, él no mataría ni una mosca».

Obviamente, es la inspiración para el título. Pero me asalta la duda: ¿matar una mosca o matar a una mosca? No tengo claro cuándo es forzoso el uso de la A. Así que escribo a la editorial.

«Según el Panhispánico de Dudas, cuando el objeto directo es un animal, los verbos transitivos van acompañados de la preposición “a” en función de la mayor o menor proximidad afectiva con el animal (animales domésticos/animales no domésticos). En este caso queda muy claro que no le tenemos cariño alguno a la mosca», me aclara Bojana Veskovic, su responsable de prensa. Y trae, en apoyo de sus tesis, estos versos:

Tengo una vaca lechera,
no es una vaca cualquiera,
me da leche merengada,
ay que vaca tan salada,
tolón, tolón,
tolón, tolón

Un cencerro le he comprado,
Y a mi vaca le ha gustado,
Se pasea por el prado,
mata moscas con el rabo,
tolón, tolón,
tolón, tolón.

Cita de autoridad, lo llaman. Pues eso.

Confieso que dudé

Me pasó con la mosca como mi paisana B.T.B. con una publicación dominical, XL Semanal, en la portada de cuyo número 1.055 apareció la siguiente frase: "Apuestas en la Red: cara y cruz del negocio más bollante de Internet". B.T.B. hubiera jurado que boyante se escribe con »y», pero tanto confiaba en las habilidades de los redactores, que se apostó 50 euros a que estaba bien escrito. Y perdió. Y, a continuación, escribió una carta de protesta.

«Di por hecho que el encargado de la portada no iba a cometer un error semejante y tan fácilmente subsanable, haciendo lo que hice yo, coger el diccionario y buscar la palabrita». La cosa es, B.T.B., que para así proceder antes hay que dudar. Pero, los hay que no dudan.

«En nombre de todas las hijas que apuestan con sus padres, a los redactores o quienes quiera Dios que sean los encargados de realizar las portadas, les imploro que ante la más mínima duda sobre la correcta ortografía de las palabras que aparecen en su publicación, realicen la sencillísima y noble acción de coger un diccionario para comprobarla.»

Pedido queda. Aprovecho para solicitar lo mismo a los correctores de esa editorial con nombre de cantil, casa de prestigio literario más que merecido, donde por despiste «hechan» las cartas. Y, claro, no aciertan el futuro ni por esas.

Invitación a la lectura

Mantengo un contacto menos fluido de lo que (probablemente) debería con mi tierra y sus gentes. Soy una descastada, lo sé. Pero la referencia anterior a una concienzuda lectora aragonesa me ha hecho recordar que hace tiempo me propuse contarles algo que sucede en Aragón desde hace ya más de 20 años. Supongo que no es un caso único en la geografía española, pero ilustra bien lo que quiero decir...

A principios de los años 80 del siglo pasado, Ramón Acín (de la aparición de cuyo último libro, Muerde el silencio, di cuenta aquí hace un par de semanas) puso en marcha Invitación a la lectura, un proyecto de innovación educativa cuyo objetivo central era fomentar la lectura en la etapa de Secundaria atendiendo a tres criterios fundamentales: «incentivar la reflexión de los alumnos a partir de obras literarias actuales, potenciar el debate contando con la presencia motivadora del escritor en el aula y no descuidar el placer por la lectura»t.

Desde entonces, la iniciativa personal se ha consolidado gracias al apoyo institucional: convertido en un programa didáctico del Gobierno de Aragón —Departamento de Educación, Cultura y Deporte—, convoca anualmente a unos setenta escritores que partician en coloquios que se desarrollan en los más de cien centros educativos de la región inscritos en el programa.

¿Cómo funciona? Leo en su declaración de intenciones: «Los profesores observan las preferencias del alumnado y eligen las obras literarias que se adaptan a esos gustos y a los distintos niveles educativos; además, se cuenta con la presencia del escritor en el aula para debatir y dialogar con los alumnos, aspecto que despierta su interés y se convierte en un elemento motivador de la lectura.

»Estos dos hechos (elección de obras literarias y coloquio con escritores) han servido de marco para que los más de trescientos profesores que participan cada curso en el programa hayan desarrollado toda una serie de actividades didácticas en torno al proceso lector que abarcan desde actividades de motivación hasta trabajos monográficos, pasando por guías de lectura adaptadas al nivel de los alumnos.»

Como señala Acín, «lectura comprensiva, placer de leer, creatividad y profundización en la mayor cantidad de direcciones posibles, constituyen los tres pilares básicos de Invitación a la lectura que conectada con el entorno individual y social, favorece el espíritu de convivencia, al tiempo que forma al lector/alumno».

¿Suena bien? Es mejor. Y si no me creen, vean qué autores se han acercado este curso a los centros educativos aragoneses. Y díganme si hay manera mejor de reconciliar a los más jóvenes con la lectura.

Gótico sevillano

Hace ya tiempo conté que Roca iba a publicar la nueva novela de Juan Ramón Biedma, El efecto Transilvania. Pues bien, la editorial la anuncia para abril y como «una apasionada fantasía callejera para adultos de más de catorce años» y asegurando que la obra «avanza a una velocidad trepidante por una Sevilla [la ciudad natal del autor] donde resuenan ecos de los atávicos autos de fe y se multiplican los guiños futuristas a Blade Runner», no sé si porque los guiños son a la película o porque han decidido que el título cinematográfico da más pistas que la novela que inspiró a Ridley Scott, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?), de Philip K. Dick.

Más adelante, el año que viene, Roca publicará su continuación, El humo en la botella, que —nos advierten— se puede leer independientemente aunque los personajes seguirán siendo los mismos, si bien en la primera los conocemos de adolescente mientras que en la segunda, ya han crecido y son adultos.

Acuse de recibo


Personajes secundarios
Joyce Johnson
Traducción de Marta Alcaraz
Libros del asteroide

A finales de los años cincuenta, un puñado de artistas procedentes de los círculos contraculturales de Nueva York y San Francisco que coincidían en sus postulados artísticos y en su rechazo a las convenciones de su tiempo, y entre los que se encontraban Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Gregory Corso, Willem de Kooning y William S. Burroughs, se convirtieron en símbolo del malestar de toda una generación de jóvenes norteamericanos. Aunque no era una figura central beat, sino más bien un personaje secundario, Johnson —pareja de Kerouac en aquella época— se convirtió, años después, en una de sus mejores cronistas. En estas memorias, que le valieron el National Books Circle Award, relata no sólo sus vivencias con los beats y sus turbulentos años al lado de Kerouac, sino también la lucha por su propia independencia.


El cuaderno rojo
Benjamin Constant
Traducción de Manuel Arranz
Editorial Periférica

El cuaderno rojo fue definido por Italo Calvino como «uno de los libros de memorias más divertidos que he leído, la novela que, cuando fui joven, y si hubiera sido ciudadano de otro siglo, me habría gustado vivir y escribir». Lo hizo uno de los grandes autores franceses de finales del XVIII y comienzos del XIX, un hombre lleno de fértiles contradicciones: el cáustico, sentimental, descreído y apasionado Constant. Estas memorias recorren media Europa y media vida: sus amigos, sus amores, sus deudas, sus duelos... en una época llena de cambios.

«He escrito muchas biografías y muchos estudios ingleses, y siempre, siempre, he tenido como referente para ello, aun sin confesarlo, las memorias de Constant
André Maurois.


Cruz de olvido
Carlos Cortés
Veintisiete letras

Después de diez años en la revolución sandinista, Martín Amador regresa a Costa Rica para aclarar la noticia del asesinato su hijo, junto a otros seis jóvenes, en la Cruz de la Alajuelita. Allí se reencuentra con sus compañeros de generación: políticos, jueces, figuras clave de los medios de comunicación, que han alcanzado las más altas esferas de la llamada Suiza centroamericana; país en el que, según se afirma, «no pasa nada desde el Big Bang». Ahora descubrirá la realidad oculta del poder.

«Carlos nos demuestra que es capaz de construir un escenario de variaciones múltiples y de sensaciones reales, un ojo que ve como nosotros sentimos que podemos ver».
Sergio Ramírez.


Habitaciones separadas
Pier Vittorio Tondelli
Traducción de Alessandra Picone
Editorial Barataria

Dividida en tres «movimientos», entre viajes de ida y de vuelta y algunos flash back, Habitaciones separadas es la historia de un viaje intimista suspendido entre recuerdos y lugares del pasado. El protagonista, Leo (un escritor consagrado que creció en un pueblo del valle del Po), recuerda y recompone los retazos de su historia de amor con Thomas, un joven músico alemán, cuyo recuerdo le ha dejado una estela de sentimientos contradictorios y dolorosos.

«Un extraordinario y feliz relato de amor y de muerte, de nostalgia y de madurez, de impotencia y de grandeza, donde se reconoce la crisis de nuestro tiempo y sus misteriosas razones.»
Cesare de Michelis.




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