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El pizarrín

Javier Goñi

El Andasolo, en mote de su tierra


Déjenme que les diga que este Pablo Antoñana, barbado y emboinado, un lujo literario para el Viejo Reyno de Navarra, que suele desconfiar de sus mejores gentes, era un andasolo, en mote de su tierra. Así lo ve, otro que tal, otro escritor, barbado de otra forma, que no hay –dicen- dos barbas iguales, ni tampoco –dicen- dos caracteres similares, Miguel Sánchez-Ostiz,  andasolo él mismo y a su modo, y que ha escrito con las tripas un estupendo libro, Lectura de Pablo Antoñana (Pamiela, Pamplona, 2010). Su lectura, desde luego, pero de lectura obligada.


De lectura obligada –ojo, que aquí no se obliga a nada- si es usted, en esto, de los míos. De los que piensan que hay en la literatura española una cuerda de presos formada por espíritus libres, extravagantes (extravagantes en la acepción antigua, no de adjetivo, sino de sustantivo, que recoge Maria Moliner en el María Moliner, y que les va como un guante, a los de esta cuerda: “Escribano que no era de número ni tenía asiento fijo en ningún pueblo, juzgado o tribunal”), raros, jinetes solitarios, escritores –parecen o pueden parecer- para escritores o para lectores que buscan ese plus de rareza, de extravío, letraheridos; gentes como Cristóbal Serra, Rafael Pérez Estrada, Carlos Edmundo de Ory –por estas líneas el otro día que andábamos de obituario-, Pablo Antoñana, Francisco Pino, Isaac de Vega, mallorquines, andaluces, navarros, castellanos, canarios, y así: cada lector, supongo, tendrá su lista, algunos de la mía son éstos, hay más. Andasolos a tiempo completo, con sus seguidores, con sus fieles lectores, forman todos ellos –estos, otros- una geografía posible de brillantes enhebradores de palabras, solitarios buscadores de verdades que acaso sean –también- certezas.

Uno de estos andasolos es el navarro Pablo Antoñana, que murió sin hacer ruido en agosto de 2009, y al que ahora le dedica una estupenda, y personalísima, aproximación biográfica y literaria  Miguel Sánchez-Ostiz, un escritor navarro con quien compartía tantas cosas en común, además de un inconveniente común: esa tierra ingrata del Viejo Reyno de Navarra, que alardea de (estupendo) nivel de vida, de comer hasta chuparse los dedos y de beber lo que no está en los escritos, aunque suela desdeñar la palabra escrita, y además a los que no comulgan –y es tierra aficionada a la eucaristía- con sus fueros o sus huevos, que de ambas cosas andas sobrados, mis paisanos, que uno no tiene raíces claras pero sí familia y apellidos todos de allá.


Este autor, que firma todas las semanas este pilla-pilla de lecturas que, al menos, a uno le llenan, creció esporádicamente en aquellas tierras del Viejo Reyno sin saber que existía otra geografía posible, esa República de Ioar, en donde se emboscan como partidas carlistas –Antoñana sabía mucho de carlistas, carlistones, carlistadas y otros chandríos, esa palabra muy de la tierra común, y algo también de requetés, de falanges navarras, de escapularios en plan detentebala, y así- sus novelas y sus relatos. Al igual que Baroja era muy partidario de fantasear con una República independiente del Bidasoa, a ser posible, eso sí, sin moscas, curas ni carabineros –y curas y carabineros hay muchos en los relatos de Antoñana, que tan bien supo ver lo que había de épico y de canalla en ese mundo de atraviesamugas y contrabandistas, en ese mundo tan literario de la frontera, al otro lado no Estambul, precisamente, sino Francia-, Pablo Antoñana creó todo un espacio literario al que llamó República de Ioar.


Es pertinente citar a Baroja, aunque Sánchez-Ostiz, con fundado ojo, no le encuentra parentesco barojiano en lo literario, sino que tira más lejos, se va al impronunciable condado de Yoknaparawpha, la tierra imaginada de Faulkner, un escritor muy cercano a Antoñana (tal vez había más en común de lo que cabe imaginar en la épica del derrotado, del perdedor, entre un sudista folkneriano y un carlista o un contrabandista antoñaniano; tal vez). Lo de Faulkner  en Antoñana, que fue toda la vida secretario de ayuntamiento por pueblos próximos al suyo, la zona de Viana, cerca de Rioja y Álava, tierras tradicionales, acarlistadas, prestas a la rebelión, al alzarse en armas a poder ser –mismamente- por Dios, el Rey (carlista) y la Tradición; lo de él con Faulkner, digo, no deja de ser curioso. En alguien como él, que tuvo claro desde siempre que quería ser escritor, y que lo fue siempre, a su manera, como jinete solitario o perro solitario, como él se veía, y un perro solitario –citaba a Baroja- siempre es una oscura amenaza. Y más en pueblos cerrados, desconfiados, con siniestros y burocráticos dimes y diretes a los que el secretario del ayuntamiento Pablo Antoñana les ponía buena letra administrativa, intentando eso sí que no le contaminaran su propia escritura.


Faulkner. Aprendió inglés para leerlo directamente. Y los libros –en aquellos años cincuenta- los conseguía en Madrid, a través de la Embajada americana. Miguel Sánchez-Ostiz cuando se refiere a la pasión de Antoñana por Faulkner  se pone en la piel de los aldeanos que le debían por entonces rodear, y a los que servía burocráticamente con profesionalidad obtenida tras la pertinente oposición, y recuerda con gracia esa frase de José Sazatornil, guardia civil del delirante, desternillante, surrealista, dadaísta, postista pueblo manchego de la película de José Luis Cuerda, Amanece que es poco –escribes el título y ya te estás riendo, yo al menos, ¿oyen?-. La frase es: “¿Es que no sabe usted que es verdadera devoción la que se tiene por Fúlner en este pueblo?”

Fúlner, Faulkner, pues eso.


Pablo Antoñana nació en Viana, vieja villa foral en donde está enterrado César Borgia, aquel pillastre, y nació en la casa de don Francisco Navarro Villoslada, el olvidado y tradicionalista autor de Amaya o los vascos en el siglo VIII, libro muy popular en su tiempo, hoy bastante ilegible y que, sin embargo, adivina, adivinanza, hemos leído en nuestra tierna infancia todos los que nos apellidamos Goñi. Desde ese caserón, con sus desvanes, arcones y papeles, con los cuentos oídos a abuelas y parientes, con los ecos de los abuelos maternos y paternos, emigrantes y aventureros, Cuba, Filipinas, los navarros errantes, viajeros forzosos, con todo ello, como describe con brío Sánchez-Ostiz, creó Antoñana un mundo literario que siempre fue a trasmano, que nunca logró obtener el consenso necesario para avanzar. No renunció nunca a participar en la vida literaria española, que le fue esquiva; el desdén y la indiferencia de su tierra, los tuvo siempre: así, por eso, por suerte, Pablo Antoñana es un escritor raro, esquinado, pero nunca fue un escritor local, localista, folclóricamente jaleado por sus convecinos en certámenes poéticos provinciales, ni en exaltaciones marianas donde corre el vino peleón y se elige –a dedo, por consenso, por costumbre, por apatía- a la hija de reina de las fiestas de la vendimia o del morapio.


En Madrid –decía Baroja que para ser alguien había que hacer cola en Madrid- obtuvo algunos premios de novela, de novela corta, de otros –Nadal, Biblioteca Breve- fue finalista. Dice Sánchez-Ostiz que si hubiera ganado el Nadal el año que lo obtuvo El curso  de Payno, uno del que nada se supo más, creo, y también –creo- que por entonces era sobrino de don Dámaso Alonso, por parte de mujer, creo, a lo mejor las cosas le hubieran ido mejor. Pero él siguió escribiendo toda la vida. Sus novelas, sus relatos, y sus artículos –para el malvivir literario, para el mal estar literario, para ser, para estar, para decir que se es, que se está- en la prensa, en el diario, hubo y hay otros, pero en Navarra sólo hay un diario, el Diario de Navarra, que le acogió y le descogió. No se valora, decía Antoñana, lo dice Sánchez-Ostiz, otro que tal, un escritor andasolo también, no se valora en Navarra a los escritores, es difícil, decía uno, lo dice el otro, escribir en Navarra. Decía Rafael Conte que era tierra maldita para los escritores. Peculiar, matizaba Antoñana en una entrevista, y se matizaba aun más: “bueno muy peculiar no, es tierra de curas y caciques, y que no se molesten, es así…”, decía Antoñana.


A Antoñana se le editaba poco fuera de la Comunidad Foral de Navarra, y menos dentro de ella. En 1996, a finales de junio, recibió del príncipe Felipe, que lo es de Asturias y también de Viana, el Premio Príncipe de Viana de Cultura, el No Va Más que concede su Comunidad Foral, que es también la de mis padres. Amigos de Antoñana –me consta- se movieron para que algunos ilustres y algunas ilustres firmas y otros simplemente abajofirmantes –el titular de este pizarrín por ejemplo-, a poder ser con sello extracomunidadforal –si era de Madrid, se nos dijo, pesaba, vaya si pesaba- manifestaran públicamente su apoyo a tan justa distinción. ¡En 1996! ¡Para el escritor navarro más importante del siglo XX! Cierto es que no hay tantos, pero aún así. Rafael García Serrano, el bronco falangista, y Pablo Antoñana, y poco más. Mi leído y querido Miguel Sánchez-Ostiz está todavía en activo, aunque se le haya puesto rostro de hombre fronterizo, de andasolo, ese mote tan preciso de la tierra común. Se enviaron las adhesiones y se le dio el premio.


Y Pablo Antoñana, a quien nunca conocí, con quien me carteé un par de veces y al que, sin acercarme, se le distinguía, grandón, barbado, emboinado, con bastón que le enraizaba con su tierra navarra –su amor y conocimiento lo dejó en sus libros-, le veía ocasionalmente por las calles de Pamplona, me lo agradeció. Es impagable –por ahí andará- la foto de periódico en la entrega junto al Príncipe y él con boina y frac, y con esa cara de ogro bueno, de viejo conmilitón del general Zumalacárregui. A partir del premio, su presencia editorial fue algo mayor. La estupenda editorial Pamiela que sacaba sus libros, comenzó a reeditar muchas de sus obras y a recuperar otras. Algunas portadas se reproducen en este apresurado perfil que sólo pretende que se prosiga la cuerda de cautivos y  de sus lectores. Yo conocí a Pablo Antoñana por Miguel Sánchez-Ostiz y me ocupé de Antoñana en Babelia varias veces, como había hecho Rafael Conte antes, y mejor, y con más constancia. Sánchez-Ostiz dice en esta biografía tan recomendable y personal (se cobra él mismo muchas facturas con su tierra, muy justamente sin duda) que Conte y yo mismo nos ocupamos de Antoñana en Madrid porque éramos de esa tierra, que es, en este caso, la de todos. Ciertamente, así llegué a Antoñana, pero también quise conocer a un escritor navarro del que nadie en mi formación de lector –los ojos como platos- me había hablado. Un escritor que estaba en las calles que yo recorría ocasionalmente en mi infancia, en las librerías que yo frecuentaba o en los periódicos (navarros: el Diario de Navarra, y mucho antes El Pensamiento Navarro, carlistón: ya decía Baroja, o dicen que decía Baroja, que siempre se las tuvo tiesas con Pamplona, ciudad en la vivió de niño y de la que no guardaba buenos recuerdos, dicen que decía que había una contradicción en los términos, o una cosa u otra, o pensamiento o navarro;  es lo mismo que “inteligencia militar”, ya puestos) que yo leía. Un escritor, en fin, que no existía, o no dejaban que existiera. Un andasolo, del que espero haber dejado la semilla de la curiosidad en uno o dos lectores a lo más que no lo conocieran hasta ahora. Ojalá.




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