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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Zombi(e)s por mi salón


Así, por adelantado, cuando vi el anuncio del estreno de The Walking Dead en la cadena Fox me dije inmediatamente: “de esta paso. Mi estómago no está ya para gores televisivos, ni eventraciones, ni sangre, ni casquería. Bastante tengo con los zombi(e)s (cuerpos sin cerebro) que me encuentro cada día por la calle, en los periódicos, en la política (sobre todo los del lado pulmonar), para sentarme a ver la enésima versión de una de muertos vivientes, que salvo honrosas excepciones somos casi todos”.

Luego, poniendo más atención, reparé que era un producto de la cadena AMC, y aquello ya me pareció que tenía otro cariz. Una cadena que me ha propiciado con Mad Men, Rubicon, y sobre todo con Breaking Bad mi reencuentro más pasional con la televisión en las últimas temporadas no podía de manera alguna caer en los temidos estereotipos de este tipo de producciones. Una cadena que nos ha acostumbrado a poner patas arriba todas las convenciones temáticas y de tratamiento de las series televisivas, creando una nueva forma de ficción televisiva que ya se apuntaba en la siempre añorada A dos metros bajo tierra no podía salirnos con “una” de muertos vivientes al uso. Imposible. Así que rastreé como un buen sabueso para ver exactamente de qué iba y lo primero que encontré fue que la serie está basada en un comic de los llamados de “culto” original del afamado Robert Kirkman y dibujada una parte por otro grande, Tony Moore y más tarde por Charlie Adlar. Me acerqué hasta la biblioteca pública más cercana para hojear la versión española que publicó DePlaneta Agostini Comics y, aunque no muy aficionado a la novela gráfica, debo reconocer que me gustó más de lo que esperaba; pero vamos, mucho más.


Luego cuando vi que el encargado de la serie y director de varios capítulos era Frank Darabont —que puso en imágenes el universo del mejor Stephen King, me refiero claro al de Cadena Perpetua y La Milla Verde con un enorme talento y sensibilidad— ya me convencí plenamente que merecía la pena sentarse delante del televisor a ver qué pasaba.

Y lo que pasa es que The Walking Dead no es una serie de muertos vivientes sino una serie con muertos vivientes, lo cual no es obviamente lo mismo y, aunque cumple escrupulosamente las reglas del género según la refundación que del mismo hizo por los sesenta George A. Romero en la ya mítica La noche de los muertos vivientes, nada tiene que ver con lo que un espectador no preparado de antemano espera. La serie, como la historia en la que se basa, se decanta sobre todo por el ser humano y sus reacciones en situaciones extremas. Del instinto de supervivencia de la especie y otras muchas cosas importantes como el amor, la lealtad, la muerte… Hay también infortunio, sufrimiento, sentimiento de pérdida y contrasentidos de la vida. Ingredientes que no se cocinan precisamente en las películas sobre este tema, donde todo está ya tan trillado y fagotizado que aburre, cansa e invita al bostezo. Exactamente todo lo contrario es lo que en el primer capítulo nos ofrece The Walking Dead. El salto adelante inicial de presentación nos mete ya de pies y manos en el asunto, y está filmado con un mimo en la puesta en escena que es marca de la casa: una carretera desierta, un enorme silencio, algunos coches abandonados por la cuneta y un agente de policía que deambula entre ellos buscando algo y que encuentra a una niña son los mínimos mimbres para crear un clima de tensión perfecto. Luego volvemos atrás en el tiempo y nos muestran al policía hablando con un compañero mientras patrullan, una conversación que parece intrascendente sobre sus vidas personales pero que en el más puro estilo AMC nos está dando las claves de por dónde se va a mover la serie.

Obviamente no es una serie para el fan del gore, lo advierto, aunque debería verla para que recapacitara sobre los esquemas de este tipo de películas. Más bien está pensada para una audiencia más general que no le asuste ni la forma ni el envoltorio para asistir a la tragedia cotidiana de unos seres humanos al borde de la extinción.

Imaginad que de repente, una buena mañana o noche, el mundo ha cambiado y las calles están infectadas de muertos vivientes que contagian el virus por mordeduras y parecen tener un hambre insaciable… ¿Cómo reaccionaríamos ante nuestra madre, hija, amigo convertido en una amenaza mortal? ¿Seríamos capaces de descerrajarles un tiro en la cabeza para salvarnos y salvarlos? Pues de eso va.

Y es por eso que, junto a escenas intimistas y dramáticas, hay también violencia, sangre y terror —lo justo, aviso—. Y está también el respeto y a veces la compasión con que estos restos humanos llamados zombies están tratados por Darabont. Hay una hermosa escena que lo ilustra en la que el protagonista ve arrastrándose por un prado el torso de una mujer, la sigue y cuando llega a su lado en un acto de suprema piedad le dispara a la cabeza librándola de su agonía perpetua. La memoria me remitió inmediatamente a otra escena del gran Torneur, cuando en Yo anduve con un zombie, vemos a la protagonista caminando como en sueños por un cañaveral de la mano de otro zombie.

Cuando al final del capítulo nuestro protagonista llega a Atlanta a caballo en busca de su mujer e hijo y se ve rodeado por centenas de zombies y sientes su terror me recordó también una situación personal en la que me topé con una de aquellas manis en contra del aborto o algo parecido y en la que imprudentemente se me ocurrió comentar al que venía conmigo: “¡Joer, no pensaba yo que aun quedaban tantos meapilas en el país!”. Y de repente me vi rodeado por una jauría de viejas indignas damas con la intención de romperme los paraguas que llevaban en la cabeza mientras gritaban: ¡rojo, asesino!. Una de ellas lo consiguió y me arreó un buen golpe que aún se ve en la calva. Afortunadamente para mí no me contagiaron su virus de intransigencia y todo quedó en un buen susto y una anécdota esclarecedora de que en todas partes hay zombies y que son verdaderamente peligrosos.

Ahora solo me queda recomendaros la serie encarecidamente. No os defraudará, estoy seguro.




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