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El pizarrín

Javier Goñi

Huella estampada en la arena movediza


Déjenme que les diga que sostenía Carlos Borromeo Edmundo de Ory, poeta, que para ser considerado como tal, había que procurar vivir poco. Decía: si te gusta ser llamado poeta desde joven, cuida de vivir poco. Toda una larga vida con un pequeño mote es ridículo. Pero ha muerto, poeta, a los 87 u 89 años, que esto no está muy atinado, en Francia, extrañado, trasterrado, bien editado en su país desde siempre, bien estimado por células de lectores españoles incondicionales desde siempre. Sin más premios (oficiales o no) que el aprecio de esas células de incondicionales.

Carlos Borromeo Edmundo de Ory, gaditano, hijo de señor poeta modernista, amigo de Rubén Darío y otros próceres de cisnes y nenúfares acordes con la costumbres del momento. Con veintiunos o con veintiotros –que si nació en 1921, que si en 1923- se vino a Madrid. A ese Madrid de un millón de cadáveres y una mujer con alcuza. Vino a Madrid, a labrarse una carrera de poeta. Y de paso a enredar. Se metió en aquello tan travieso y transgresor del postismo. Con sus amigos (del postismo se ha escrito bastante; lo poco que sé de aquel movimiento se lo leí a Jaume Pont).

Y empezó a llevar, por 1944, hasta el otro día, supongo, un diario. Un diario interminable, un diario ciempiés, que le ha seguido toda la vida, un diario que para él –prescindo de comillas por comodidad- es, o era ya, desde la semana pasada, umbral siempre de lo desconocido, abierto ante él –el diario- es un memorial de las preocupaciones tatuadas en la piel de los días. El escritor –en el diario- habla consigo mismo, y oye su propio murmullo con un son de caracola. Estampa su huella en la arena movediza del tiempo común.


La primera huella la deja en arena movediza un 25 de abril  de 1944, dos días antes de cumplir 21 años –dónde he leído, pues, que pudo nacer en 1921-, en un cuaderno con tapas de hule negro. Y escribe: “Empiezo este Diario. La intención que escondo es que no sea leído más que por mí, días antes de mi muerte.” ¿Lo hizo el otro día, leerlo, poco antes de morir? Supongo que no, aquella afirmación del 44 era un tanto retórica, cabe suponer. Al fin y al cabo se han ido publicando, todos estos años de atrás, sus diarios (no hace mucho en tres volúmenes con estuche de permanecer en pie con dineros públicos de su tierra). Supe de sus diarios –una parte, picoteando, aquí y allá- en un volumen primero (creo que no salió más que éste; creo que el segundo nunca salió, o yo no me lo he encontrado nunca), Diario. Vol. I, aparecido en 1975 en la colección Ocnos de Barral Editores, que dirigía Joaquín Marco y tenía un consejo de redacción compuesto por Jaime Gil de Biedma, Ángel (sin tilde) González, José Ángel (lo mismo) Valente, José Agustín Goytisolo, Luis Izquierdo, Pedro (sic: mayo 1975) Gimferrer, Manuel Vázquez Montalbán y Carlos Barral. Un primer volumen que seleccionaba entradas desde 1944 a 1956, un volumen que leí en mayo de 1984 y en el que tengo subrayado, entre otras frases, ésta, de un 3 de enero de 1952:  “(noche, en la cama) A veces escribo algo tan hermoso que me horrorizo de saberme desconocido”. ¿Por qué subrayé esta frase un día de mayo de 1984? ¿A quién quería engañar y, sobre todo, a quién le importa ya?

Ese diario, comenzado en el tren de Cádiz a Madrid, un día de abril de 1944, donde aparece, justo un año después, esta entrada escueta, lacónica, casi dadaísta, acaso postista a todas luces sin duda: “28 de abril. Murió el Führer. ¿Adolf Hitler ha muerto? Ayer fue el día en que yo subí 22 escalones”. Cómo no recordar la célebre entrada del diario de Kafka, del 2 de agosto de 1914: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar.”


Años después de conocer yo la primera selección de sus diarios,  en marzo del 95 el propio Carlos Edmundo de Ory con quien había contactado vía postal –conservo su carta franqueada con un sello de la République Française de 2,80 francos- me envió dos libros: una rareza, Eunice Fucata, otra selección posterior de sus diarios entre 1976 y 1984, aparecida en Begar Ediciones (Málaga, 1984), un librito que me dedicó denunciándome como diariómano –y lo soy, y no me quito-; y junto a éste otro libro, aparecido en El Observatorio Ediciones (Madrid, 1985), una edición de sus Aerolitos, sus personalísimos aforismos, pensamientos sincopados, homenajes ramonianos (sin ser greguerías, hay alguno que las roza: “cualquiera se muere cuando menos lo piensa”, o este otro: “las vacas son las obras completas del paisaje); aforismos, aerolitos, que engarzaban con el ingenio de gente como Novalis, Blake, Lichtenberg, Nietzsche, Thoreau y tantos otros. 

Aerolitos, fragmento de un bólido que cae sobre la Tierra, decía el DRAE (ahora no sé; tengo algo de prisa por acabar y no paciencia para comprobar, y además, qué diablos, me gusta esa definición “fragmento de un bólido…”; en fin, lo he comprobado: lo mantiene), aerolitos, aforismos: sentencias y dardos, los llamaba Nietzsche; polen, Novalis; cohetes, Baudelaire; pensamientos, Joubert; pensamientos estrangulados, Cioran; voces, Antonio Porchia… La enumeración –incompleta- es del propio De Ory. Por cierto,  en uno de sus aerolitos escribe que “Cioran dice: Sólo cultivan el aforismo aquellos que han conocido el miedo en medio de las palabras, ese miedo de hundirse con todas las palabras.”

Palabras, palabras, palabras.


Yo le escribí en la primavera de 1995 porque había publicado entonces Nuevos Aerolitos, en Libertarias,y le hice la reseña para Babelia. Diez años después reunió todos sus aerolitos en Calambur (Madrid, 2005): ojalá, al menos, esta edición pueda encontrarse por ahí cerca: sus aerolitos son importantes porque recogen, en ellos, su pensamiento poético y su manera de encarar(se con) la vida, y ni otro ni otra fueron nunca lineales, convencionales. Ahí está, depurada, su ingenio, su inconformidad.


Por entonces ya no vivía en Amiens –a Amiens iremos pronto con Jesús Ferrero- sino en Thézy-Glimont (9, rue de la Gare), y el 22 de marzo de 1995 me mandó la siguiente carta:

“Amigo: recibí tu largo fax sin firma. Me reiteras la petición de entrevista, que ya me anunciaba Antonio Huerga. Lamento el no poder cumplimentarla, como deseas, para incluirla en un artículo tuyo sobre mí y mi obra. No es sólo la falta de tiempo, sino más bien que no me gusta hacerlo en general. Es algo contrario a mi temperamento contestar a preguntas formuladas de antemano. Hace poco, un periodista de otro diario de la capital, también me solicitó, telefónicamente, una entrevista, y tuve que rehusar asimismo. Sacaron la  página sin cuestionario. Veo que el tuyo, por escrito, harto dilatado en sus nueve preguntas, busca averiguar situaciones del escritor al presente con relación a su obra. Aquello que quieres saber me parece bien, por el empeño que pones y la franqueza que muestras, como curiosidad particular en consonancia con tus gustos literarios. He observado esto en el meticuloso interrogatorio, aparte de que me dices: ‘Aunque no nos conocemos, yo sí te leo y te sigo’. Así te colocas tú mismo entre ‘los lectores justos’, según piensas que yo pueda tener. A mí me gustaría leer lo que has publicado en Babelia, sobre Ignacio Aldecoa. Me suena tu apellido. En mis tiempos de Madrid conocí al dibujante humorístico Suárez del Árbol, seudónimo de Lorenzo Goñi. Mucho más tarde, ya en mis tiempos de Amiens, recibí dos cartas venidas de Pamplona (febrero y marzo de 1972) que me dirigió amablemente un joven inquieto de primaverazul. Firmaba: F.J. Goñi Iriarte. Era cuando tenías veinte años. Con simpatía…”


Efectivamente tenía yo entonces 20 años pero nunca le escribí esas dos cartas y no soy evidentemente –evidentemente para mí- F. J. Goñi Iriarte. 20 años tenía entonces, sí, Jesús Ferrero y quién sabe si él conoció a F. J. Goñi Iriarte –tengo que preguntárselo- o si formaba parte –F.J. Goñi Iriarte- de su grupo de iniciados, jóvenes (des)orientados, atraídos por otras coordenadas vitales; pues conociendo Pamplona quién le iba a escribir en 1972 dos cartas a un personaje tan a su manera como Carlos Edmundo de Ory. Esos jóvenes (des)orientados que salen en ese libro tan ficcionalmente autobiográfico como es la última novela de Ferrero, Balada de las noches bravas (Siruela). En esta novela tan de ficción real hay una referencia a De Ory, “era una leyenda entre los jóvenes”, dice el narrador, y los jóvenes, aquellos, iban a Amiens en peregrinación lírico-laica. Y allí va en busca de consejo –un apremio sentimental- el narrador, y llega a la casa del poeta, desde París, tras una noche de tren, hacia las diez de la mañana. Jesús Ferrero, en el obituario del otro día, aparecido en El Mundo, se apropiaba de la voz del narrador de su novela, y recordaba que el poeta, esa mañana, estaba todavía en cama y que abrió la puerta, según el narrador de la novela “una mujer de unos veintidós años, de un rubio tan claro que parecía albino”. Y Ferrero, el otro viernes, en el obituario recordaba a quien le abrió la puerta cuando le fue a ver en su realidad: “una joven y amable mujer de cabellos casi albinos” (qué equívocos provoca a veces confundir ficción y realidad, y así nos va).


Seguimos con el relato de la novela: mientras el poeta y la joven mujer se asean –él lo justo, pues era vocacionalmente bohemio-, De Ory le presta al narrador un libro de magia negra, para que se le haga más llevadera la espera. El narrador va a Amiens a ver al poeta-chamán y bohemio, para que éste le resuelva, si es posible, un problema sentimental enrevesado, con Beatriz, una mujer con el que el narrador/JF andaba complicándose la existencia. Por muchos exorcismos y buena voluntad que puso en ello Carlos Edmundo de Ory las dificultades no se resolvieron, pese a que Beatriz lo considerase –a De Ory- como “un sacerdote délfico y un alma luminosa y hospitalaria”.

Un alma luminosa y hospitalaria que vivió la dura posguerra en Madrid, que se iba asfixiándose poco a poco, y lo va dejando dicho en sus diarios, paños de lágrimas, muro de lamentaciones, gaveta de reproches, inventario de males, escrutinio de sueños, saco sin fondo de deseos… Ese lamento, ya en 1951, “en cuanto tenga dinero: un pasaporte. Una vez obtenido mi pasaporte: marcharme fuera… Este viaje se cumplirá, pues lo pide el periplo de mi vida. Estoy dispuesto a errar, a cambiar radicalmente de vida, de salud y de ambiente y de todo…”.


Se lamenta en ese Madrid de posguerra que tan acertadamente han recordado en sus evocaciones Medardo Fraile (en Pre-Textos), Nieva –que fue también cofrade postista- en sus memorias (en Espasa), Juan Benet en ese espléndido libro de mirar hacia atrás que es Otoño en Madrid hacia 1950 (rodando de editorial en editorial está ahora de estreno otoñal con hechuras de bolsillo en DeBolsillo); o el impresionante primer tomo de las memorias de Castilla del Pino en Tusquets, en la parte dedicada –es atroz- a la década de los cuarenta, y así. En los años noventa, Carmen Martín Gaite dio unas estupendas conferencias (el audio de las mismas en www.march.es) en la Fundación Juan March sobre Ignacio Aldecoa y la generación del medio siglo.


Aquel ciclo Martín Gaite lo recogió en un libro impagable, Esperando el porvenir (Siruela), donde se ocupa de este ir y venir de literatos en ciernes, poetas, narradores (ya no tengo tiempo para referirme al Carlos Edmundo de Ory como escritor de cuentos, pero fue un gran narrador), que no tenían dónde caerse muertos, aunque sí solían apoyarse en las barras de zinc de las tabernas madrileñas –fue una generación que bebió lo suyo-, acompañados siempre por ella misma, por Josefina Rodríguez, que se casaría con Aldecoa, por la actriz Mayrata O´Wisiedo, mujer de complicados amores, a quien yo la recuerdo –del cine, teatro y televisión-, ya mayor, grande e inmensa actriz. Y así. En el libro de la Gaite se cuenta que el único que se defendía económicamente un poco era precisamente Carlos Edmundo de Ory, que tenía un puestecillo de bibliotecario en el Parque Móvil de Ministerios, por Argüelles. Algo que le debió durar poco, dado que el poeta postista chocó pronto con la sinrazón burocrática. Se le reprendía cada mañana, al llegar –tarde- al trabajo y recordarle, con frialdad administrativa, que no podía llegar a media mañana, dado que el horario de entrada era a las nueve. A lo que Carlos Edmundo de Ory, con humildad bohemio-franciscana, respondió que difícilmente podía llegar a las nueve, si él tenía por costumbre levantarse hacia las diez.

En fin, así era, más o menos, el autor de aerolitos como éste: “a mí me gustan los que titubean, no aquellos que hablan con desparpajo”. O este otro, que no sé si se entenderá bien: “En la mujer dejé mis huellas digitales”. Y en sus lectores también, Carlos Borromeo Edmundo de Ory, poeta que ha muerto con casi 90 años, desmintiéndose él mismo, desdiciéndose, él que escribió este aerolito: “Si te gusta ser llamado poeta desde joven, cuida de vivir poco. Toda una vida larga con un pequeño mote es ridículo”.




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