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Errata

Evaristo Aguirre

Padres

Cuando se publicó Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente (Anagrama), en una gran parte de las reseñas o críticas se mencionaba El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince (Seix Barral), pues ambos textos tratan del padre de los autores, de su personalidad, de su historia y, claro, de su relación con ellos. Por eso, el día que compré Tiempo de vida, me llevé también para casa El olvido que seremos.


Giralt parece que quiere ajustar cuentas con el padre (separado de la madre y muy ausente durante la infancia del escritor), pero a medida que avanza la narración de los recuerdos, el autor se va identificando con ese hombre mayor, que enferma y muere: “Nos parecemos mucho, pero a veces tengo la sensación de que me he quedado con lo peor. La pesadumbre, el conformismo, la pereza, la incapacidad para medrar, el miedo”, escribe. No es que llegue a dar por bueno todo su comportamiento, pero comprende muchas cosas. Aunque escrito ahora, cuando el autor acaba de pasar la cuarentena, en las primeras páginas parece que está hablando el niño, con ese toque de intransigencia; luego, todo se suaviza, el punto de vista envejece ¿no? El estilo de Giralt es muy seco, como si hubiera querido que su prosa estuviera lo menos vinculada posible con los sentimientos, buenos y malos.


Cuando leí a Abad, entendí la necesidad de los comentaristas de citarlo en relación a Tiempo de vida. La intención, la actitud, la experiencia de Abad con su padre es prácticamente la opuesta a la de Giralt. Abad fue feliz junto a su padre, sintió, siempre, una grandísima admiración. Este libro, a diferencia del anterior, es una celebración; y lo es incluso cuando cuenta el asesinato del padre a manos de sicarios colombianos, paramilitares. Un hombre que se planta ante la injusticia y que acaba acribillado a balazos, una historia tan repetida en América Latina… Pero la admiración y la celebración no ciegan a Abad, quien pone sobre el papel contradicciones, sombras de la figura paterna. Esta mezcla, como en el caso del primer libro, es uno de los atractivos.


Y cuando estaba metido en harina con esto de los padres y los hijos que escriben sobre su relación, se publicó Correr el tupido velo, de Pilar Donoso (Alfaguara) hija de José Donoso (1924-1996), el escritor chileno del Boom, el autor de Coronación o El obsceno pájaro de la noche. Aquí la génesis del libro es algo más compleja, no se trata solo de una hija (en este caso, adoptada) que se decide a escribir sobre su padre; aquí hay un padre que le pidió a la hija que lo hiciera, para lo cual tuvieron una serie de largas conversaciones; aquí hay un padre que tiene un montón de cuadernos con unos diarios (repartidos, algunos, por universidades americanas). Pilar Donoso lo utiliza todo: las charlas, los diarios, sus vivencias, un libro de memorias de su madre… Es, de los tres libros hasta ahora citados, el más prolijo, el que tiene una voluntad biográfica más marcada, pero no es el menos testimonial, no falta, todo lo contrario, la voz de la hija que se queja, que agradece, que se intenta explicar esa relación con el padre. También aquí hay sombras, muchas. Es el más largo de los tres libros y el más denso.

Padres por aquí, padres por allá… ¿Saben lo que hice? Leer la Carta al padre de Franz Kafka (en el segundo volumen de sus obras completas publicado por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores; con traducción de Andrés Sánchez Pascual y Joan Parra Contreras). Tenía el recuerdo de un texto en el que Kafka le metía cera al padre, y es así, claro, pero en esta ocasión he visto mejor algunas señales de comprensión. ¡Qué texto!

Y una recomendación kafkiana: Kafka, de Robert Crumb y David Zane Mairowitz (La Cúpula, traducido por Leandro Wolfson), la vida y la obra del escritor checo presentada en algo parecido a un cómic. Imprescindible.


eaguirre@divertinajes.com




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