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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Una historia del Bronx


He aquí un libro del que no se espera demasiado a pesar de la fama que precede a su autor, el americano E. L. Doctorow —uno de los pesos pesados de las letras americanas a la altura de Samuel Below, Philip Roth o Paul Auster, por citar escritores neoyorquinos que escriben en y de su ciudad— y, además, venir avalado con un National Book Award. La feria del mundo (1985), traducido por Cesar A. Gómez para Miscelánea, está etiquetado por la crítica de su país como una obra “menor” entre el catálogo de las obras mayores de Doctorow que son Ragtime, Bill Bathgate o El libro de Daniel. No voy a ser yo el que le lleve la contraria, pero si diré que su lectura me ha procurado unos días de auténtico placer literario siguiendo ese hilo conductor que es la nostalgia en la recreación del mítico mundo de la infancia del autor en el Bronx neoyorkino en los años de la Gran Depresión.

Con la claridad expositiva que es inherente a toda su obra, Doctorow nos guía llevándonos de la mano por esa ciudad de las maravillas que se va desplegando ante los ojos del niño Edgard en todo su potencial vital y logra el milagro de hacérnosla ver como si también se tratara de nuestra primera vez. Con el arte y la paciencia de un orfebre de las palabras va taraceando la narración con minúsculos detalles de su vida familiar, del colegio, de la calle y el lector asiste entre sorprendido y maravillado a ese cosmorama que se abre ante sus ojos servido en una prosa virtuosa en su sencillez que, a su facilidad de lectura, une una calidad de primer orden. A pesar del tiempo que retrata, de la sordidez del escenario, de las dificultades por las que se pasaba en aquel pozo sin fondo de la recesión económica, la mirada del niño que era Doctorow lo impregna todo del idealismo de la infancia y todos los hechos, por terribles que estos sean, aparecen bañados por esa luz subjetiva que proyecta la visión que de ellos tiene el protagonista. Para él, hasta lo peor, la muerte o la guerra que ya asoma, es algo nuevo, algo que enriquece su peripecia vital, como lo hace la construcción de un iglú en el patio de la casa, o una visita a otro barrio para ver a unos familiares, o el cine, o la llegada del majestuoso dirigible Hinderburg, o La Feria Mundial del 39, o el primer amor.

Sin la sensiblería ni afectación en la que las crónicas infantiles suelen caer, y ciñéndose exclusivamente a su propio guión autobiográfico, nos lleva con pulso contenido y firme a través de estos primeros meandros del gran rio de su vida por lugares y peripecias que son comunes a casi todos los lectores pero que están tocadas con esa varita mágica del genio en desarrollo. Y es curioso constatar como en esa diferencia que el niño y adolescente en que se convierte Edgar siente frente a los demás está el germen del gran escritor en que ha llegado a convertirse. Su mirada nunca es mordaz, ni descalificadora con aquellos difíciles tiempos que le tocó vivir y su recreación es una de las más objetivas y enriquecedora que he podido leer sobre aquel periodo.




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