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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Lima: Centro histórico

 OTROS DESTINOS

Caminar de Miraflores al Centro histórico tal vez sea posible, pero no parece lo más recomendable. Descartados los abarrotados autobuses, no queda más remedio que aventurarse por el caos circulatorio en un taxi. Incluso los taxistas advierten del riesgo de caer en el vehículo de un atracador, pero no hay otra. Como medida de precaución, parece ser preferible coger un taxi amarillo (controlados tiempo ha oficialmente) a cualquier otro, pero solo preferible (sin garantía absoluta de seguridad). Solo los taxis de lujo ligados a los hoteles de ídem son seguros al cien por cien, pero también su precio se multiplica por unos cuantos enteros. Dicho lo cual, debo añadir que nos subimos a un montón de taxis y no nos pasó nada. Una de las curiosidades del trayecto Miraflores-Centro histórico: la publicidad de los más variados productos escrita/dibujada con plantas en los laterales de la autopista.

Tal vez, si planificara de nuevo mi viaje a Perú, con estancias en Lima al principio y al final del mismo, solo tal vez, dedicaría una parte (la del final) a Miraflores y Barranco (y me alojaría sin duda en el mismo hotel: Casa Andina Miraflores Private Collection) y otra (la del principio) al centro histórico y el barrio chino (y me alojaría en el Gran Hotel Bolívar).


Plaza de Armas

Indiscutiblemente, la visita histórica hay que iniciarla en la Plaza de Armas. Colocarse en el centro y girar sobre uno mismo dejando que el conjunto se apodere de los sentidos es inevitable, lo pide el cuerpo. Solo el Palacio Presidencial desentona. Y desentona de nuevo cuando, a mediodía, se convierte en el escenario obligado de un forzado cambio de guardia imposible de admirar.

Así que entramos a la Catedral. Pizarro la mandó construir y Pizarro ocupa, al fin (desde 1977), la primera capilla a la derecha de la entrada principal. La capilla número 1 del plano turístico. La capilla que en su día fue Baptisterio y hoy parece la sección de paneles de un congreso médico: en los diferentes pósters se exponen las lesiones identificadas en los restos de Francisco Pizarro y sus posibles causas, e incluso consecuencias. Toda una clase de traumatología forense e historia.


Baúl nacimiento

El resto de capillas, más de una docena, compiten entre sí en belleza y devoción exhibiendo, entre otros, obras talladas en Sevilla (por el escultor Juan Martínez Montañés) y retablos policromados de factura limeña para mayor gloria de Santa Rosa de Lima (primera santa del Nuevo Mundo) o Nuestra Señora de la Antigua, por citar únicamente dos.

El Museo de arte religioso de la Catedral incluye objetos litúrgicos y ornamentales de la propia Catedral (fruto de tres ampliaciones sucesivas sobre la Iglesia Mayor original) y piezas provenientes de colecciones privadas entre las que cabe destacar las de las familias Shoder y Brazzini. Por su originalidad y complejidad, me quedo con los baúles nacimiento.


Al lado de la catedral, sobre su misma escalinata, destaca, especialmente por sus galerías de madera, el Palacio Episcopal, que no hace tanto ha dejado de ser residencia de obispos, arzobispos o similares para convertirse en Museo. Lujos eclesiásticos aparte (evidentes en suelos, paredes y techos) sorprende por su colección de Vírgenes embarazadas (Marías de la O con barriga manifiesta) y niños de jesuses de cera (no se derriten con el calor, no, ya lo pregunté yo también). La muestra es un aperitivo apetitoso de la Escuela Cuzqueña, esa que incorporó el pan de oro, los rasgos nativos y los atuendos locales a los personajes bíblicos que poblaban los lienzos instructores de iglesias y mansiones coloniales.


Fue la guía del Palacio Arzobispal quien mencionó a mi santo favorito: San Martín de Porres, Fray Escoba (las tres primeras décadas de mi vida llevé al cuello una cadena de la que colgaba su medalla, escoba y perrito incluidos). No tenía ni idea de que fuera limeño (otro de los increíbles vacíos de mi curiosidad), y saber que había vivido durante toda su vida a cuatro pasos de donde estábamos me emocionó y puso nombre a nuestra siguiente visita: el convento de Santo Domingo.

El convento de Santo Domingo fue construido, nada más fundarse Lima (1540), en los terrenos que Pizarro regaló al dominico que le había acompañado en la conquista de Perú, Vicente de Valderde. Y allí, en un retablo de plata, tres imágenes ponen cara a las reliquias de otros tantos santos dominicos y limeños: Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres y San Juan Macías. En la capilla abierta sobre la que supuestamente fuera celda del dominico más servicial, los más devotos se tumban sobre un féretro de madera que hace las veces de tumba del santo. Una señora mayor, abogada según sus palabras, me pidió que me sentara a su lado y me contó la razón de su creencia: un milagro del que había sido testigo.


Casa Cordano

El otro convento de renombre en la capital peruana es el de San Francisco. A él nos dirigíamos cuando un bar (ya tardábamos) nos llamó tanto la atención que entramos y con hambre o sin ella nos sentamos a comer una jalea mixta (fritura variada de pescados) con salsa criolla (cebolla aliñada).

Ya en el convento, un tanto destartalado por las obras de restauración que están en marcha, no pudimos admirar La Última Cena de Marcos Zapata en la que Jesús y sus discípulos se disponen a cenar un chuy chactado al estilo de la mejor de las celebraciones familiares peruanas, pero sí caminar por las catacumbas entre tétricos dibujos geométricos formados por miles de huesos humanos perfectamente alineados. 


La Iglesia de San Pedro, la casa de Osambela Oquendo o el palacio de Torre Tagle, son también buenas muestras de la arquitectura colonial que no pasan desapercibidas.

Y antes de sentarnos a oír música tomando un café en uno de los laterales de la plaza, no podemos pasar de largo ante el Museo del Banco Central de la Reserva  cuya muestra es más que representativa del arte precolombino y del mestizo. Las piezas de oro… creo que hablar de esas y del resto de piezas del museo merece disponer de más tiempo que del que ahora dispongo así que lo dejaré para la próxima entrega, en la que me despediré de Lima desde una chifa de su barrio chino.

Diría que todas las fotos las hizo Eva Orúe. 

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Cañón del Colca
Puno y el Lago Titicaca
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Taquile
Puno-Cuzco (I)
Puno-Cuzco (II)
El valle sagrado de los incas
La Plaza de Armas de Cuzco
Más Cuzco
Por fin... Machu Picchu




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