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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Sin medida

Amanenece diluviando. No parece el mejor día del año para visitar Yosemite pero es el que tenemos y no vamos a irnos sin intentarlo. Pagamos la entrada (20 $) que permite el acceso durante una semana y nos dirigimos al Centro de visitantes en la esperanza de que despeje mientras nos cuentan qué podemos hacer (ya sabemos que muchas carreteras dentro del parque están cerradas durante el invierno); si quiere seguir lloviendo, que llueva, pero ya que estamos aquí qué menos que la niebla se disipe.


La lluvia arrecia. Mejor que en el Visitor Centre nos informan en el Lodge. Cada día organizan excursiones y actividades diferentes. Conforme a la que está cayendo y el tiempo del que disponemos, lo más recomendable para nosotras es subirnos al autobús que, a las 10:00 —lo perdimos por los pelos— y a las 14:00 —esperaremos—, recorre durante dos horas el Valle. Pagamos los 22$ per capita pertinentes y nos vamos a entretener la espera por el Yosemite Village, no sin antes comprobar que efectivamente son astrónomos todos esos que pululan por el hall con constelaciones y galaxias en sus portátiles. Están de congreso.

Yosemite Village  no es un pueblo al uso, sino un asentamiento al servicio del parque en el que hay, entre otras muchas cosas, multitud de sitios para alojarse. Entramos en el supermercado y compramos frutas deshidratadas, echamos un ojo a la pista de patinaje que sólo funciona por la tarde-noche y a la escuela de montañismo. Por todas partes hay carteles recordando que no se deje comida en los cohes, y que se tire la basura en los contenedores a prueba de osos. No es broma, todos los años hay un montón de heridos y algún que otro muerto además de decenas de coches destrozados por la tontería de dejar a la vista, o el olfato, alimentos que atraen a los osos.



La excursión megacara nos sirvió para poco más que retenernos en el parque y ver que la 41, nuestra vía de salida hacia Sequoia Park, estaba cortada por un accidente y, en cualquier caso, la policía exigía ver las cadenas para dejar pasar. Apenas intuimos las paredes de granito que bordean el parque tapizado de rojo por una densa alfombra de hojas caídas, y hubimos de conformarnos con la magnitud de los pinos ponderosa (6 pies de diámetro y 200 de altura) y alguna que otra cascada.


Cuando arrancamos el coche para partir, el agua ya era nieve, así que decidimos comprar unas cadenas en el garaje del lugar y tirar por la 41. Fue el propio mecánico el que, después de sacar las cadenas apropiadas para las ruedas de nuestro vehículo, nos aconsejo ahorrarnos los 50 dólares que costaban, más el tiempo de ponerlas y quitarlas, e irnos del parque por la 140, la misma carretera por la que habíamos entrado desde Mariposa. Tuvimos suerte porque mientras tanto se habían abierto unos tímidos claros que nos permitieron ver lo que antes sólo habíamos intuído, eso sí en tonos grises.


Tiramos millas, y nunca mejor dicho, de manera que a eso de la siete de la tarde (noche cerrada, oscurecía sobre las cuatro) ya estábamos en Fresno. Y como nos habíamos atiborrado de Coca-Cola pensamos que todavía podíamos avanzar un poco más. En el mapa de carreteras —tuve que fotografiarlo con el macro para poder distinguir el número de la carretera mirando la foto con zoom (¡benditas nuevas tecnologías que vienen a compensar el desgaste del viejo cristalino!)—, estaban señalados dos pueblos antes de los parques, así que nos parecieron el lugar más apropiado para pasar la noche, y a ellos nos dirijimos por la 180.

Centerville, el primero, resultó ser un pueblo semi fantasma de caravanas y cabinas de madera en el que no había ni medio motel. Mejor. O no. Cuando nos vimos ascendiendo en solitario en medio de la oscuridad más absoluta, nos arrepentimos de no habernos quedado en Fresno, como habíamos planeado en un principio. Por fin, un par de tenues luces nos anuncian Squaw Valley (el mapa no miente) y no nos atrevemos a comentar en voz alta lo que las dos estamos pensando «¿a qué chiflado se le va a ocurrir poner aquí un hotel?». Pués a uno. Uno que nos estaba esperando con cinco modestas habitaciones. ¿Quién echa en falta bañera, secador de pelo o espacio para apoyar la maleta cuando tiene un techo que le protege de la intemperie? A nuestra pregunta de si habría cerca algún lugar abierto donde poder cenar, el buen hombre miró su reloj (20:40) y puso mala cara. «Bueno, hay una pizzería que cierra a las nueve». Era la otra luz que habíamos visto.

Y de nuevo nos sonrió la suerte: tres jóvenes parejas y siete inquietos vástagos celebraban algo en el local, así que no había prisa. Por si fuera poco asegurarnos la tranquilidad para el estómago, nos ayudaron a ahorrar recomendándonos que redujéramos nuestra comanda a la mitad y que tomáramos agua del grifo. Fue un acierto. Las pizzas eran gordísimas y cargadísimas de carnes y vegetales varios. En una pantalla enorme, Grissom esclarecía un complicado caso como sólo un CSI sabe hacerlo.


Dormimos cientos de horas y al amanecer estábamos en pie. Nublado pero sin lluvia y con intención de clarear, el día prometía. Camino del Sequoia Park paramos a desayunar en Clingan’s Junction (un cruce, sin más) en el Hummingbirds Restaurant) (una coqueta casa de comidas familiar). Las dos mujeres que lo regentaban pusieron a prueba nuestra capacidad de elección cuando les pedimos un par de huevos. «Escalfados, pasados por agua, a la plancha, poco o muy hecho... con patatas a la campesina, vegetales o fruta... con tostada de pan blanco, negro o integral... café...».


Al irnos no resistimos la tentación de entrar en la tienda de su vecino, un colmado rebosante de aperos de labranza y guarniciones, amén de otras muchísimas cosas como botas de goma o materiales de construcción. Satisfecha nuestra curiosidad, nos lanzámos carretera arriba a la caza y captura de la secuoya milenaria. Apenas quedaban cuatro o cinco kilómetros para entrar en el parque (habríamos andado unos veinticinco), cuando un cartel nos puso sobre aviso: sin cadenas, imposible seguir adelante. Qué hacer. Pues dar media vuelta, qué remedio. Nuestra única esperanza estaba en el colmado del cruce, y sino, tal vez, en un viejo surtidor que creíamos haber visto allí mismo.

Efectivamente, entre todo su arsenal, el colmado contaba con cadenas universales, supuestamente facilísimas de poner. Ni acostadas sobre la nieve tirando con todas nuestras fuerzas éramos capaces a tensar las malditas cadenas, y dar la vuelta otra vez... Después de un buen rato se nos aceleró el corazón aún más al oír acercarse el ruido de un motor, era un quitanieves y fue su amable conductor quien por fín nos devolvió a la carretera. Sinceramente, habríamos pasado igual sin cadenas, pero ya se sabe, basta que no hagas caso de las indicaciones para que te pase algo, y el coche era de alquiler, y los americanos no se andan con tonterías en eso de penalizar... ¡Valió la pena!


Aparcamos el utilitario a la entrada del parque y avanzamos sobre la nieve inmaculada hacia un grupo de secuoyas impresionantes. El tronco de una de ellas, antes de que este espacio disfrutara de protección oficial, había servido como garage; otra había sido tumbada por una fuente natural que brotaba entre sus raíces, en la base de su tronco... cualquier comparación métrica queda fuera de lugar. Enormes en el tiempo y el espacio, nos contemplan mudas e inmóviles. Ya lo creo que valió la pena, la angustia de la noche anterior, el incordio de las cadenas... ¡una miseria de pena para tanta belleza!


Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

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