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El pizarrín

Javier Goñi

El judío encerrado en el sótano


Déjenme que les diga que, los amigos que le querían, decían de Max Aub que en el sótano de su casa de la calle de Euclides, México, D. F., tenía encerrado a un escritor judío, que era quien le escribía sus numerosas cosas. Quién sabe si incluso el taimado Max Aub bajaba de vez en cuando al sótano a jugar a los naipes con el judío encerrado; quién sabe si con este juego de cartas que tengo ahora en las manos.

Augusto Monterroso, el pequeño gran escritor centroamericano, zoólogo de vocación literaria, y que sabía de dinosaurios más que la script de Parque Jurásico, tiene escrita por algún lado esta pequeña maldad sobre su amigo Max Aub, ese escritor español –se es, decía, de donde se hace el bachillerato y él lo hizo en Valencia-, de padre alemán y madre francesa, judío nacido en París en 1903, muerto en México D. F. en 1972, nacionalizado mexicano; ésa que dice algo así como:


Max Aub, Madrid, 1972

“Se cuenta que Max Aub trajo de Europa, en la bodega del barco y adecuadamente embalado, a cierto escritor judío fugitivo de Alemania que había ido a parar a Casablanca. Al llegar a México lo encerró en el sótano de su casa de la calle de Euclides –razón por la cual ambos han vivido allí siempre- y desde entonces lo tiene escribe y escribe, a oscuras casi, haciéndole creer que los alemanes ganaron la guerra y que, si se atreviera a asomar la nariz por la calle, kaput. Ignorante de la realidad, el infeliz se consuela escribiendo sobre cosas del pasado. Aub publica esas producciones con su propio nombre, pero su prisionero no se entera, piensa en la posteridad, y vive agradecido que aquél le salve la vida”.

Hasta aquí la humorada de Tito Monterroso.

Pero hay más. En unas viñetas aparecidas en el diario mexicano Excelsior, de 15 de julio de 1968 –el verdadero Max Aub fallecería ese mismo mes de julio de cuatro años después- un tal Abel Quezada escribía/dibujaba que “por regla general, la gente culta cree que Max Aub no existe; algunos suponen que ese es el seudónimo de un escritor, de varios escritores, bueno, de todos los escritores. El caso es que este ‘Max Aub’ es el autor de casi toda la literatura que se publica en México –su obra abarca 12 metros 87 centímetros, ¿qué hombre es capaz de tanto?-. Hay cultos que sospechan, sin embargo, que Aub no es un mito: que existe y que es mexicano. Y los hay que creen que existe y que es español, pero éstros se equivocan (la prueba está en que los españoles dicen Masáu). Y cada día el misterio se agrava: ayer publicó sus ‘obras incompletas’, hoy su ‘teatro completo’ y mañana…”

Los españoles dicen Masáu. En julio de 1972 el locutor de Radio Nacional de España dijo que había muerto en México D. F. Más ób. Lo oí. Lo recuerdo.


México DF, 1955.

La obra de Max Aub: una novela galdosiana. Otra à clef con la crema postinera de la intelectualidad madrileña de los años veinte y treinta (aquel tertuliano de café con mesa de mármol de lápida de cementerio boca abajo y jarra de agua que pontifica airadamente sobre todo lo humano y lo divino, y en concreto sobre el Quijote, pero, bueno, amigo mío, le interrumpen, ¿pero usted lo ha leído?, ¿yo?, se indigna el tertuliano de café, patrón de los futuros tertulianos de radio y tv, estaría bueno tener que haberlo leído antes para poder opinar, dónde se ha visto desatino tal). Sus campos, su extraordinario testimonio a pie de obra de Antes, En y Después de aquello del 36. Sus decenas y decenas de relatos, desde los conspiradores de café que atentaban contra F.F. sin moverse de D.F., a ese pobre bailarín de éxito en la España de Antes de, limpiabotas en D. F., Después de, y al que le meten en un ataúd no hecho –chapuceramente- a su medida y hay que cortar lo que sobra, pongamos que los pies, y tantos otros relatos más.


Las Arenas, Valencia, 1935.

Sus diarios, detallados, hasta el último, el de la decepción, La gallina ciega, la desilusión de su retorno a España, con la misma maleta con la que se fue se vino y se trajo el mismo mapa del país donde hizo el bachillerato, ese país cainita y polvoriento que se lo había recorrido bien –Antes de-, pues era viajante de comercio como su padre, judío alemán; y aquel mapa ajado del 36 lo intentó superponer con el mapa que le aguardaba en 1969, treinta años después, y no coincidía, cabo con cabo, golfo con golfo, río con río, montaña con montaña, gente con gente. Y escribió, desalentado, ese extraordinario diario del regreso imposible, el de la frustración –España, Sansueña, Ser de Sansueña, Cernuda, muerto solo, enrabietado, dolorido en México D. F., otra historia, otra más-. Ese diario que es La gallina ciega, que uno, estudiante, tuvo que agenciarse, en un puesto de la madrileña Cuesta de Moyano, en una edición mexicana, Joaquín Mortiz, fundado por un hijo de un exiliado español, Enrique Díez-Canedo, uno de los mejores críticos españoles literarios y teatrales de antes de la guerra civil. Antes de.

Novelas. Cuentos. Diarios. Poemas. Teatro. Ensayos. Manuales de literatura: se hizo una historia de la literatura española escrita a pulso él sólo, el hijo del judío alemán, el hijo de la madre francesa, el nacido en París; él, Max Aub, que tenía en su casa de la calle de Euclides, México D. F., todos los tomos de la Biblioteca de Autores Españoles, la Biblioteca de Rivadeneira, esos volúmenes cuyas páginas había que violentar, si se era paciente, con un abrecartas o si colérico, como acostumbran los alatristes, con acero toledano.

Y sus inventos. Sus ensoñaciones. Sus bromas. Sus supercherías. Ese discurso  suyo de ingreso en la Academia de la Lengua en 1956, en un parnasillo ilustre donde los hay de todos los colores, unos y otros, como si no hubiera habido, veinte años antes, una sublevación en África y un militarcillo con ambiciones de salvapatrias y donde escucha al nuevo miembro, a Max Aub, leer su discurso un apacible Federico García Lorca, por ejemplo.

García Lorca, académico en 1956, por qué no, lo hubiera sido. En julio de 1982, al cumplirse diez años de la muerte de Max Aub, uno escribe su recordatorio fúnebre-literario en máquina de escribir, ésas que en los periódicos de entonces todavía se levantaban en las mesas de redacciones delante de uno y en el espacio ganado podía uno, convenientemente camuflado tras la máquina de escribir, zamparse un cocido de tres vuelcos o a(r)mar versos –malos pero encendidos- a una enamorada de otra sección, de Local, pongamos, que uno estaba en Cultura entonces, y la tenía en diagonal, a la sección de Local, se entiende y se supone.

Uno escribe, julio de 1982, un recordatorio y desde los talleres del diario viene el corrector –era otro siglo, otras tecnologías: había correctores, se leía; era otra atención, otro cuidado, otra…, anda, anda, cierra el inciso que te estás poniendo estupendo- a decirte con mucha educación y seguridad, que ha debido haber un baile de cifras. Que Lorca no pudo ser académico en el 56 porque lo habían fusilado en el 36. Cráneo privilegiado, que diría un personaje de Luces de bohemia, esa genialidad de Valle Inclán, cráneo privilegiado,  aquel corrector del taller de un viejo diario madrileño. La realidad siempre pone a la ficción en su sitio, así que acepté la enmienda, ya que no era a la totalidad, y taché el nombre de Lorca. Si había sido fusilado en el 36, difícilmente, por más que se empeñara Max Aub, podía haber sido académico en el 56. De haberlo sido, éste hubiera sido otro país, no éste, y no es el caso. Lorca, por cierto, tenía la silla A, y había tomado posesión el 18 de enero de 1942; Alberti, el comunistón en 1940; Giménez Caballero, el fascistón en 1952;  Miguel Hernández, delicado de los pulmones, también en el 52, como el señorito falangista gallego que vivía –presuntamente- en concubinato Eugenio Montes; y Ridruejo, en el 54; y los jóvenes Delibes y Cela, en el 54 y en el 56, respectivamente, éste como Max Aub. El director era Américo Castro y el secretario Dámaso Alonso, y estaban Pemán y Juan Ramón desde hacía décadas, y don Salvador de Madariaga y don Joaquín de Entrambasaguas, al que los jóvenes deslenguados del 27 llamaban –creo y no sé por que- Entrambasnalgas. Y la lista seguía así. Y las dos Españas, y las tres –para que nos cupieran el sr. Madariaga y Juan Ramón, con esquina propia-, a tomar por entrambasnalgas. Caprichos de Max Aub, travieso, enredador.


El discurso de ingreso, El teatro español sacado a luz de las tinieblas de nuestro tiempo, que lo leyó Max Aub el 12 de diciembre de 1956, y fue contestado como se merecía y era preceptivo por Juan Chabás y Martí, se publicó por vez primera entre nosotros, que yo sepa –que es cuando lo leí, impresionóme eso de que hubiera podido haber otra España distinta a la que pisábamos aquellos imberbes ansiosos de otras cosas; y las cosas son como se recuerdan, el rigor documental para los novelistas-, en junio de 1972, en un Extra, La cultura en la España del siglo XX, que acompañaba el número 507 de la revista Triunfo, aquel maná de progres, que había por entonces. El Extra aquí lo tengo, algo deteriorado por lo que a continuación contaré, pero en buen uso todavía, lleno de recuerdos, y si no aparece mezclado entre estas líneas es porque hoy, la Almudena, es fiesta de guardar en Madrid, y tengo la tienda del escaneo y otras fruslerías cerrada a cal y canto.

Que por qué conservo deteriorado aquel Extra de la revista Triunfo, pues verán ustedes, u óiganme, mejor: Aconteció que en mi calidad de aficionado a las cosas de Max Aub, la última noche de febrero de 1984 –no sé si 28 o 29, si bisiesto o qué- quedé con una amiga de una amiga, que estaba haciendo un trabajo sobre Max Aub para la Universidad. Yo la espero –era noche cerrada, fría, el ruido de la ciudad semejaba el barullo de los lobos hambrientos de la montaña leonesa, pongamos por poner; amenazaba nieve, eso sí- en el pub de Santa Bárbara, un sitio que ya no existe, pero entonces, sí, cerca de la librería Antonio Machado, que ésa sí, existir existe. Como no la conocía –sólo que se llamaba Carmen y que era rubia, no sabía todavía entonces si como la cerveza, ni que nada más llegar fuera a pedir ron con cocacola, lo pidió- mi clavel rojo en la solapa eran unos libros de Max Aub, su Antología traducida, un libro de cuentos, La gallina ciega y el Extra de Triunfo con su discurso de ingreso en la Academia. Y llegó, y hablamos, y bebimos, y fumamos –entonces uno fumaba-, y le leí un texto de Max que aparece en la Antología traducida, un hermoso texto sobre la espalda femenina. A ver si me acuerdo: “…parte escondida, no por ello más preciosa. Si los pechos, lunas: sol, la espalda…”.


Fuera, en Madrid, empezó a nevar. Aguanieve. Y horas después íbamos en un taxi, en dirección a su casa. Si los pechos, lunas: sol, la espalda. Y ella llevaba, apretados contra los suyos, los libros que yo le había prestado, para su trabajo, los de Max Aub, y entre éstos aquella revista, que se le cayó al suelo, cuando salió del taxi, rubia, alta, de piernas inmensas, de nombre Carmen, y el discurso de Max, Palabras de Max, una película española muy oscura, experimental, que nunca entendí del todo, pero tocaba verla entonces, maná de progre; y el discurso de Max, la revista, chapoteó en la aguanieve de aquella noche madrileña, y me precipité –el taxista se quedó con la inesperada propina- a salvar a aquel papel náufrago, al que tanto estimaba, y ella se preocupó cortésmente por los posibles desperfectos. Se ofreció, al entrar en su casa, a ponerla a secar -¡mi revista! ¡Mi extra! ¡El discurso de ingreso de Max!-, sobre el radiador del vestíbulo, y ella puso sus manos frías sobre mi cuello, a modo de termómetro sin afán escrutador, ¿a que las tengo frías? Pasa, y pasé. Etcétera.


Vamos a ver si nos centramos. A ver. Está claro que aquello, lo del papel, eran cosas de Max Aub, que se inventó ese discurso de ingreso en la Academia que borraba con imposible goma de borrar unas cicatrices cainitas propias de esta vieja piel de toro. Cosas de Max Aub quien tiene escritos esos inmejorables Crímenes ejemplares, donde está comprimida, con mucho humor y acidez, todo su escepticismo vital y su impresión sobre la condición humana: él había vivido lo suyo: su familia judía franco-alemana había abandonado París al comenzar la I Guerra Mundial y se refugió en la neutral España, hasta que se derramó aquí el tonelete de la pólvora y se armó la de San Quintín, con un duelo poco caballeroso por ver quién se hacía con la santabárbara y en lo alto, en el cielo, en un día despejado, el caballo blanco de Santiago Matamoros  parecía visto desde el suelo una avioneta con una cola publicitaria. Qué divertidos son sus Crímenes ejemplares. Ése que es tan corto, y tan célebre –acaso debería serlo- como el del dinosaurio de Monterroso: “Lo maté porque era de Vinaroz”. Confieso que uno no es de muchas reflexiones, lo mío por incapacidad cognoscitiva es la ficción, pero siempre he creído que en este breve crimen de Max Aub, “lo maté porque era de Vinaroz”, cabe cualquier explicación posible, incluso, apurando, hasta una guerra civil, por ejemplo.


Aub, por Torres Campalans

Pero, bueno, yo quería bajar detrás de Max Aub al sótano de su casa de la calle Euclides, Euclides, 5, México D. F., a ver si tenía encerrado, como pensaba Monterroso, a ese pobre judío alemán grafómano, que le escribía –coaccionado- los libros a Max Aub, incluso esa biografía genial que le hizo, Max, a un pintor cubista catalán, muy amigo de Picasso, cuya huella se pierde en México, que se llamó –y se llama para la historia del arte del siglo XX, gaveta quizás de ficción-, Jusep Torres Campalans, pintor tal vez de complicada autoría, artista cubista de segunda fila, vale, puede ser, doctores tiene la Iglesia, pero al que conoció todo el mundo y a todo el mundo conoció. Max Aub le dedicó un intenso libro muy documentado –incluso se reproducen los cuadros, mediocres, quizás, no digo que no, que uno no es más que un aficionado curiosón y poco más- y que, tengo entendido, en la Biblioteca Nacional de Madrid lo tienen en la sección de biografías. Por algo será.


Picasso, por Torres Campalans

La cosa es que la baraja, con la que –es posible- maten el tiempo en su sótano Max y el judío engañado, está dibujada por Jusep Torres Campalans, el pintor cubista, amigo de Picasso, y en el reverso lleva unos textos que hay que leer despacio y con atención, pues gana –nos advierten- el que adivine quién fue Máximo Ballesteros. Esta baraja era una rareza bibliográfica de Max Aub, que uno no conocía –y menos aún tenía en su biblioteca  esos casi 12 metros y 87 centímetros que ocupan sus libros y que me empezaron a acompañar desde los 19 años, mes más, mes menos- y ahora una pequeña y digna de aplauso editorial granadina Cuadernos del Vigía (cuadernosdelvigía.com) se ha propuesto darnos esta alegría a los maxaubianos que en el mundo somos. Les dejo, y barajo, que me ha salido un comodín: en el reverso, este texto: “Querida Marcela: Fue por casualidad. Jacinta”.

Les dejo, o me planto.




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