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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

La Saga de Tramórea


Minotauro, con un despliegue mediático digno del mercado anglosajón, lanza el tercer libro de la Saga de Tramórea, titulado El sueño de los dioses, del afamado escritor de best-sellers de pseudo-historia y ciencia-ficción, Javier Negrete.

Los fans de la saga, que los tiene y muchísimos aquí y allende nuestras fronteras, se han frotado las manos ante el festín que representan las quinientas cincuenta páginas de la nueva entrega, con la aventuras de Derguín, Kratos y Mikha en su afán, esta vez, por salvar el mundo de Tramórea de la ira y destrucción de los antiguos dioses.

Antes hay publicadas otras dos novelas, La espada de fuego (2003) y El Espíritu del Mago (2005), que cimentaron el éxito de una literatura de Fantasía Heroica escrita en castellano que nada tiene que envidiar a sus homólogas en inglés, con las que sin duda comparte mucho de lo bueno y también de lo malo como suele siempre suceder en los géneros literarios que se fundamentan en una fórmula ya probada con éxito en anteriores ocasiones; y que son todas como brazos bastardos de la novela fundacional, la archifamosa El Señor de los Anillos del gran demiurgo que fue el profesor inglés J. R. Tolkien , que refundó los pilares de la moderna fantasía.

Sí a esto se añade la hibridación de géneros, tan presente últimamente en toda la cultura de los mass, no es de extrañar que durante toda la lectura de las tres novelas de Negrete se tenga el efecto de un dejà lu literario. Crea un mundo, Tramórea, en cuyo mapa viven y luchan pequeños reinos, de razas y costumbres distintas, que andan siempre a la gresca. Existen también, claro, lugares lejanos y ocultos que conservan restos de un pasado de sofisticada tecnología. Hay una especie de clan místico que forman los kalagorinôr, que intentan mangonearlo todo y en la que se dan cita nigromantes y fuerzas ocultas. Y una compleja red de creencias y dioses, con una mitología que hunde sus raíces en un pasado donde hombres y dioses libraron un feroz y singular combate.
Hay buenos y hay malos; hay buenas y las hay malísimas. Hay caballeros de una orden, el Tahedo o arte de la espada, de reglas estrictas y ciertos trucos aceleratorios. También hay historias de amor, claro. Y profecías del milenio y batallas y más batallas. En fin, no dejan de pasar cosas durante toda la lectura, pero al menos a mí no han logrado interesarme del todo, tal vez porque con la edad uno pierde el sense of wonder, o quizás sea que esta ensalada de mitos arturianos, tolkianos, espilberianos y cimerios, aderezada con unas gotas de manga y ciencia-ficción no resulta muy digestiva para estómagos ya hechos a otro tipo de ficción.

No quiero sin embargo, dejar de reconocer, la riqueza del lenguaje y el poderío descriptivo de Negrete. Se nota que es un hombre culto, pertrechado de una gran erudición clásica, que se detecta en la creación de este mundo, en la elección de nombres para personajes y lugares. Su prosa es muy fluida, de hecho es un gran narrador, pero esto es un arma de doble filo ya que a veces esa facilidad de lectura sacrifica el tono épico que la aventura hubiera necesitado para interesar a un público más amplio que el del simple aficionado. También hay que contar en el haber del autor el haber dado un paso adelante incorporando a la saga temas “adultos” como el fanatismo, la lujuria o la homosexualidad, que normalmente no aparecen en este tipo de historias.

Dicho lo cual, estoy convencido que el día que Javier Negrete se olvide de las novelas referenciales y funde su propia cosmogonía —de lo que le creo absolutamente capaz— nos ofrecerá una novela hermosa y grande digna de su talento.




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