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El pizarrín

Javier Goñi

(Ex) Fumando espero (2ª parte)

Déjenme que les diga que en la primera sesión vimos cómo los tagalos fumaban, en el cine español de posguerra, como milicianos. Y los milicianos fumaban como rojos. Ya vimos que el que mejor fumaba entonces era, sin duda, Alfredo Mayo. Se fuma hasta en la legión.


En la legión también se fuma mucho, se fuma en Tetuán, en el café de los legionarios (¡A mí la legión!), y éstos, algunos, protegen el cigarrillo con toda la mano, como si ésta fuese paraguas protector, la otra mano, eso sí, en el bolsillo, aunque sin tanta arrogancia, como la del militar de carrera. A Alfredo Mayo le hieren y los amigos van a visitarlo, y Curro, el gracioso andaluz, corta con una navaja un puro por la mitad, para compartirlo con el herido, aunque éste fuma más cigarrillos, no hay más que ver cuando va a visitar a un judío sospechoso, dispuesto a establecer la verdad y salvar a un amigo caballero legionario injustamente acusado de un crimen que no ha cometido. Y Alfredo Mayo, fumando amenazante, echando el humo por la boca a la vez que interroga, logra sacarle toda la verdad a Isaías Levi, el Hebreo (con un aspecto físico bien siniestro, propio de una publicación ilustrada para inocentes niños nazis). Salvado el amigo, todos fuman en el café de Tetuán y cantan “...Soy valiente y leal legionario...”


Es escena, aquella, muy vibrante como lo es el interrogatorio del capitán Adrados (en realidad el célebre capitán Palacios, que inmortalizó en una serie de reportajes, y luego recogidos en un libro, Torcuato Luca de Tena, sobre los últimos prisioneros de la División Azul en Rusia, y que José María Forqué llevaría al cine, Embajadores en el infierno, 1956; el libro, una curiosidad, lo heredé de mi padre, y lo leí de niño). Enfrente el diabólico bolchevique, el jefe del campo de prisioneros, magnífico José Franco, quien fuma en boquilla y enciende el cigarrillo con un papel que prende en una estufa de leña. Y Adrados, al ver flaquear a sus hombres, los enardece al contestar, con fe en el destino de la patria, a las preguntas del bolchevique José Franco que no deja de fumar: por qué se alistó (“para luchar contra el comunismo”), cuál es su religión (“católico, apostólico y romano”) y cuál es su partido político, sí, sí, que cuál era su partido político: “¡¡¡Anticomunista!!!, grita Adrados y a los prisioneros se les ilumina el rostro: ¡¡¡Viva España!!!


A José Franco –tan estupendo actor y de tan caracterizada voz, tío que fue de nuestro Javier Marías, y que bien podía haber sido, José Franco, nuestro Charles Laughton, se me ocurre- no fue el único que le tocó, entonces, hacer de comunista. De comunista hizo Paco Rabal en Murió hace quince años (de Rafael Gil, 1954), uno de esos niños que en el año 37 fueron llevados a Rusia y que, hijo como es de un oficial de alta graduación de la Policía Armada, regresará a España, convenientemente adoctrinado, para llevar a cabo una delicada misión. Antes, mientras Goërits, su instructor, un Gerard Tichy que había sido también el capitán del barco ruso que trasladó al niño en el 37, le da las instrucciones pertinentes para infiltrarse en España, Rabal saca un cigarrillo y castizamente –con esa voz que tuvo toda la vida- le dice al ruso: “dame lumbre”.


Y, sobre todo, de comunistas hicieron –en una película delirante- Alfredo Mayo, Juanjo Menéndez y Antonio Vico: en Suspenso en comunismo (de Eduardo Manzanos, 1956). Parece que está escrita en serio, pero no es seguro... Cuando en la Escuela de Comunismo levantan el puño (nuestro Alfredo Mayo, el de..., el de..., el de..., ésas que ya hemos citado, el de tantas otras), más parece que andan agarrándose a la barra del trolebús, si los trolebuses, entonces, o los tranvías, llevaban barra de donde agarrarse. Son elegidos los tres, fieros comunistas, para una delicada misión y son recibidos por el camarada No Sé Cómo Se Llama (llamémosle Camarada Atchis..., pues cada vez que estornuda, los tres al unísono se levantan, puño en alto, y en lugar de Jesús, camarada, dicen Salud, camarada).

El capitoste resfriado les comunica que van a entrar en España con una delicada misión, también ésta: que saboteen todo lo que pillen, a lo loco, a lo loco: pantanos, catedrales, el Pilar, el Escorial, el Museo del Prado...., el Bernabéu creo que no lo nombran, y para que entren en confianza les alarga una tabaquera de madera: “podéis fumar, camaradas”, les invita, y así lo hacen los tres, y Alfredo Mayo, que es aquí un poco simple (la lumbrera es el camarada Juanjo Menéndez) y un tanto sinsorga, fuma a lo ¡A mí la legión!, nada que ver con los cigarrillos de Raza. El camarada jefe por cierto, y no es la última humorada de esta película imposible, les hace una recomendación: “no tiréis la ceniza, que se estropea la alfombra...”

Pero en Suspenso en comunismo todavía el tabaco sigue teniendo protagonismo, pues al llegar a la frontera y descender del autobús el enlace les tiene que pedir lumbre, pero éste se equivoca y va buscando a un imposible Monsieur Apagón, mientras se acerca, a los tres fieros comunistas, un cura vascorro, ensotanado de la cabeza a los pies, que les pide lumbre y aquellos, lógicamente, creen que el cura –qué ingenioso disimule- es el enlace, y ellos Salud, Salud, Salud, y el cura, sorprendido, gracias, gracias, gracias, y les envía, muy recomendados, a una pensión que lleva su hermana en Madrid, en la Avenida de José Antonio, una hermana, ésta, beatísima hasta decir basta y que tiene un hijo guardia civil (el inefable Fernando Sancho, que luego en los sesenta bordaría el acento mexicano en los western de Almería...), con quien comparte habitación Antonio Vico... Y continúa la farsa (es película ésta que no se entiende cómo el censor de turno no consideró que le estaban tomando el pelo, y choteándose en lo más sagrado: para eso no habían ganado una guerra, que dicen que decían que dijo Eugenio Suárez, el de El Caso, semanario de sucesos).


El trío de Suspenso en comunismo tiene mucho que ver con, curiosamente, Tres de la Cruz Roja (de Fernando Palacios, de 1961), que son, estos tres, José Luis López Vázquez, Manuel Gómez Bur y Tony Leblanc, éste, aquí, como en todas, está sembrado. Tony es fontanero, con chaval, que le lleva las herramientas, su sobrino, y empezamos a ver la película con Tony, en casa ajena, con los pies sobre la mesa, a lo Bush-Aznar, aunque ya se justificará después lo de los pies sobre la mesa, atendiendo en la tele –no en todas las casas había aparato- un reportaje sobre el Real Madrid, el de Puskas, Di Stéfano..., y Tony, achulado madrileño como pocos, le hace un gesto al chavea para que le acerque la tabaquera, de donde se sirve, feliz y relajado, un cigarrillo ajeno, mientras el agua lo inunda todo, para pasmo de la clienta que llega a la casa en ese momento...

Es domingo, y hay fútbol en el Bernabéu, los tres fuman el pitillo del aficionado... Del Sol..., Gento...., Araquistáin, junto a la puerta 30 desde donde siguen, sin verlo, el partido, pues un empleado de don Santiago Bernabeu, amigo justo hasta esa línea divisoria, va y viene contando las jugadas, con ciertos minutos de retraso..., mientras un miembro de la Cruz Roja, Luis Morris, con uniforme a su medida, que fue actor muy querido y muy alto, entra y sale sin alterarse con las jugadas, a él el fútbol ni fu ni fa. Tony, claro, decide que tienen que enrolarse en la Cruz Roja para ir al fútbol gratis. Un firme y tolerante capitán, Jesús Puente, les meterá en vereda y de pícaros acabarán de héroes. Fin, y a secarse las lágrimas, que el chaval se ha salvado del incendio...


Ah, por cierto, este Tony es el que fuma un cigarrillo tras otro, apretándolos con todos los dedos, con aire retador y chulesco, propio del honrado pueblo de Madrid, y fuma, una tarde de domingo, esperando, en el Miami, un establecimiento de postín con baile de tarde de domingo, donde se cuela con José Luis Ozores, Miguel “El Tarta”, claro está El Tigre de Chamberí (de Pedro L. Ramírez, 1957), a ver si caen en gracia a algún grupo de feas solitarias, que son las que convidan a merendar, en Madrid, o pasean por la Calle Mayor (de Juan Antonio Bardem, 1956), donde andan esos amigos de Casino, de mesa de billar, de copas y tabaco, solterones de provincias de neorrealismo, a lo Fellini, claro, y José Suárez mata el hastío de la provincia golpeando el cigarrillo, que le ofrece un amigo, en la esfera del reloj, que marca un tiempo que no lleva a ninguna parte, y protege la llama  con las dos manos, como sin duda Bardem y los espectadores españoles ya han visto en las películas americanas...


Como el joven inspector, Conrado San Martín, fuma por los pasillos de Jefatura, en Barcelona, impaciente por entrar en acción, cigarrillo en los dedos, mano en el bolsillo, zapatos blancos y negros: es agosto cuando el joven Rafael, un Carlos Muñoz, con el que ya nos hemos topado en estas películas para después de una guerra, va a Barcelona precipitadamente y es asesinado, en Apartado de Correos 1001 (de Julio Salvador, 1950), en una parada de autobús, casi enfrente de la Jefatura Superior de Policía, y, entre sus objetos personales, en la cartera se le encuentra su tarjeta de fumador: todavía el racionamiento. El joven inspector, mientras, en la calle, fuma un cigarrillo, aguarda, compra un diario, que un chico vocea: La Vanguardia, Soli, Diario de Barcelona, vigila, y cuando sale su sospechoso, tira el cigarrillo y lo sigue: eso tan visto en las películas, tanto como que el cartero sospechoso, Tomás Blanco (el capitán Cortés de El Santuario no se rinde), fuma ansiosamente, en el interrogatorio en Jefatura, el cigarrillo que le ofrece el policía (bueno: es una vieja jugada de estrategia).


Ansiosamente también fuma Fernando Fernán Gómez, en Esa pareja feliz (de Bardem-Berlanga, 1951), en el cuarto de realquilado, que comparte con su mujer, Elvira Quintillá, tras atravesar el comedor, donde está la familia dueña de la casa, y el abuelo liando cigarrillos (no sé si recoge las colillas de la calle, las lava, las seca como hacen Pepote, Pablito Calvo, y su fracasado tío, frustrado torero, contumaz borrachín, su tío, Mi tío Jacinto, de Ladislao Vajda, 1956). Y FFG fuma en la cama, dormida la mujer, ensoñado en un negocio de fotografía, en el que le ha embarcado su amigo José Luis Ozores y un embaucador (no recuerdo ahora su nombre, pero sale en todas las películas de la época, de estupendos actores de reparto, secundarios ya suena peyorativo) que no hace más que decir que hay negocio en eso “si se tiene sentido comercial”. Y FFG duda porque lo suyo es la electricidad, que aprendió en un curso por correspondencia, “A la felicidad por la electrónica”, y gracias a ello están los amigos, fuma que te fuma, oyendo un España-Uruguay por la radio, una radio de nometoques que se ha hecho FFG con sus habilidades y que se estropea en plena discusión sobre si Molowny, sí, Molowny, no, uno que fue del Madrid.


En Bienvenido Mr. Marshall (de Luis G. Berlanga, 1952) sólo fuma el boticario, puros baratos, se nota, pero fuma, y fuma, impensablemente, absurdamente un empleado de Obras Públicas que va con una apisonadora adecentando las carreteras por donde van a pasar los americanos... Y digo absurdamente porque fuma en pipa, y quién sabe si con lo joven que era entonces Berlanga y lo que le costó meter en cintura a técnicos y a actores (empezando por el propio Pepe Isbert), quién sabe, digo, si lo de la pipa fue un capricho del empleado aquel (con unos bigotes en punta imposibles también en uno de Obras Públicas, digo), y una concesión o descuido de Berlanga. Pepe Isbert no fuma, no en la realidad de Bienvenido...., fuma en el sueño, en el inenarrable duelo a muerte en el saloon entre Pepe Isbert y un estupendo Manolo Morán...


Donde sí fuma Isbert es en El verdugo (de Luis G. Berlanga, 1963). Y fuman los dos empleados de la funeraria, el veterano y el pusilánime Nino Manfredi, quienes traen, a la prisión, el ataúd de madera rústica y mal pintado por encima, y fuman mientras aguardan y dejan el ataúd apoyado en la pared: cuidado con rayarme la pared, advierte el aburrido funcionario de prisiones que intenta desayunar su tazón de leche y trozos de pan, en esa mañana tan movida, pues ha habido ejecución: mira ése es el verdugo, cuchichea el veterano al apocado Manfredi, y el verdugo deja la herramienta junto al desayuno del funcionario, que se encoleriza. Y Pepe Isbert, con la conciencia del trabajo bien hecho, se sienta a echar un cigarrillo: “¿Fuma usted? Yo debería dejarlo por los bronquios, pero no tengo coraje...?” Le falta coraje, por lo que se ve, al verdugo.

(Y la escena de Pepe Isbert, en El verdugo, me lleva a otro entrañable personaje, pues en la cinta de video donde tuve recogida la película uno grabó además el homenaje que José Luis Garci le dedicó en TVE a Alfonso Sánchez, el inolvidable Alfonso Sánchez, solterón y fumador, que vivió toda esta posguerra de pitillos y celuloide, y que escribía sus críticas de cine, su célebre columna de negritas, citando compañeros (y, sin embargo, amigos), en el viejo Informaciones de la calle de San Roque y de la Madera, a máquina, con dos dedos, y la colilla en la boca. Y a media tarde, recogía las cosas, cumplida la tarea y se iba de médicos, de cócteles de embajadas o de marquesas, de presentaciones de libros o de estrenos. Alfonso Sánchez arrojaba la ceniza sobre sus cuartillas de periódico con la tinta fresca, como un viejo libertino del XVIII secaba el billete de amor que le enviaba a una novicia, y la arrojaba también, la ceniza, sobre un joven periodista, que la recibía con recogimiento como si fuera Miércoles de... y que, por entonces, primer año después de..., se iniciaba en Informaciones y  era el encargado de recoger a media tarde las cuartillas de Alfonso Sánchez. Aquel joven, éste que firma, leía calentito al gran Alfonso Sánchez como si uno fuese el mismísimo director Maestro Jesús de la Serna. En fin..., ¿a qué venía a cuento el paréntesis?)


En fin, comencé a pensar en el tabaco que en otro tiempo fumé leyendo Lady Nicotina, de James M. Barrie, y Del placer y del vicio de fumar, de Italo Svevo, en una muy bonita edición de una pequeña y exquisita editorial Capitán Swing, acompañada de un sugerente prólogo de mi amigo Jesús Marchamalo, en el que lía un estupendo cigarrillo –él que no fuma: si hay que denunciarlo, se denuncia- con muchas anécdotas sobre literatura y cine, así que para tener algo que contar me fui al cine de posguerra, y así me han salido, en esta segunda entrega y en parte de la primera, de la semana anterior, estos Pitillos para después de una guerra. Y todavía podía haber seguido encendiendo más cigarrillos en celuloide de la época, pero, bueno, baste por hoy, y aprovechemos que Pepe Orjas, el bonachón director de la sucursal bancaria, que sus propios empleados, comandados por un magnífico López Vázquez, quieren atracar (Atraco a las tres, de José María Forqué, 1962), recoge sus cosas, al ser cesado, y casi se olvida la maquinilla de liar cigarrillos, actividad ésta propia de director de sucursal bancaria de la época en la que Pepe Orjas mostraba una especial y contumaz habilidad, aprovechemos, digo, para poner fin, uno también, a este incompleto recorrido, que se podía seguir. Que en el cine se ha fumado mucho. Y pronto en casi ninguna parte. Y a mí qué. Si yo no fumo. Lo dejé. ¿Lo recuerdas?




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