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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Agustín Gómez Arcos, o la memoria enterrada en las cunetas

La editorial Cabaret Voltaire, de hermoso título y mejores contenidos, se ha empañado en rescatar del olvido la obra de Agustín Gómez Arcos para presentarla, en unas amorosamente cuidadas traducciones, a los lectores españoles del presente en un momento en que nuestra sociedad, o mejor dicho la parte derecha de nuestra sociedad, en un acto de travestismo político de una inmoralidad extrema, arremete contra los familiares de las víctimas republicanas echándoles en cara que son rehenes del pasado por querer rescatar sus muertos de los miles de fosas cavadas en las cunetas por toda la geografía española, olvidando que hace veinticinco años esas mismas personas, a través de sus representantes en el Congreso, hicieron tabla rasa de todas las responsabilidades políticas y penales, en aras de la convivencia nacional , de esa derecha y que ahora tan injusta como cobardemente les ataca.

Ana no, la última novela editada en español de Gómez Arcos rescata esa memoria de muchos de esos vencidos que aún yacen por las cunetas y nos propone un peregrinaje a través de unos territorios devastados por los que se arrastra una anciana en busca de un hijo y de su propio yo que la guerra y los vencedores le han arrebatado. Un retrato poderoso de mujer y una novela inolvidable.


Pero antes de continuar dejadme explicar quién es Agustín Gómez Arcos y cual es su lugar en la literatura española del pasado siglo. Él es un ejemplo claro del escritor español que ha vivido dos exilios: el físico y el literario. En los años sesenta tuvo que exilarse a Londres y más tarde a París en vista de que sus obras ─sobre todo de teatro─, a pesar de haber ganado los más prestigiosos premios teatrales del país, eran una tras otra tumbadas por la censura. Nacido en Enix, un pueblo de Almería, en 1933 y en el seno de familia republicana, sufrió toda la represión franquista de la posguerra en propias carnes. Estudió bachillerato en Almería y al terminar en 1953, se trasladó a Barcelona con una beca para cursar Derecho. Tres años después optó por trasladarse a Madrid para dedicarse a su gran pasión: el teatro. Pero se topó con una pared infranqueable. Entonces decidió salir fuera.

Agustín lo cuenta mucho mejor: “Desde que fui pastor de cabras, en un pequeño pueblo de Almería, hasta ser considerado como un escritor francés, pasando por mis etapas como cocinero o friega platos o como contable en un local público de París pasaron muchas cosas. No respondían esas actividades a mi afán por construirme una biografía o a mi deseo de aventura, sino que simplemente esas dedicaciones me servían para vivir. No me divertía nada de eso, como no me divirtió marcharme de España ni enmudecer como escritor durante nueve años para aprender otra lengua”.

Como Fernando Arrabal, Jorge Semprún o Michel del Castillo, Gómez Arcos se vio obligado a abandonar su lengua de origen para “escribir sobre la angustia de esa separación, reinventándose en la lengua en la que esta se desarrolla”, según palabras de Ripoll Villanueva.

Su carrera narrativa francesa comienza en 1975. Un año antes, el editor de Stock, tras ver Et si on aboyait en el Café-Théâtre de l’Odéon, le propone escribir novela en francés. Él se lo piensa y después de una estancia en Atenas de varios meses vuelve a Paris con L'agneu carnivore (El cordero carnívoro) bajo el brazo, obteniendo el premio Hermès de 1975. Un gran éxito de crítica y público le animan a seguir escribiendo en francés y así en 1976 publica Maria República y en el 1977, Ana no, que gana los premios Thyde Monnier y Roland Dorgelès, con la que se cierra la llamada trilogía de la posguerra. En total publicó catorce novelas, todas en francés y fue finalista dos veces al premio Goncourt, el máximo premio de las letras galas.

Hasta 2007 sólo se podían leer en castellano dos de sus obras ─ nunca quiso ceder los derechos de traducción, que se guardó para sí mismo hasta su muerte en 1998─. Una fue L'Auveglon (Marruecos), la otra y Un oiseau brulé vif (Un pájaro quemado vivo) de las que él mismo realizó su “versión” en castellano porque se trata más de eso que una traducción propiamente dicha. En el citado 2007, gracias a la presión ejercida sobre la familia para la cesión de derechos de autor por parte de Miguel Lázaro de Cabaret Voltaire, aparecen L'Enfant pain (El niño pan) y El cordero carnívoro; y este año, Ana no.


Esta novela trata del viaje iniciático de una mujer de setenta y cinco años, Ana Paucha ─ ella misma se denomina Ana no, porque la vida y las circunstancias la han convertido en una negación viviente─ en busca del único hijo que le quedó vivo tras la guerra. Los dos mayores y el marido murieron en ella. Está preso hace treinta años en un penal del norte y hacia allí se dirige la mujer desde la costa de Almería con un pan hecho de aceite, almendras y azúcar envuelto en un hatillo siguiendo las vías del tren en un peregrinaje sostenido por el Amor con mayúscula, la esperanza y el optimismo, porque de otro modo no sería posible realizarlo. Hace tiempo que ya olvidó a Dios, él lo había hecho mucho antes con su persona, y lo único que busca es reencontrarse a sí misma, a su hijo y a la muerte que intuye la está esperando en algún lugar lejos de su casa.

La prosa de Gómez Arcos no pierde un ápice de su fuerza revulsiva durante toda la novela, tejiendo con sabiduría los mimbres que le ofrece su dualidad cultural hispano francesa fusionando forma y contenido de manera admirable. Frente a la inclinación general a borrar la memoria, Ana esgrime su lucha personal contra el olvido aunque sea consciente que al final, ella como su marido y sus hijos, como media España en definitiva, terminará en una fosa común y olvidada.

Novela y autor de obligada lectura para todos aquellos que de verdad quieran conocer la vida y obra de un auténtico fenómeno literario al otro lado de los Pirineos, de quien, en palabras de Haro Tecglenfue “español en Francia, y siempre extranjero en su patria”.




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