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Evaristo Aguirre

Madurez y realismo

Nick Cave ya es un tipo mayor, a sus 53 años. Sigue haciendo buena –incluso muy buena– música y ha debido de seguir escribiendo literatura todo este tiempo, si bien La muerte de Bunny Munro fue, hace poco más de un año, su primera novela publicada desde su debú, a finales de los ochenta, con Y el asno vio al ángel. En lo musical, Cave se ha acercado a una actitud y una obra muy rockeras (su proyecto Grinderman es una buena demostración), sin perder su sello, agresivo e inconformista. En lo literario, aquel ambiente alucinado, cargado de oscuridad cinematográfica y de referencias estéticas y espirituales, de aquella novela ha dado paso a un cierto realismo, a una historia y unos personajes más cercanos; raros, muy raros, pero a quienes podríamos esperar encontrarnos.


Compré la novela de Cave en cuanto llegó a las librerías; en España la ha publicado Global Rythm, con traducción de Miquel Izquierdo… pero me gusta más la portada de la edición original; no sé, juzguen ustedes. De todas formas, el contenido es el contenido.



El caso es que la compré en septiembre de 2009, pero no me decidí a ponerme con ella hasta este verano. A veces, no es malo dejar reposar un libro; en medio del pasado invierno leí los dos primeros capítulos y lo abandoné por otras lecturas, pero cuando lo empecé por segunda vez, no lo solté hasta el final.

En Brighton, Bunny Munro es un vendedor a domicilio de productos de belleza, está obsesionado con el sexo, con una fijación especial en las vaginas. Su mujer anda un poco tocada de la cabeza (en buena parte por culpa del tarambana de Bunny) y se suicida, por lo que el fulano tiene que hacerse cargo de su hijo de trece años. La novela relata los dos o tres días en los que esta pareja anda por ahí, hasta la muerte de Bunny (no desvelo nada, pues desde el título la cosa queda clara).

¿Dónde está el realismo? Pues en que todo lo que ocurre sobre el papel puede ocurrir ahora mismo en la casa de al lado, pero también en que Nick Cave ha encontrado un envoltorio verosímil y casi cotidiano para desgranar algunas de sus obsesiones, o preocupaciones, porque Cave, desde hace años, es un padre de familia, con un trabajo diferente, con unas maneras y unas ideas distintas, seguro, a la de la mayor parte de padres de los amigos o compañeros de sus hijos, que serán personas que se obsesionen con la religión, que tengan pulsiones sexuales poco ordinarias o que se muevan con un punto de vista oscuro de la existencia, pero ellos, la mayoría, no proyectan esas ideas en su trabajo –creativo y público, además– como hace Cave, y parece que a la relación con los hijos le ha dado algunas vueltas y ha reflexionado sobre cómo casa la rareza extrema de uno con la presencia de unas personas dependientes de ese uno. Bueno, a lo peor no hay un punto de partida tan claro en la intención literaria de Cave, pero así lo he visto a medida que leía un texto aparentemente sencillo pero cuajado de contenido, un texto con distorsiones, como las guitarras de sus discos. Me cautivó, en su momento, la primera novela, pero en esta he visto a un Nick Cave maduro que me ha gustado. (Mientras escribía, he escuchado su primer disco con The Bad Seeds, From Her To Eternity, de 1984, y la última entrega de Grinderman, de hace unos meses, y esto que he intentado contarles aquí suena clarísimo).

eaguirre@divertinajes.com




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