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Viajar al óleo

Armando Cerra

Monet y las luces de Londres

Posiblemente el pintor que mejor ha inmortalizado Londres haya sido Claude Monet con su serie de óleos sobre el Parlamento de principios del siglo XX. No obstante, el cuadro que aquí se reproduce pertenece a un momento anterior, prácticamente a treinta años antes, cuando en 1871 Monet emigró de Francia huyendo de la guerra franco-prusiana.


El Támesis y el Parlamento

En realidad es una obra anterior a la irrupción del movimiento impresionista como tal, que surgiría pocos años después, cuando él ya había vuelto a Francia. Sin embargo, en este óleo conservado en la National Gallery londinense, se descubren algunas de las constantes de lo que sería su pintura posterior.

Aparece su pincelada corta y lo suficientemente rápida como para captar los efectos lumínicos del momento. Cada empaste de pintura pretende representar la luz del instante. No le preocupaba tanto definir el Parlamento o el puente de Westminster como diluirlos en la atmósfera que ven sus ojos al enfrentarse a ese paisaje.

Porque esa era la técnica de Monet, plantar su caballete, sacar su paleta y pintar al aire libre. Es decir, Londres no era el mejor lugar para su arte y sus ideas, al tratarse de una urbe de luz apagada, de hecho todos identificamos el clima londinense con dos efectos atmosféricos ajenos a la vitalidad de la pintura de Monet: lluvia y niebla.


Foto: Mónica Grimal

Aún así, rara vez las brumas de la capital británica irradian el encanto que les aportó el artista francés. Y pocos como él han captado la esencia del símbolo por excelencia de Londres: la Torre del Reloj, en cuyo interior suena el Big Ben, con una sonoridad que parece sobrecoger aún más el ambiente húmedo de la ciudad.

Mientras unas figuras abocetadas esperan en el embarcadero la llegada de las barcazas que navegan por el Támesis. No hay más que eso: cielo, agua, niebla que desdibuja los monumentos. Nada de sol ni de la luz brillante con la que se identificaba Monet. Tal vez por eso, una vez acabada la guerra entre Francia y Prusia, se fue de Londres.

Si volviera hoy, se reencontraría con esos mismos edificios e idénticas brumas sobre el río, pero también hallaría luz, mucha luz, muchos neones, carteles, focos, norias, puentes iluminados... Posiblemente ya no saldría de buena mañana cargado con su caballete, su paleta y sus pinceles. No madrugaría, saldría de noche y se habría comprado una cámara de fotos para captar los efectos de Londres, y sería él quién volviera luego impresionado por la luz de la City.




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