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El pizarrín

Javier Goñi

(Ex)Fumando espero (1ª parte)


James Barrie

Déjenme que les diga que las circunstancias en las que dejé de fumar fueron las siguientes. Aunque las mías no interesan, acaso sí las que le llevaron a dejarlo a James M. Barrie, el de Peter Pan, que lo describe con detalle en Lady Nicotina, un curioso texto que comienza exactamente con estas palabras, “las circunstancias en las que dejé de fumar fueron las siguientes”, y luego, el resto; léanlo, merece la pena. El relato de Barrie, junto a otro escrito, Del placer y del vicio de fumar, del italiano Italo Svevo, que se llamaba, como todo el mundo sabe, Ettore Schmitz, forman una sugerente edición, un libro muy estimulante, que ha publicado, reuniéndolos, una pequeña editorial de bonito nombre, Capitán Swing Libros, de Madrid, con un estupendo prólogo de Jesús Marchamalo, sobre lo mucho que se ha fumado en la literatura.

O que se fumaba, en la literatura, en los bares, en los trabajos, que la línea de humo de las ministras de Sanidad es continua y constante, y te gustarán, o no, las ministras, de Sanidad o no, pero menos te gustan esos alcaldes de Valladolid que se retratan en lo que son, porque representan a quienes representan, mal les pese a los representantes, y a los representados. A algunos, que no son todos, por supuesto.


Según Forges

Yo dejé de fumar un lunes, 8 de marzo, día de la Mujer Trabajadora –simple casualidad, y tú estabas trabajando, tú-, y asistí a una conferencia de un especialista británico que ofreció una fría y estremecedora estadística sobre la incidencia del tabaco en los médicos británicos; las cifras, las suyas, eran demoledoras, y tú eras tú –sabes tú quién eras tú-, y andabas por ahí. Y ese día, lunes, 8 de marzo de 1999, dejé de fumar. Por qué. No lo sé. Lo hice, y hasta hoy.


Paul Auster

Ya lo había hecho –dejar de fumar- cuando vi en los Alphaville de detrás de Princesa, aquí (en Madrid), la película Smoke, del chino Wayne Wang, con guión de Paul Auster, el estanquero de Brooklyn era Harvey Keitel –espléndido, como siempre-. Luego Paul Auster reunió los dos guiones, éste y el que no es su continuación, Blue in the Face, en un solo volumen traducido por Maribel de Juan que su editor español habitual, Jorge Herralde publicó en 1995 en su catálogo de Anagrama.


Cabrera Infante

Por entonces yo sabía que existía un libro en inglés de Guillermo Cabrera Infante, Holy Smoke, pero que no conocía todavía: decía la leyenda que por muchos esfuerzos que se hacían no acababa de conseguirse –no me pregunten por qué- una versión idónea. Por fin, en 2000 Alfaguara acogió la versión del propio Cabrera Infante y del español Iñigo García Ureta, y se puso a la venta con el título de Puro humo. Como el propio Cabrera se apresuraba a confesar su tan traído y llevado Puro humo o Holy Smoke era varias cosas a la vez, una historia del tabaco, sí, él, el cubano anticastrista que tan cubano fue hasta el final, hasta la vitola, querido Cabrera Infante, y también un repaso por el tabaco en el cine, en el cine norteamericano, básicamente, del que todo lo sabía, G. Cabrera Infante, G. Caín, para la crítica del cine del siglo XX.

Tal vez el cubano Cabrera Infante podría decir –ninguno de los dos están ya para enzarzarse en una discusión, los dos fueron dos excelentes escritores, cada uno a su modo y estilo, y los recordamos en nuestra biblioteca, tribuna preferente- como el peruano Julio Ramón Ribeyro, uno de los más grandes autores de cuentos de ese continente, que “sin haber sido un fumador precoz, a partir de cierto momento mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos”. Lo podría haber dicho Cabrera Infante, lo dijo Ribeyro; lo podría haber escrito el cubano, lo escribió el peruano. Es la primera frase de un célebre relato –toda una declaración de principios, como la de Barrie o la de Svevo-, Sólo para fumadores, con el que la pequeña y brava editorial palentina, de P de Palencia, no de V de Valencia, MenosCuarto, inició hace más de un año una excelente, elegante y exquisita colección, que cabe en el bolsillo de la americana o en el bolso de una atractiva mujer como una pitillera o una purera, con el título de “Entretanto”.


Julio Ramón Ribeyro

Se inició, pues, con este Sólo para fumadores, que se recoge desde luego en La palabra del mudo, una excelente caja de puros de primera, que contiene un centenar largo de relatos de Ribeyro, y que Seix Barral nos obsequió –a los lectores de Ribeyro, que no somos todos los que deberían ser: en esto uno al menos cumple, y desde hace muchos años, desde que lo descubrí con sus Prosas apátridas, en Tusquets- esta primavera pasada (casi todos los cuentos ya estaban, por cierto, en una recopilación de Alfaguara desde hace unos años, pero el ejemplar se amarilleó pronto y envejeció mal: la calidad del contenido, es de Ribeyro, la del continente por esta década es de Seix Barral).

Como uno es de lecturas atravesadas y. acaso, apresuradas, este Lady Nicotina me ha llegado cuando estaba comenzando a leer El tiempo de la desmesura. Historias insólitas del cine y la guerra civil española (Barral&Barral), del profesor Juan A. Ríos Carratalá, donde se analizan de forma pormenorizada dos películas, una anarquista, Carne de fieras, una interesantísima cinta que se estaba rodando en Madrid aquel 18 de julio, y una falangista, purísima (tanto que fue prohibida por inoportuna), Rojo y negro (1942), de Carlos Arévalo. La primera la pillé hace años en La 2 de TVE en video –y me la pasaron a DVD- y la falangista –espléndida- venía de regalo con el libro de Vicente Sánchez-Biosca, Cine y guerra civil española del mito a la memoria (Alianza Editorial, 2006), con un atento –como siempre- prólogo del Maestro José-Carlos Mainer. Me emplazo, en semanas venideras, a ocuparme del libro del profesor  Ríos Carratalá y de estas dos películas. Quizás.


José Luis Garci

En la primavera de 2003, José Luis Garci, en colaboración con Juan Cobos, un modesto gran conocedor del cine español, y al que cuando le dabas la mano –tuve la satisfacción de considerarlo amigo- siempre recordaba que había tratado a Orson Welles y había sido su ayudante de dirección en Campanadas a medianoche, sacaban, digo, Garci y Cobos, una extraordinaria revista para locos por el cine, Níkel Odeon, una publicación trimestral que preparaba fabulosos números monográficos. El de aquella primavera de 2003 llevaba por título, Cine y humo. Y yo propuse, para colaborar en ese sumario, un tema que por entonces por curiosidad me atraía mucho y al que le dediqué muchas horas de videos. Se trataba de analizar –inevitablemente de forma superficial- las distintas maneras que los actores tenían de fumar o de coger el cigarrillo en el cine español de posguerra, según si se fuese rojo y miliciano o –sin más, no se necesita decir más- si se era Alfonso Mayo.

            Si me permiten me voy a copiar una parte de aquel trabajo, y que se consuma así el resto del cigarrillo. Y si les parece dejamos parte de la cajetilla para (ex)fumárnosla en una segunda entrega.

            Aquello mío se titulaba Pitillos para después de una guerra.
            Y decía yo entonces y digo ahora en esta primera parte algo así como…


Entran las primeras tropas victoriosas en Madrid…, ese oficial de botas hasta las rodillas, que se ve en Canciones para después de una guerra (Basilio Martín Patino, 1971; aunque se estrenó en 1976 en el madrileño cine de Conde Duque), y también al final de Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1941, o su versión “suavizada”, a las puertas de la llegada de los americanos, Espíritu de una raza, 1950: las dos en un estupendo DVD de la Filmoteca), y se oye la voz chulesca de la Celia Gámez, “…ya hemos pasao, ya estamos en la Cava…”, y canta después Miguel Molina, con desgarro (autobiográfico, acaso), La Bien Pagá, y jóvenes voluntarias, niñas-bien del Madrid-fetén, como la Carmen, de Sin Novedad en el Alcázar (del italiano Augusto Genina, 1940), o Marisa, la marquesita de El Santuario no se rinde (Arturo Ruiz Castillo, 1949), o Marisol, la enamorada de José Churruca en Raza…, todas ellas hacen envoltorios para los necesitados, con cosas básicas, entre estas cosas paquetes de tabaco, y tabaco se les reparte, en esas consoladoras visitas de los ángeles custodios, enfermeras voluntarias, madrinas de guerra, a los heridos, alféreces provisionales, caídos pordiosyporespaña.

“…Ya hemos pasao…”, grita la Gámez, y los vencedores empiezan a divertirse, y mientras suena en la película documental de Patino el “…que se mueran los feos…”, un payaso (triste) de cara harinada (quién sabe si su tristeza le viene de que se sabe rojo, lo es, lo ha sido, al que la necesidad de sobrevivir le han desteñido o disimulado las convicciones) hace aparecer y desaparecer en la boca el cigarrillo en su conseguido número de variedades, muy aplaudido. Ese cigarrillo, para su trabajo, para su número, que a lo mejor lo ha adquirido en la calle, de camino al teatro, a la sala de fiestas, a esas voceadoras a media voz, especuladoras de la miseria nacional: “… cajetillas, hay tabaco…, hay pan blanco…”

Y añaden las voceadoras en la acera de la Gran Vía, cerca de Pasapoga o por donde Callao, la audacia, la malicia con sabañones, con frío de posguerra, con deseos mal reprimidos: “… Lo tengo rubio…”. El tabaco. Y el tabaco se llama Ideales, que ya es ponerle sarcasmo a la cosa, y salen algunos –muchos, pocos, según- de la cárcel y llevan agarrados en cada mano a un hijo y, claro, en el boca el pitillo, el primero, el de la libertad… Imágenes del documental de Patino –todo Patino o casi en DVD- y suena de pronto, con estas imágenes de la salida de la cárcel, o con otras, tanto da, esa pegadiza y sarcástica canción: “Total… para qué… te vas a preocupar”. Musiquilla de la época. Aquella. Atroz.


Y la cámara da un salto (casi mortal) hacia atrás, estamos en Baler, en la costa oriental de Luzón, en 1898, y Tala, esa bellísima filipina, canta una popularísima canción, “…me faltan tus besos, me falta tu despertar…”, rodeada ella, en el cafetín del pueblo, por una densa humareda, por la que hay que abrirse pasos a machetazos, y Fernando Rey y Carlos Muñoz, entre otros muchos soldaditos españoles, son, claro, Los últimos de Filipinas (Antonio Román, 1945), y miran arrebolados a la bella Tala entre la niebla del tabaco. “… Me faltan tus besos, me falta tu despertar…”. La cancioncilla, pegadiza, sube por los patios vecinales, abiertas las ventanas por las mañanas mientras se limpian las viviendas o, si hace bueno, al atardecer mientras se baten huevos para las tortillas de la cena de los niños o chisporrotea el aceite de la pescadilla que se muerde la cola de los señores. A las diez el parte de Radio Nacional.

Se fuma mucho en las películas de posguerra. Se echa un pitillo tras la escaramuza con los insurrectos tagalos, en la paz provisional, y el oficial, confiado, alerta, pasea con el cigarrillo en una mano, la otra en el bolsillo (es imagen habitual de elegante oficial fumador). Los tagalos que los tienen asediados en una iglesia, a los bravos últimos de Filipinas, les envían –como gesto de provocación o para minarles la alta moral que siempre es alta en un soldadito español- un atado de cigarros, para que se los repartan. El numantino capitán, con los galones bien puestos y con la raya de la hombría bien planchada, rechaza el ofrecimiento, y deja a la tropa española sin echar humo. En el pueblo, mientras, en el cafetín donde resuena todavía la canción de Tala, los insurrectos fuman con mirada torva y amenazadora.
           
Fuman como milicianos.

Y es que se fuma de muy diferente modo, en esos tiempos, en aquellas películas. El que mejor fumaba entonces era, sin duda, Alfredo Mayo.


Mayo es don Luis, el notario moderadamente izquierdista y republicano del pueblo cercano al Santuario de la Virgen de la Cabeza (El Santuario no se rinde, de Arturo Ruiz Castillo, 1949). Don Luis encontrará luego su sitio, entre su gente, entre su clase. Ya se nota la mudanza cuando interviene para evitar que la chusma –campesinos y milicianos- ocupe una finca de un señor marqués que vive en Madrid, sin ninguna duda. Los de la chusma fuman todos y llevan la colilla en la boca, y así se les refuerza –en la iconografía de la época- el aspecto patibulario y amenazador. Y días después entran en El Romeral, la finca de Marisa, todos con la colilla en la boca.

Qué diferencia con la guardia civil caminera que fuma con parsimonia, como mandan las ordenanzas, o como fuma Alfredo Mayo, el notario, con una mano en el bolsillo del pantalón y con la otra sujeta elegantemente el cigarrillo (Alfredo Mayo, que uno sepa, sólo aparece con una colilla en la boca, y visiblemente borracho, en ¡A mí la legión!, de Juan de Orduña, 1942: el desaliño estaba justificado por exigencias del guión). Y comienza el asedio, el Santuario no se rinde, y el oficial eleva la moral de sus guardias prometiéndoles, a la hora del rancho, tabaco, “un hermoso pitillo como éste”, les seduce dejándoles el humo para que lo paladeen en anticipado placer.


Alfredo Mayo fuma como el apuesto y heroico capitán fuma en la estación de Toledo, permitiéndose, con varonil arrogancia, ser examinado por Carmen, la todavía egoísta niña bien madrileña, que acabará de enfermera-ángel de la guarda en los días del asedio al Alcázar (Sin novedad en el Alcázar, de Augusto Genina, 1940). Fuma aquel capitán, fuma Alfredo Mayo, fuma aquel oficial de la guardia civil, fuma aquel joven inspector de policía (Apartado de Correos 1001, de Julio Salvador, 1950: qué gran película), fuman todos como hay que fumar en la España una, grande y libre. Nada que ver con cómo fuman los milicianos –como tagalos, ya decía-, antes de fusilar a un militar, de los del Alcázar, que ha intentado cruzar las líneas enemigas disfrazado de miliciano y es reconocido por uno de ellos, antiguo compañero de armas. También Alfredo Mayo, en Raza, se disfraza de miliciano por ver si puede traspasar el asediado y madrileño Cuartel de la Montaña y llevarle una carta a Fanjul, pero es herido como miliciano y, descubierto por la carta, (mal)fusilado como faccioso. Es (mal) fusilado, a lo Sánchez Mazas, y salvará la vida, en el guión de Jaime de Andrade (Franco, Franco, Franco), gracias al desvelo de Marisol, que le quiere en recatado silencio.

Pero volvamos al asediado Alcázar. Se establece una tregua de una hora, un militar republicano intenta negociar con Moscardó y sus oficiales, mientras soldados y guardias, de uno y otro lado, confraternizan fumando: los milicianos ofrecen tabaco (“tenemos en abundancia”, observan con naturalidad). Pero desde la trinchera de fuera, un miliciano con colilla en la boca –así se subraya la catadura moral y la procedencia barriobajera, se supone, del rojo- mata a un oficial nacional, que se había asomado imprudentemente, y se rompe la confraternización bruscamente.

En la legión también se fuma mucho, pero para eso habrá que esperar.

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