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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Agustí Villaronga


Yo por Agustí Villaronga ─bueno no con él, obviamente, sino con su forma de entender el cine ─ siempre he mantenido una querencia absoluta. Desde aquella primera película magistral, por muchos conceptos, Tras el Cristal (1987) ─revisada anoche mismo y cuya monstruosa recreación de la violencia física y psicológica sin anestesia haría enrojecer de envidia al sobrevalorado y tedioso Hanecke, con cuyo cine, sin embargo, comparte algunos puntos de contacto─ hasta Pan Negro, recién estrenada, la carrera desigual pero siempre personalísima y fuera de foco de Villaronga nunca ha sido desgraciadamente valorada ─y eso que se ha perdido─ por el gran público, ni tampoco por una parte de la crítica que salvo excepciones ha tachado su obra de esteticista y casi siempre fallida. Cosas que pasan en este país de gente con anteojos de culo de botella.

Que Pan negro, basado en los relatos Pa Negre y Retrat d’un assassí d´ocells de Emili Teixidor, fue la mejor película del último Festival de San Sebastián, no lo debió dudar ni el propio jurado aunque sólo le otorgara el premio a la mejor interpretación femenina ─la verdad es que todos sus intérpretes del primero al último se la merecían por igual─. Que visto lo visto , y lo que queda por estrenar yo la considero, además, la mejor película española del año excepción hecha de Balada triste de trompeta de Alex de la Iglesia, que anda por similares parámetros de calidad, no lo dudo un momento.

Partiendo de un material literario de enorme calidad, ya desde la secuencia inicial ─como ya pasaba en la ya citada Tras el cristal─, Villaronga introduce al espectador en su tenebroso imaginario particular para ofrecernos otra mirada brutal sobre nuestra posguerra vista a través de los ojos de un niño de padres republicanos. Sin maniqueísmos que valgan, y que tantas veces arruinan las buenas intenciones de otras películas sobre el mismo tema, aquí rojos y nacionales, adultos y niños son igualmente malignos, supervivientes de un mundo devastado por el odio irracional y sin sentido ni sentimientos de una guerra próxima. Ello les lleva a comportamientos extremos de una perversidad e intensidad que rara vez se ven en la pantalla. No se trata únicamente de sobrevivir, sino de destruir al adversario: un mundo en el que hay lugar para los “otros” es un lugar peligroso, y ambos necesitan que esta fuerza destructiva y aniquiladora sea reconocida por el contrario.

Al igual que sucedía en El Mar (2000), el retrato inmisericorde la barbarie que rodea a los protagonistas lo logra Villaronga ejerciendo sobre sus actores un control férreo sacando de ellos todo su potencial, y como en aquella, su puesta en escena y ambientación destilan verismo en cada encuadre.

No es una película fácil, afortunadamente, y a veces resulta muy arriesgada, aunque está contada de una forma absolutamente clásica; pero esta es la marca de agua que distingue toda la obra de este realizador atípico y siempre perturbador del que yo siempre espero lo mejor. Y estoy convencido que un día me lo ofrecerá. Talento le sobra.




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