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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Lima: Miraflores y Barranco

 OTROS DESTINOS

En la capital peruana se comenta que las autoridades están tratando de convertir Lima en un destino turístico per se. Yo diría que ya lo es. Incluso si los aturullados turistas siguen pasando de largo obnubilados por la magia de Machu Picchu (no me resisto a contaros aquel chiste que en el 75 -del siglo pasado- circulaba por el colegio y nos parecía el colmo del ingenio y la osadía: «¿Qué tiene en común Sofía Loren, Perú y Carmen Polo de Franco? El muchu pechu, el machu picchu y el machu pochu»).


Lima desde nuestra suite en Casa Andina Private Collection Miraflores

Miraflores

Cuando comenté a algunos amigos que habían estado en Perú que iba a pasar unos cuantos días en Lima no entendía que todos me recomendaran quedarme en el barrio de Miraflores. Una vez allí comprendí que era la mejor elección. Es la zona del buen comercio, los grandes restaurantes y el ambiente nocturno. Es lo más parecido a nuestras ciudades. Es el área que inspira mayor seguridad.

Nos alojamos en el que fuera el primer hotel limeño de 5 estrellas, hoy Casa Andina Private Collection Miraflores, cuya excelente ubicación nos permitió pasear (a pie), tanto de día como de noche, hasta algunos de los sitios que queríamos visitar: por ejemplo, todos los que describo a continuación.


Huaca Pucllana

Restaurante Astrid&Gaston. El encargado de información turística de nuestro Hotel nos advirtió de que, en principio, sin reserva, no podríamos cenar hasta pasadas las once, a no ser que tuviéramos la suerte de conseguir mesa en el bar. Y la conseguimos. Y cenamos un buen ceviche y un memorable mero glaseado en jugo de carrillera. Con nuestros respectivos piscos, claro.

Restaurante Huaca Pucllana. Reservamos con tiempo, para cenar a la vuelta de nuestra gira por tierras incas. El plan era visitar el yacimiento arqueológico que da nombre al restaurante por la tarde y luego quedarnos a cenar, pero un retraso en el vuelo que nos traía de Cuzco lo impidió. Impidió la visita vespertina, que no la cena. Y ciertamente, no nos hubiéramos perdido gran cosa. Al yacimiento, que calificaré de curioso (es una acumulación de bloques de adobe de dudosa interpretación) volvimos al día siguiente.


Larcomar

También a pie desde nuestro hogar limeño nos acercamos en varias ocasiones al moderno centro comercial y de ocio Larcomar, así llamado porque se asoma al mar al final de la Avenida Larco. La primera para contemplar el Pacífico, la segunda para comprar algún que otro regalo, la tercera para comer a toda prisa antes de salir hacia el aeropuerto. Es un sitio interesante, aunque menos de lo que podría serlo. Sus galerías, integradas en la pared del acantilado, albergan tiendas de moda y regalos, y sus terrazas, a un centenar  y medio de metros sobre la carretera que avanza pegada a la arena de la playa, dan cabida a restaurantes y cafés demasiado convencionales. Habíamos oído que estaba abierto 24 horas sobre 24, pero a las diez de la mañana apenas encontramos un local abierto que nos sirviera un café y de las tiendas, ni siquiera todos los escaparates al descubierto. En cualquier caso es un buen lugar para descansar un rato y dejarse sobrevolar por arriesgados parapentistas.

Mucho más divertido resultó el concierto y baile popular del Parque Kennedy  del que fuimos únicamente público, porque así lo quisimos. Allí, cada tarde-noche de viernes y sábado se reúnen limeños de toda edad y condición para cantar y danzar, ya sea en solos o en grupo.


Parque Kennedy

Y aunque el paseo tal vez no sea para todas las piernas ni todas las mentes, desde Larcomar fuimos en taxi a Barranco, pero desde Barranco regresamos andando hasta el Hotel. Volvimos siguiendo, en la medida de lo posible, la orilla del acantilado, la orilla del mar. Y así descubrimos el lugar donde querríamos vivir de afincarnos en Lima: cualquiera de los edificios de cristal separados del océano por primorosos jardines. Cualquier piso, por ejemplo, del Paseo Vargas Llosa.

Barranco

Barranco más que un barrio parece un pequeño pueblo residencial, el lugar al que los adinerados limeños debían ir en tiempos a veranear. Enormes casas señoriales rebosantes de madera comparten calle con modernos chalets de cristal y hormigón, cuidados jardines se codean con abandonados patios que lucen carteles de “se vende”.

Tiene barranco el Puente de los suspiros, que cruza por lo alto la coqueta cuesta plagada de restaurantes que… diríase…  nos llevará al mar. Y al mar baja. Pero todo su encanto se rompe cuando el camino llega al final del acantilado, allí se convierte en un mirador-basurero desagradable y sin interés.


Puente de los suspiros


Imposible irse de Barranco sin recordar a una de sus ilustres vecinas: la gran Chabuca Granda (y su Flor de la canela) a la que se homenajea a la salida del Puente de los suspiros camino de la plaza “del pueblo”.

No entramos a la Iglesia porque estaba cerrada; tampoco estaba abierto (aunque no encontramos razón para que estuviera cerrado) el Museo Galería Arte Popular de Ayacucho. Y en lugar de visitar el Museo Pedro de Osma decidimos curiosear en la biblioteca municipal y sus carteles educativos.

No me olvido del Centro histórico, no, ni del Barrio chino, me pasearé por ellos en la próxima entrega.

 

Diría que todas las fotos las hizo Eva Orúe. 

OTROS DESTINOS

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Lima: Miraflores y Barranco
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Cañón del Colca
Puno y el Lago Titicaca
Amantaní
Taquile
Puno-Cuzco (I)
Puno-Cuzco (II)
El valle sagrado de los incas
La Plaza de Armas de Cuzco
Más Cuzco
Por fin... Machu Picchu




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