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El pizarrín

Javier Goñi

Las flores, una a una

Recuperamos el texto que el 20 de octubre de 2010 Javier Goñi dedicó al recientemente fallecido Carlos Pujol, un señor de la literatura.

Déjenme que les diga que es un escritor discreto que no es exactamente lo mismo que un discreto escritor, que igual asiste, el otro viernes, con cara de jugador de póker y con naturalidad extrema a la apertura del sobre-sorpresa del ganador del Planeta, del que es miembro del jurado desde tiempo inmemorial, que traduce a Francis Jammes o a John Donne, o reúne, estos días, en una hermosa edición en La Veleta (2010, Granada), la colección que dirige Andrés Trapiello, sus estupendos paseos por el callejero del tiempo pasado en Barcelona y sus vidas. Es un señor de la literatura. Es Carlos Pujol.


Carlos Pujol

Hace muchos años –pongamos que quince- había enfrente de mi casa una pequeña tienda de objetos religiosos, no mayor que una covachuela de zapatero remendón, y en el exiguo escaparate acumulaba polvo –lo sacudió la amable beata que me lo alcanzó para que lo ojeara- un librito que me llamó la atención, por el nombre del autor y por el de alguno de esos conversos. El librito se titulaba Siete escritores conversos (Ed. Palabra, 1994), algunos de los conversos que me interesaban eran Chesterton y Evelyn Waugh. El autor, Carlos Pujol. La pequeña tienda de objetos religiosos cerró al poco tiempo, luego abrió ocupando el escaso espacio una avanzadilla de barrio de la Iglesia de la Cienciología, después un minúsculo herbolario y el pasado lunes, al anochecer, me asomé al balcón de mi casa y no reconocí, enfrente, el mutante espacio comercial. No sé.

El libro, en cambio, está aquí, a mano. Es un libro, acaso menor en su amplia y rica bibliografía, pero está lleno –como lo están todos los de Pujol- de sencilleces y saberes, es un libro de tipografía modesta, la portada fea, pero encierra mucha sabiduría, muy grata lectura: me limité, en su día, a los dos ingleses orondos, conservadores y excelentes escritores, los citados en el párrafo anterior; comencé con Léon Bloy, pero me interesó menos. Me sigue llamando la atención la contracubierta –no sé si, como ocurre, la escribió el propio Pujol-, pues creo que tiene algo, se sea creyente, o no, o mediopensionista. Ese inicio: “Siete historias, siete vidas reales impregnadas de literatura, que sufren un zarandeo de Dios, que en circunstancias muy distintas y con peculiaridades muy suyas dan oídos a una llamada misteriosa inaudible para otros. Cada caso es un mundo porque Dios, a diferencia de los novelistas, no se repite jamás: hace las flores una a una, según dice Chesterton”.


Chesterton

         El zarandeo de Dios.
         Dios no se repite jamás.
         Hace las flores una a una.
         Chesterton.

Sea cierto o no, qué hermosas palabras. Confío en que no se moleste Pujol porque me sirva de este símil, pues no podría ser más acertado. Pujol, como Dios las flores, hace sus libros uno a uno, con oficio artesanal que enmascara su saber monacal, y se nota que le salen así, los libros.

Estoy comenzando a disfrutar con el libro de La Veleta, que recibí el otro día: medio centenar leídas ya de viñetas de antaño, me quedan muchas todavía, por su Barcelona natal, una y plural, tan alejada del nacionalismo empobrecedor, un libro que en mi memoria relaciono, ahora, con otro, espléndido, como lo fueron todos los suyos –misceláneas, narraciones fantasiosas, recopilaciones de saberes muy distintos y de utilidades discutibles-, los de aquel escritor –no le importará a Pujol, muy al contrario, que lo meta aquí, con los suyos-, que fue juez comarcal (si no de paz, también) y que se llamó Juan o Joan Perucho. El libro de éste –una delicia-: Los misterios de Barcelona y, en el interior, su coletilla: “…y otras informaciones” (Ed. Taber, 1968), escrito, a su vez, a imitación/homenaje del célebre de Eugenio Sué, el francés: Los misterios de París.


Perucho

Perucho, Pujol: en la alacena de mis aprecios literarios los tengo juntos, apoyándose unos y otros, los peruchos y los pujoles, unos buenos puñados de excelentes lecturas de cada uno de ellos.


James

Carlos Pujol es un perito en saberes, que ha traducido mucho, novelistas y poetas franceses e ingleses, sobre todo. Mucho Balzac, algo de Proust, tiempo ha, y ahora, en estos días, en La Veleta, con sus extraordinarias viñetas de su Barcelona natal, una y plural, sus vidas, sus gentes, sus calles, sus culturas, sus acentos e idiomas; y ahora, en estos días, traduce a Francis Jammes, El luto de las prímulas, en edición bilingüe. Este Jammes, aldeano francés del Bearn, en el sur, al otro lado del Pirineo, es un poeta de la naturaleza, escritor rural, católico converso, que era leído con gusto por Unamuno, lo lee y lo saca de vez en cuando en algunas de las páginas de su diario Trapiello, el editor de La Veleta, y para el que ha preparado con mimo una bonita edición bilingüe Pujol. De pórtico una escasa decena de páginas, pero que, como suele ser costumbre en él, atrapa lectores, los seduce y los estimula. Pujol, que es tantas cosas, es de los críticos que convence.


Donne

Y si no echen mano, si les es posible y les apetece, de su versión bilingüe de Cien poemas, de John Donne (Ed. Pre-Textos, 2003), Donne, el inglés autor de ese verso hecho lugar común por la novela de Hemingway, Por quién doblan las campanas, pero también autor de estos poemas, que tradujo en su momento Pujol, y que contienen, en su opinión razonada en una estupenda introducción, “los versos más bellos e insensatos de toda la poesía inglesa, que ya es decir…”.

Y escribía también Pujol: “A Donne se le puede detestar, pero nunca deja indiferente. Burlón o truculento, como borracho de sus propios logros expresivos, con poses cínicas, muy oportunista cuando le conviene, porque es un adulador sistemático, casi profesional, tan grave y ascético en su visión de Dios. Convincente, patético, verdadero cuando sus alardes ingeniosos no le hacen descarrilar y caer en el absurdo”.

Como se suele decir: cita larga pero necesaria por clarificadora de la manera de encararse con los textos que traduce o analiza Pujol: es un crítico atento, riguroso, fiel, preciso, pero a la vez no renuncia a la seducción, al estímulo. A atraer, y atrae, vaya que sí.

Pero de tanto ocuparse de las obras ajenas, como excelente crítico y traductor que es, Carlos Pujol no descuida su propia obra, sus novelas, sus poemas, sus aforismos o pequeñas reflexiones, que son una delicia. Como novelista es un escritor discreto, que no un discreto escritor –ya me pronuncié en las primeras líneas de este pizarrín. Discreto no lo es por el resultado final, pues sus novelas son excelentes –las sitúe en una pensión inglesa, en el París de la ocupación, en Alemania anno zero, en la Roma renacentista, en la España napoleónica: las últimas en Destino, en Menoscuarto, en Edhasa, y así, las primeras en Trieste, Bruguera, Plaza Janés, Pamiela, y así-, sino que Pujol es un escritor discreto que parece que deja sus libros propios al alcance de unos puñados de lectores –los que tenga, y los que somos, somos: entregados hasta el final, y para siempre- como diciéndoles/diciéndonos: ahí queda esto por si os interesa. Y tanto que nos interesan, querido Carlos Pujol.


Sánchez Ostiz

Y si es narrador discreto, como poeta es casi secreto: permite con humildad sanfranciscana que editoriales amigas le arrebaten suavemente sus libros: Pre-Textos, La Veleta y, hace unos años, no tantos, Pamiela, una estupenda editorial bilingüe, fronteriza, de Pamplona, donde empezaron algunas de las cosas de Miguel Sánchez-Ostiz, sus primeros diarios, aquellas negras provincias de Flaubert, y que ahora vuelve con su última novela, que todavía no he visto, su novela rumana, de la que yo hablaba hace meses aquí, Cornejas de Bucarest. Su amigo A.T., amigo de C. P., no ya de M. S.O. A.T., no mezclemos, le reunió sus Poemas, los de de C.P., no los de M.S.O., que salieron hace tiempo en Pamiela: los de C.P. en La Veleta (2008), no mezclemos.


Baroja

De todos sus libros, breves, pero no menores, modestos, pero no inanes, a mí me gusta uno en especial, uno de reflexiones sobre la Tarea de escribir (así se titula), que apareció en Pamiela, en 1988, y que seguro que está reunidos con otros similares en alguna recopilación posterior. En Tarea de escribir hay un texto breve sobre la creación literaria, en la que Pujol sin afán de enfatizar recordaba lo que decía con cierta chunga, no exenta de convicción, Baroja sobre el oficio de escribir: “Lo importante –escribía el impío Don Pío- es pasar el rato”.

Y sí estupendos ratos hemos pasado –seguimos pasando- siendo lectores suyos, e invito a que lo sea, todo aquel que no se confiese lector suyo. Yo el otro día le quité el sonido a lo del Planeta –con naturalidad literaria en un autor tan exquisito participaba Pujol el viernes 15 en el ceremonial- y seguí, hasta que me dieron las uvas, con Barcelona y sus vidas, de Carlos Pujol. Qué delicia, y todavía sigo.




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