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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Los peculiares “recuerdos” de Thomas Penman


Bruce Robinson publicó Las peculiares memorias de Thomas Pennam, que ahora nos presenta la editorial Cabaret Voltaire en castellano, en 1998. Era su primera novela, ─sería más justo decir su primera incursión en el mundo de la literatura─ porque este inglés nacido en 1946 ya tenía tras de sí una brillante carrera como actor, guionista y realizador cinematográfico. Había actuado bajo la dirección de realizadores de la talla de Zeffirelli en Romeo y Julieta (1968), Ken Russell en The Music Lovers (1970) y François Truffaut en L´Historie d´Adèle H (1975). Como guionista su trabajo más famoso fue el de Killing Fields (1984), por el que obtuvo una nominación al Oscar. Como realizador firmó Withnail and I (1987), uno de los títulos de culto del cine inglés contemporáneo, retrato inmisericorde y caustico de dos perdedores ─actores frustrados y yonquis─ con el telón de fondo del Londres de finales de los sesenta y la campiña inglesa, que recomiendo absolutamente, aunque advierto que puede haber estómagos a los que les cueste digerirla.

No es de extrañar que con estos antecedentes Las peculiares memorias de Thomas Penman no parezca en absoluto una primera novela y es que no lo es en absoluto. Escrita con una fuerza inusual y un admirable dominio de la prosa que hunde sus raíces en el maestro Dickens, Robinson mezcla con absoluta maestría escatología, sexo, muerte y pornografía; pero también vida, amor, esperanza ; todo ello aderezado con un humor negro y vitriólico que distorsiona la realidad como un espejo deformante, para presentar al lector un rito de pasaje ─de tintes autobiográficos─ del paso de la niñez a la adolescencia de Thomas, en el seno de una familia disfuncional en la Inglaterra costera de los años cincuenta que hace parecer a los Simpsons como angelicales miembros de la Familia Trapp.

Tenemos al abuelo, veterano de Primera Guerra Mundial, obsesionado con la pornografía a la que ha dedicado su vida. Fue operador de Morse y ha enseñado a nuestro protagonista a usarlo y a emitir con él a través de una vieja máquina que guarda en un establo anexo a la casa. Y guarda secretos en sus archivos porno que Thomas intenta por todos los medios descubrir. Tenemos también un padre violento y de tendencias fascistoides; repartidor de prensa en la madrugada y que el resto del día lo pasa viendo la tele y sobando los testículos de Maximus, su doberman; para completar el cuadro hay una madre insatisfecha que redecora la casa quitando muebles antiguos de gran valor para cambiarlos por reproducciones en formica. El matrimonio sostiene una guerra sucia y callada entre ellos. En este desolador panorama doméstico que bascula entre la parodia y el horror sólo dos personajes escapan al friqui ambiente familiar: la abuela y la hermana del protagonista. Evidentemente un escenario así no es el mejor sitio de madurar para un muchacho tan peculiar como es el protagonista; así que no es de extrañar los problemas que tiene con la defecación que le hacen pasarlo realmente mal en clase cuando no puede contener sus esfínteres. Y suele pasarle a menudo por lo que se ve obligado, llevado por la vergüenza, a esconder sus manchados calzoncillos en los sitios más inverosímiles de la casa con el fin de que su madre no los encuentre y haga su colada especial de los sábados.

Y, además está el colegio, el otro órgano represor, por antonomasia. Las humillaciones a que se ve sometido por otros alumnos o alumnas serían motivo de risa ─y a veces ésta se escapa entre tanta escatología─ si no fueran tan degradantes para el que lo sufre. Allí ha conocido sin embargo a sus amigos Maurice Potts , hijo de un pastor con el que comparte cigarrillos, secretos y un refugio en el cementerio de la iglesia; y con el que también se dedica a explosionar peces y cangrejos con los petardos que él mismo fabrica, y su adorada Gwendolin Hackett, una nínfula, que a pesar de un desastroso primer encuentro, lo inicia en las artes amatorias. Él, como agradecimiento, le regala uno de sus más preciados tesoros: una primera edición del David Copperfield de Dickens.

Para muchos lectores puede ser una sorpresa constatar la cuidada y vigorosa prosa de Robinson en un autor proveniente del mundo del cine. No es de extrañar: existen grandes guionistas que son excelentes escritores y viceversa, y a poco que rastreen en las páginas de la novela con ojos cinematográficos serán capaces de descubrir en ellas mucho utillaje del medio. Hay varios elaborados planos secuencia ─la aparente muerte del abuelo en el frente es un ejemplo─ resueltos magistralmente; o travellings sin cortes que dejan sin respiración por su perfecta sincronía literaria. Para mí la relectura de la novela bajo este prisma me ha procurado una segunda lectura llena de sorpresas inatendidas y gozosas, pero tal vez esto sólo sea deformación profesional.

El caso es que, posiblemente, ni el mismo Robinson se haya planteado estas distinciones y lo que ocurre es que, simplemente, es un excelente escritor y Las peculiares memorias de Thomas Penman una novela sobresaliente que merece ser leída y disfrutada a partes iguales.




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