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Mil soles, una luna

por Manuel Cortés Blanco


Hubo un tiempo en el que la Tierra tenía miles de soles. El cielo estaba repleto y pese a la hermosura del paisaje, la vida se tornaba inaccesible. Por un lado, nuestro planeta andaba perdido tratando de cuadrar tanto movimiento de traslación; por otro, esos rayos azotaban su superficie convirtiendo en secarrales el menor atisbo de mar. Además, la luz no tomaba un segundo de respiro. Al igual que en los mapas de verano, siempre lucía algún sol.

Dios se percató de tal circunstancia, decidiendo crear la noche. Con ella los soles descansarían y la Tierra quedaría aliviada de tanto y tanto calor.

Para que su oscuridad no fuese prominente, decidió pintarle una luna. Y así nuestro mundo comenzó a caminar. La mitad del tiempo para el día con sus mil soles; la otra mitad para la noche, con su luna.

Los primeros eran muy simples. Despiertan con el alba, repiten de este a oeste su recorrido y se acuestan al atardecer. ¡Pura monotonía!; lo mismo cada veinticuatro horas. Para qué cambiar, si nada va a cambiar. La Luna, por el contrario, luce más sofisticada. Cada noche despunta con un nuevo atuendo. Mesa los cabellos, almidona la blusa, pone carmín en sus labios. Le gusta sentirse viva, saberse cambiante.

Una tarde, poco antes de anochecer, esa Luna asomó en la distancia. Los soles aún no se habían acostado. La ven y quedan ensimismados por su hermosura. ¡Qué belleza! Tratarán de enamorarla. Pero así, siendo tantos, no podrá prestarnos ninguna atención. De modo que acuerdan un pacto de caballeros: cada amanecer saldrá sólo uno de ellos para dar luz a la Tierra, intentando conquistarla en ese objetivo. Uno, y otro, y otro... hasta que aquella esfera que preside la noche se rinda al encanto de alguno.

Por eso, aunque todas las mañanas el Sol asoma igual, resulta siempre distinto. El de hoy no es el de ayer ni tampoco el de mañana, si bien en apariencia se vean tan similares. Cada madrugada amanece uno nuevo.

Sin embargo, con la Luna ocurre lo contrario. Cada noche se muestra diferente, mas es siempre ella, la misma. Cada atardecer florece de una manera, en uno de sus ciclos. La de hoy fue la de ayer y será la de mañana, aunque no lo parezca. Unas veces crece, otras decrece, se muestra en plenitud o se esconde tras el horizonte.

Mil Soles en busca de una Luna.

Suena a juego de magia.

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Manuel Cortés Blanco es médico y psicólogo, habiendo recibido un Premio Nacional Ulysses 2009-2010 a la Investigación por su labor científica. También es escritor, y ha sido galardonado entre otros en el Premio Internacional Vivendia de Relato.

Sin embargo, últimamente lo que más se siente es cuentista. Quizá de ahí provenga esa habilidad tan emotiva como innovadora para llenar de cuentos y relatos sus novelas, resultando una mezcla con lo más selecto de cada género. Un estilo propio, entrañable, dictado al alma. Y con el mejor de todos los premios: compartir a través de su escritura.

Con su opera prima El amor azul marino (Editorial Amares) obtuvo el Premio Literario Amares 2005. Es también autor de los libros Cartas para un país sin magia (Ediciones Irreverentes) y Mi planeta de chocolate (Ediciones Irreverentes, finalista del II Premio Internacional Vivendia de Relato).

"Mil soles, una Luna" está incluido en su libro Cartas para un país sin magia (Ediciones Irreverentes).

http://manuelcortesblanco.blogspot.com/




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