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El pizarrín

Javier Goñi

De indio cuzqueño


Déjenme que les diga que no me resisto, en esta octava de San Marito, a echar mi cuarto a espadas, a poner sobre el tapete mi pedazo de sartrecillo valiente, mi recuerdo del indio cuzqueño. Que ataviado de indio cuzqueño se recorrió durante dos meses las plazas de toros bailando bailables de su tierra, pues no se le ocurrió otra cosa a un grupo de compatriotas suyos, tan a verlas a venir como él, más que montarse una comparsa de folclore latinoamericano. En Cáceres, en un festival de hermandad hispana, se quedaron los cuartos. Y eso que sabía bailar poco, lo justo, aunque a tesón nadie le gana, a determinación, a esfuerzo. Hasta hoy.


Estaba en España a finales de aquellos años cincuenta. Vino a España con una voluntad, la de hacerse escritor a tiempo completo. En Lima, aquel jovencísimo escritor sólo lo podía ser a tiempo parcial, se le iba la semana en ganapanes ocasionales, en trabajos ocasionales, de encargo. Sólo tenía tiempo para escribir los domingos. Su juventud limeña pluriempleada la dejó escrita en ese espléndido libro de iniciación a la vida que es La tía Julia y el escribidor –quién no sabe quién es la tía Julia–. Creo que en ese libro –uno de mis preferidos: tengo de Varguitas más de media docena de preferidos, irán saliendo algunos, supongo, por aquí abajo, según va creciendo esta octava de San Marito– es donde se dice que una vocación literaria es incompatible con el baile y los deportes.

Cosa que no debe ser cierto, porque bailes folclóricos, por Cáceres y otras plazas de riesgo, los hubo, a finales de los cincuenta, y deporte, lo practica, andar, correr, en elegante chándal –el suyo lo será, el del resto de los mortales atroz oxímoron–, que así se conserva desde entonces, ayer y hoy, ayer, cuando sus amigos limeños, Luis Loayza, Lucho, y Abelardo Oquendo, se burlaban de él –cariñosamente– apodándole “sartrecillo valiente”. Lo de “sartrecillo” –por más que te empeñes no lo vas a conseguir, corrector automático de las narices: es “sartrecillo”, y no “sastrecillo”– venía por su afición desmesurada a Jean Paul Sartre, ese francés pequeño y feo, que tanto se equivocó, y que tanto ideologizó a varias generaciones. Hoy quién no le pone ya el desmaoizado cascabel al Sartre feroz.


Sartre. Mis vargasllosas preferidos que me rodean en este momento en que va creciendo este texto, esos que me han acompañado desde siempre –algunos desde los dieciocho, veinte años–, apenas han logrado arrinconar en mi mesa de trabajo este mamotreto, El club de los optimistas incorregibles (RBA), del francés Jean–Michel Guenassia, que es un novelón fácil de leer y de caer enredado en él, y que comienza en 1980 con el gran entierro –en Francia todo son Grandes Entierros y todos son Hombres Ilustres y todos son paseados a conciencia por las calles sobrecogidas por una muchedumbre ídem– de Jean Paul Sartre. El filósofo. La novela de Guenassia está situada en ese París de cambio de década cincuenta/sesenta, cuando –a veces– flotaban argelinos por el Sena –oh, la, la, baguette, foie gras, rien ne va plus– y la police, a Gabo, le confundían –el mostacho, los rizos– con un magrebí y le pedían los papiers con rigor gabacho y Vargas Llosa, el sartrecillo, el flaubertiano, probaba fortuna –él también como tantos latinochés– en la Citè Lumière.

A París iremos –irá él– luego, ahora estamos en Madrid. En el bar El Jute, pongamos por caso, en Doctor Castelo esquina con Menéndez Pelayo. En el bar El Jute, entonces, pongamos que agosto de 1958. En la Public Library de Nueva York, el sábado pasado, cuando Vargas Llosa escribió su artículo quincenal para El País y su diario español se lo publicó en primera, dos días después del Nobel. Tal vez Vargas Llosa, en todas las fotografías, el otro día, estos días, sonriendo con una envidiable dentadura –dentadura, Onetti, próximo párrafo– se acordaría, el sábado, en la Public Library del camarero del bar El Jute que mientras le servía la magra –es de suponer– colación, miraba por encima de su hombro a ver qué escribía ese señor latinoché. Y lo que escribía, aquel señor, decidido a ser escritor a tiempo completo, eran las primeras páginas de La ciudad y los perros, aquella novela con la que empezaría todo. Vamos con la dentadura de Onetti, y seguimos.


En El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (Alfaguara, 2008), una reciente muestra de lo buen crítico que es Vargas porque es un excelente lector, y además de todo ello muy generoso –tal vez hay que ser generoso para ser buen crítico, no sé, y sin duda para ser un buen lector–, cuenta a pie de página que en una entrevista que le hizo a Onetti para la televisión francesa el periodista Ramón Chao –agrego: durante años un buen periodista y escritor; desde hace años ya: el padre de  Manu Chao; sic transit gloria swanson– en un momento determinado el ojo cruel de la cámara se detuvo en el único diente que le quedaba en pie aunque  con ritmo al uruguayo y éste confesó que “en otro tiempo tuve una magnífica dentadura, pero se la regalé a Mario Vargas Llosa”. Que la conserva, por cierto, y en perfecto estado, cabe agregar, una vez más. Vargas Llosa en esa misma página se refiere también a las distintas sensibilidades literarias de ambos dos geniales escritores. Cómo Onetti al conocer la disciplina con que se imponía Vargas el acto de escribir, el uruguayo, genial pero errático, le confesó que a su juicio, aquel, Vargas, tenía relaciones matrimoniales con la literatura, y él, Onetti, adúlteras. Voluntad y disciplina que también destacaban –burlándose acaso, cariñosamente, sin duda– sus amigos catalanes, los barral, marsés y compañía, quienes ganduleaban en Calafell, el feudo del capitán Barral, sobrados de copas, charlas al sol, mientras arriba, en su cuarto Vargas Llosa le daba, voluntariosamente, incansablemente, a la máquina. Ahí está su obra.

También se encerraba –volvemos, finales de los cincuenta– en su cuarto de la pensión de la calle Dr. Castelo, donde el joven Vargas pasaba a máquina por las noches, lo que por la tarde, con el camarero mirón sobre su hombro, había escrito en El Jute. Aquello, su primera novela, La ciudad y los perros. De Lima se había traído un puñado de cuentos, los reunió y los envió a Barcelona a un premio que llevaba el nombre de Leopoldo Alas –un flaubertiano irredento como él–, un concurso que patrocinaba un grupo de médicos y que apareció en Ediciones Roca. El premio, diez mil pesetas y la edición del libro –he visto en catálogos por Internet esta primera y curiosa edición y alcanza precios astronómicos–. A Vargas ganar este premio le resultó un gran estímulo. Era un total desconocido, y tanto: ABC dio la noticia en un suelto considerándolo chileno, “el chileno Vargas” y el corrector de imprenta machacó el libro pues lo purgó de todo peruanismo o latinoamericanismo que mancillara la noble lengua imperial de la cruz y la espada. Pero fue el inicio.


El mío de lector suyo fue con Los cachorros (Pichula Cuellar), la edición de bolsillo de Lumen sin fotos de 1970. Unos años antes, Lumen había sacado una hermosa edición –no para mi bolsillo– con fotos, una caprichosa y buscada colección para lectores con posibles, donde aparecieron Cela, Aldecoa, Neruda, Benet, Delibes, y Vargas Llosa (esta primavera última La Fábrica ha rescatado a Delibes y a Vargas Llosa: dos ediciones bonitas, pero sin la pátina del paso del tiempo). La novela corta, Los cachorros, esos cachorros limeños, que corrían olas y tenían enamoradas, ese hermoso relato de iniciación a la vida, me deslumbró, tanto que durante meses guardé cama creyendo que yo mismo –infeccionado– iba –o debía– a escribir así. Iluso. Bobalicón. Curé de aquellas fiebres y se me quedó el (mal) estilo. Lo confieso.


Pero no renuncié nunca a Vargas Llosa. Me tiré de cabeza a La ciudad y los perros. Chapoteé con indecisión y poca soltura con La casa verde, que se me resistió. Hasta entonces, 18, 19 años, aquellos libros primeros los fui devorando en estado de gracia, hasta que el 15 de agosto de 1972 leí Conversación en La Catedral, la edición inicial en dos volúmenes de Seix Barral. La leí en Valladolid un día de mucho calor esperando a una enamorada de 17 años –yo 20–, hija de un alto mando del aeródromo militar de Villanubla, mi amor de aquel verano. Empecé el primer volumen aquel día de fiesta de mucho calor a primera hora de la mañana y las horas pasaban y ella –se llamaba Isabel– no llegaba –no llegó nunca– y el libro avanzaba, avanzaba, se apoderaba de ti hasta dejarte exhausto y tú le hacías frente con ese entusiasmo que se va oxidando con la edad. He leído dos o tres veces, Conversación en La Catedral. Es uno de los grandes libros de mi vida como lector. Pero ninguna lectura como aquella. Ella, que no vino. El calor, que duró todo el día. Las cervezas, que empecé a tomar después de comer: yo sólo en casa de mis padres. Con la novela –¡qué novela!– de Vargas Llosa. Y ella no vino, nunca; o sí, tres días después. Ya había acabado los dos volúmenes de Mario Vargas Llosa. Yo era otro. Las cosas ya no fueron las mismas. Amores furtivos que duráis un verano. Hay libros que no. Nos duran siempre. Siempre.





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