Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Recuerdos en tecnicolor y blanco y negro de Tony Curtis


Bueno, las tardes lluviosas de octubre es lo que tienen, que activan mi lado melancólico y me predisponen a la evocación. Suele pasar cuando uno acumula más recuerdos que sueños. Así que aunque tengo unos cuantos libros para comentaros, voy a dejarlos aparcados para las próximas semanas y hoy dedicaré mi recuerdo ─en el tecnicolor de mi infancia y adolescencia y el blanco y negro de mi madurez─ a un actor ─tengo muchos más, claro─ que formó parte de mi imaginario particular en esos turbulentos años que uno navegaba al pairo del viento intentando capear las tempestades que el furioso océano de la vida presentaba de vez en cuando ante la proa de mi frágil embarcación.

Por entonces, para casi todos los adolescentes que vivíamos en este país triste y misariego el cine era la única válvula de escape para salir del mundo real ─en mi caso del mundo agrio y pervertidor de un internado religioso─ y, en perfecta simbiosis cinematográfica, vivir las aventuras del héroe de turno en la oscuridad de la sala del cine con el cri-cri de las pipas como imborrable banda sonora.

Uno de esos héroes de las tardes de los jueves o los domingos era el Tony Curtis, guapo, moreno, atlético. No era nada difícil para los muchachos que éramos meternos en su piel y acompañarle en sus aventuras.


Lo recuerdo perfectamente en su Alteza el ladrón donde interpretaba al príncipe Hussein heredero del reino de Tánger que le había usurpado un malvado tío. Había sobrevivido haciéndose pasar por un ladrón y… Lo demás era una visita más del Hollywood de cartón piedra al mundo de las Mil y una noches; pero eso lo sé ahora, con la mirada ya prostituida por el conocimiento y la edad; entonces, afortunadamente, ante una pantalla sólo sabía disfrutar.

En El Gran Houdini le prestaba rostro, y cuerpo atlético, al mítico mago, rey del escapismo que triunfó con ese nombre en los escenarios a principios del siglo pasado. De la película apenas me queda el vago recuerdo de la escenificación de los trucos de Houdini, que debieron parecerme el no va más. De la que me acuerdo perfectamente es de Trapecio. Ahí es nada: Burt Lancaster y Tony Curtis intentando el triple mortal en mallas bajo la atenta mirada de una Lollo de curvas mareantes, como para olvidarlo.

En Coraza negra se las veía con un noble inglés, villano villano, que había mancillado el honor de su hermana. Duelos, persecuciones más intriga y pasión, producto perfecto para todos los públicos. Con él, Janet Leigh, su segunda esposa ─tuvo hasta seis─ alborotó la platea adolescente con sus turgentes senos. A otros el alboroto se lo produjo en Psicosis unos años más tarde.


Pasó el tiempo y yo crecí, pasando por todos los ciclos juveniles de rigor y Tony siguió allí alborotando mis hormonas en películas como Los Vikingos, Espartaco y Operación pacífico; haciéndome reír en Con faldas y a lo loco, No hagan olas o Vacaciones sin novia; y sufrir en Fugitivos, El estrangulador de Boston y Cenizas bajo el sol.

En blanco y negro o tecnicolor este neoyorkino de origen húngaro que acaba de dejarnos, fue uno de mis compañeros favoritos de aventuras de mis primeras décadas, luego nos separamos amigablemente, cada uno por su lado y vivimos nuestras vidas. Alguna vez volvimos a encontrarnos en la penumbra de las salas de cine, pero la magia se había roto. Irremediablemente yo me había hecho adulto.




Archivo histórico