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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Dócil


No soy dócil, ni suave, ni apacible... No soy dócil. Sin embargo aún hay lugares, sitios, hogares... donde a la mujer se le insta a serlo, se le exige, se le recomienda, se le presupone la docilidad. Aún hoy. Todavía hoy. ¿Dócil ante quién? ¿Dócil para qué? ¿Dócil para quién? ¿Dócil por qué?
No me gusta esa palabra ni siquiera aplicada a un animal doméstico. Por supuesto que me encanta que el animal doméstico en cuestión sea cariñoso a veces, sea generoso en su trato y pueda transmitirme algún tipo de sensación de comunicación. Pero, ¿dócil?
Yo no soy un animal doméstico. Ninguna mujer lo es.
Hace poco alguien me dijo; "No eres nada dócil, a ti hay que domarte". Hace también poco, apenas un mes, quizás un poco más... Un profesional de la salud, ante mis preguntas planteadas sobre mi estado de salud, ante mis dudas expuestas con educación y con toda la asertividad de la que uno es capaz en la consulta médica relacionada con temas importantes... ante mis ganas de saber sobre las cosas, sobre mi propia vida en definitiva... Mientras me palpaba el cuello, esa persona me dijo; "¿Por qué no serás más dócil? Y callas un poco, que tú no tienes que saber nada y sólo hacer lo que te digo."
Esas frases no son producto de mi imaginación poco dócil. Son reales y tengo testigos que compartieron mi estupefacción y que además así lo manifestaron y valientemente defendieron mis derechos, que se suponían de sobra defendidos en un Hospital. Un Hospital público que entre todos pagamos precisamente para poder sentirnos dignos, libres, atendidos y con derecho a preguntar sobre aquello que nos sucede, con derecho a tomar decisiones, a estar informados, a cuestionar, a querer curar...
¿Dócil?
No, no soy dócil. Ni en esa situación ni en otras peores, distintas, mejores. Ninguna mujer, ningún hombre, nadie... tiene la obligación de ser dócil ante alguien, ante algo. Porque cuanta mayor docilidad mostremos ante aquel que quiere dominar a la fuerza, mayores serán sus abusos.
Es verdad, da miedo a veces.
Da más miedo aún, da muchísimo miedo en situaciones donde la fragilidad, la vulnerabilidad de la persona a la que se le exige la docilidad es inmensa por causas debidas a circunstancias de lugar, de sociedad, de régimen o de tradición. Da miedo en situaciones de abuso, de maltrato, de vejación... Da miedo la amenaza. Cualquier tipo de amenaza da miedo porque está en nuestro instinto el querer sobrevivir. Pero justo entonces, justo si sentimos miedo, si notamos la más mínima tentación de obedecer, de inclinar la cabeza, el cuerpo o el alma... para proteger nuestra supervivencia... justo en ese instante es el momento de ser valientes y pese a quien pese, pase lo que pase... hay que levantar la cabeza y ser libres. Libres. Libres, aunque esa libertad sea nada más que un grito que únicamente resuena en nuestro cerebro, porque no tengamos voz. Libres y asumir las consecuencias de ese gesto. Ese gesto de atrevimiento. A veces, incluso con una sonrisa irónica esbozada en los labios justo antes de que el golpe del pretendido domador caiga sobre nosotros.
¿La doma de la fierecilla?
Jamás.
Eduquemos a la bestia. Que es el que exige que seas dócil. Y pongámosle coto.
Yo no soy un animal doméstico.

Pequeños Deberes- ¿Tú eres un animal doméstico? ¿Hasta qué punto?

Foto- Eva D




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