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Círculo de iluminación

Eva Orúe

Manuel Francisco Reina, en Divertinajes.com


Manuel Francisco Reina  se incorpora a Divertinajes.com. Su sección se titulará La hoguera de las vanidades y va exactamente de eso. Su última novela, esa que está aún en las mesas de novedades, es La emperatriz amarga (Roca Editorial). Por eso, cuando quise saber algo más sobre el presente y el futuro de la novela histórica pensé en hablar con él... 

Me dijo recientemente un editor: el boom de la novela histórica se acabó  ¿Crees que es cierto?

Creo que es verdad que ahora mismo hay un agotamiento de la fórmula comercial de la llamada “novela histórica”, responsabilidad en parte de los editores que vieron un filón en los Cátaros, los Masones, y los Templarios, y los autores que se apuntaron a esa veta con más o menos fortuna. Esta cuestión tiene una doble lectura: la perversión de un mercado cada vez más teledirigido, en el sentido primero y en el literal y, por otro que, para los que amamos el estudio literario de la materia histórica por sus matices y posibilidades, quedamos de nuevo situados fuera de las lindes del oportunismo. De todas formas este debate no es nuevo, ya sucedió cuando Flaubert publicó Salambó, o cuando la Yourcernar hizo lo propio con las Memorias de Adriano, que algunos reseñaron como biografía para que no fuese manchado por el demérito del género histórico, y son piezas fundamentales de la literatura universal. Sucederá lo mismo con el Thriller o la novela negra en auge ahora, más si es de autor danés, finés o sueco, o con la novela sobre la Guerra Civil española. A este respecto, y para ser serios, yo vuelvo a la máxima de Oscar Wilde cuando decía que un libro no es moral o inmoral está bien o mal escrito. Con los géneros, apósitos comerciales o académicos añadidos, salvo oportunismo puntuales, sucede lo mismo. Es un buen libro, es literatura, o no es, se enmarque en el género que se quiera.

Supongo que lo importante es que la novela, aun histórica, aborde nuestros asuntos, nuestros problemas… Por ejemplo, la corrupción del poder… o el maltrato a las mujeres.

Lo más fascinante, para mí, desde el punto de vista del investigador y del literario al acercarme a la historia, con rigor, siempre, es lo poco que hemos cambiado en tantos siglos. En lo básico, en los conflictos emocionales, familiares, políticos, temores, deseos y necesidades seguimos siendo prácticamente los mismos que salimos, temerosos, de las primeras cavernas, no digamos si del mundo clásico, base cultural y civil del nuestra sociedad,  hablamos.

El poder es siempre cruel y corrosivo. Tal vez por eso parece que incurrimos en correlatos contemporáneos o parece que inventamos. Lo cierto es que el poder ha sido siempre idéntico en sus maneras violentas de actuar y perpetuarse, sea desde el trono de un Emperador, o en la intimidad de la alcoba con los cónyuges o los hijos.  El odio, por fuerza de supervivencia que pueda ser, nos conduce a convertirnos en lo que odiamos y es, con el amor, fuerzas primordiales de nuestras grandezas y miserias. Eso y que, la capacidad de empatía y superación de algunas personas, como Sabina y otros hombres y mujeres de la historia, han sido capaces, con muchos sacrificios, de hacernos mejores y cambiar algunas cosas.

Tal vez por eso, a lo largo de toda mi obra he estado muy cerca de las mujeres y de los personajes femeninos porque, hombres como yo, con un sentido de la coherencia y el compromiso, cada vez más escaso y caros para el día a día, hemos ido siempre en el mismo carro de esas mujeres marcadas con la letra escarlata, breados y emplumados, camino de la hoguera. Hoy ni siquiera necesitan juzgarte en autos de fe, el silencio es la manera contemporánea de inmolación de los incómodos a lo establecido.

Una novela, histórica o no, ha de moverse en el terreno de lo verosímil. En el caso de las novela de argumento histórico, los cimientos culturales y arqueológicos deben ser claros y contrastados. A mi me preocupa que, además de ser literatura, independientemente del género, y trabajo en que sea de la mejor factura, los personajes sean reales, de carne y hueso, así como sus relaciones y conflictos. En mi novela, el final elegido, trágico, fue el que fue. En eso he inventado poco, o nada. Sólo tomo las opciones, de todas las fuentes, que creo más fidedignas, y capaces de mover las emociones del lector y su inteligencia que nunca he querido subestimar.


El Adriano casado con tu protagonista es el Adriano de Yourcenar. Difícil luchar con un personaje tan bien establecido en la memoria de los lectores…

La verdad es que mi Adriano, sobre todo porque quien cuenta su historia y la de todos los hombres y mujeres martirizados e incluso asesinados por él, que es su esposa Sabina, obligada a suicidarse por su marido poco antes de que él muriera, se distancia bastante del Emperador idealizado por la escritora belga. Tal vez ese era el verdadero reto, tal y como vio y me animó en su momento mi querido amigo Terenci Moix

Desmitificar al maravilloso personaje de la Yourcernar, y acercarme al verdadero y lleno de clarooscuro personaje histórico. Marguerite es una escritora imprescindible, al menos para mí,  que revolucionó la concepción de novela histórica con ésta y otras, como Opus Nigrum, que yo prefiero. Evidentemente ambos sentimos la misma fascinación por el tiempo, y sus personajes. Sin embargo es curioso cómo muchos historiadores han creído su personaje el real, y no es así, cosa de la que ella misma se reía en sus entrevistas y cuadernos de trabajo. Aparte del interés por la época y sus personajes, ella apuesta, legítimamente, por un aspecto de la vida de Adriano, como alter ego de su padre al que no puede poner en tela de juicio porque sería como faltarle al respeto, y yo apuesto por los personajes ensombrecidos por el ejercicio del poder de aquel hombre complejo y violento, según las fuentes contemporáneas a su existencia.

Yo creo que le hubiese divertido que yo le llevara la contraria. Ella misma anota en sus Cuadernos del Norte, un libro sobre la elaboración de Memorias de Adriano que acaba “viviendo en simbiosis con el personaje [Adriano/ hasta el punto de comprender a veces que mentía y dejarlo mentir. Él arreglaba las cosas a su modo, como todo el mundo, conscientemente o no. Creo que mintió bastante respecto a su elección, a su llegada al poder; debió saber algo más de lo que dijo”. Ella se reía de los críticos que pensaban que su novela era una biografía “exacta”, ya que asegura que ella escribe “una novela”,  lo que le interesa, tomando los aspectos que más le seducían. No olvidemos que, para Marguerite su Adriano era un homenaje y alter-ego de su padre, el Marqués de Crayencour. Haber contado los aspectos más oscuros, por los que pasa de puntillas, sería como faltarle el respeto a su adorado progenitor.

Hay quien ha dicho de mi novela que, además de estar sólidamente documentada y de mostrar el desconocido mundo femenino romano, desmitificando al Emperador Adriano, es una novela psicológica, y creo que tiene razón. Me preocupa enormemente la construcción psicológica y emocional de los personajes y, en este caso, había mucho material clarificador. No es extraño en la historia ni en las relaciones humanas actuales que alguien capaz de las más altas cimas de la grandeza artística o intelectual, sea a la vez miserable o cruel en sus relaciones personales. Desde Alejandro Magno, el Emperador Augusto, pasando por el propio Adriano, de Gilles de Reis a Albert Einstein, entre otros. La complejidad de muchos grandes personajes está plagada de sombras que, en algunos casos, rozan la psicopatía.  Yo mismo habría deseado no conocer a algún contemporáneo.




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