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El pizarrín

Javier Goñi

Contraseñas privadas

Déjenme que les diga que para mi generación que es +/- la de Muñoz Molina había unos libros, con contraseñas privadas, que nos entraban por los ojos, unos los ojeábamos en las librerías, los menos nos los llevábamos para casa. Para aquella generación, que se iniciaba muy a finales de los años sesenta, muy principios de los setenta, aquellos libros, los de Alianza, tan sólo una palabra, nos entraban por las cubiertas, las de Daniel Gil, tan sólo un nombre.


Daniel Gil fue leyenda: unas tres mil portadas, 25 años de presencia; luego vendría Ángel Uriarte, con el papelón bien resuelto de sustituirlo todos estos años. Y ahora, en este otoño difícil, extraño, incómodo, Manuel Estrada, un diseñador muy (re)conocido en el mundo del libro, un gran diseñador, se encarga de darle una nueva capa de pintura a su estilo –sobrio y muy elegante- a las portadas de Alianza, la vieja y mil veces renovada colección de bolsillo, donde hemos leído tanto.

En este coger truchas con la mano, que algo de eso tiene remover la memoria mitificando lecturas, momentos placenteros, a veces, como en esta ocasión, el azar contribuye con una buena partida de dados. Unos días antes de que me enterara de este lanzamiento otoñal de Alianza  con esa acertada capa de pintura que le ha dado Manuel Estrada, misma altura, algo más anchos los libros, para que respire mejor el texto: qué apetitosos una vez más los dos volúmenes de cuentos de Poe en la vieja y querida traducción de Cortázar, de fondo negra ésta, de fondo azul, aquella, que leímos entonces Muñoz Molina, uno mismo y tantos más; o los Salinger; y una curiosidad:¿resistirá una nueva lectura El señor de las moscas, de Golding?, habrá que comprobarlo…


Dónde íbamos. Ah, sí. Unos días antes de este lanzamiento otoñal de Alianza me encontré, convenientemente saldado, tan sólo unas monedas, un libro que en su momento no debí ver en las librerías: Daniel Gil. Nuestras mejores portadas (Ediciones Aldeasa, 2005), según idea y dirección de Nuria Martínez Deaño y diseño y maquetación –y un breve prólogo, muy cálido y afectuoso; los elogios a Daniel Gil son profesionales- de Manuel Estrada. El cubilete de dados del azar. Es un libro muy interesante, en el que un puñado de escritores y periodistas, reunidos por Nuria Martínez Deaño elige cada uno de ellos una portada y escriben un texto. De haber conocido entonces a Nuria, que no es el caso, ni entonces ni ahora, me hubiera gustado haber colaborado con este libro que, curiosamente, recrea cubiertas de Gil bastante recientes, en comparación con algunas como éstas que aparecen aquí, y que pertenecen a mi más lejana memoria de lector, cuando los libros, éstos, costaban, o valían, los más primeros, 50 pesetas, que no son nada o todo para un adolescente o para un estudiante universitario de aquellos muy finales sesenta y muy principios setenta.

Me interesa en este valioso y saldado encuentro con el libro de Aldeasa el texto muy evocador de Muñoz Molina, que ha elegido la cubierta -¿no hubo antes otra diferente?- que hizo Gil para un librito de Pessoa: El banquero anarquista y otros cuentos de raciocinio. En su texto Muñoz Molina se recuerda –y nos recuerda- curioseando en las librerías aquellos tomos de bolsillo de Alianza, que tenían –dice- mucho de contraseñas privadas, de tesoros secretos. Esos libros que ojeábamos, y algunos –pocos, ay- los comprábamos, nos los llevábamos para casa, seducidos, desde luego, por el nombre del autor, y también, desde el primer momento, por la cubierta de Daniel Gil. Es cierto, como escribe Muñoz Molina, que raramente se conformaba el portadista –más al principio, tal vez, hasta encontrar su hueco, supongo, convencer a sus jefes, Javier Pradera, José Ortega Spottorno, los que estuviesen entonces- con una cubierta lineal, explícita. Poco a poco Daniel Gil –un genio de las portadas- fue imponiendo sus gustos, las fue encriptando a su manera. A aquellos lectores que pusimos en manos del viejo catálogo, varios miles de títulos, que han crecido con nosotros, buena parte de nuestra educación sentimental, lo primero que nos seducía, de los libros de Alianza, eran las portadas.

Muñoz Molina, con quien comparto cosas, recuerda con fascinación el antifaz negro de uno de esos libros en cuya admiración coincidimos: El sueño de los héroes, del gran Adolfo Bioy Casares, como también El héroe de las mujeres del mismo Bioy, y no porque aspiráramos a serlo –héroes de nada, tigres de papel, sueños de seductor- sino porque despertaban nuestra curiosidad –las mujeres-; aunque mi primer Bioy Casares fue Diario de la guerra del cerdo. Ay, Bioy, Bioy, gran Bioy (apuntar entre paréntesis: pedirle a Juan Casamayor, el editor de Páginas de Espuma, el breve diario brasileño que acaba de sacar de Bioy: apuntado queda).


Dejándome llevar por el capricho de la memoria he buscado un puñado de libros, que pertenecen a los primeros centenares de la colección, libros que leí entonces y algunos he releído en todo estos años de atrás. Desde luego, el número 7, los Cuentos de Baroja, por ser Baroja: he sido, soy, seguiré siendo tan de don Pío, puede que hasta inexplicablemente: los afectos no requieren explicación. Una cubierta ésta que siendo de Gil no estaba todavía en ella Gil: el fondo –nada encriptado-,  el Retiro, en primer plano Baroja paseando. Foto de inspiración, la célebre instantánea de Nicolás Müller. Antes todavía, es el número 4, La metamorfosis, de Kafka, en la clásica traducción –que no consta por ningún lado en esta edición- de Borges, antes de que, muchos años después, el profesor Jordi Llovet y el gran traductor Juan José del Solar nos convencieran de que el título más adecuado es La transformación (DeBolsillo, 2005).


Kafka en Alianza. En el curso universitario 1972/73, este (joven) lector iba todas las mañanas en el metro, Prosperidad-Argüelles-Moncloa, leyendo a Kafka. América, que me deslumbró: no la he vuelto a leer, El castillo, La condena  –ya con portadas identificables de Daniel Gil-. Kafka me duró todo ese curso en metro. Mientras, una compañera mía, Isabel,  ese mismo curso, cogía el Circular en Atocha e iba en autobús a la Complutense leyendo todo Proust, en Alianza, claro. Le duró también de octubre a junio. Lo mío de Kafka en el metropolitano (en aquel metro de entonces) tenía su lógica. Leer a Proust en la línea Circular (en aquel bus de entonces) era un ejercicio de auto recogimiento, aunque no tanto como el de su novio, que la abandonó –a ella y a sus estudios de Filosofía y Letras- asomando la primavera de aquel año para meterse cartujo de sandalias y en boca cerrada no entran moscas. Isabel, aquella compañera, siguió leyendo los tomos de Proust. En el Circular. Aquel curso. Con constancia. Sin novio. El cartujo. Pero ésta es otra historia.


Cuando un día de octubre del 69 –no sé si entonces caía en jueves, como ahora, que está al caer- le dieron a Samuel Beckett el Nobel de Literatura, en la librería Lara, de Valladolid, la mejor de la ciudad, más de uno, feliz y sobresaltado por la noticia –que este jovencísimo y pretencioso, eso que se cura con la edad, lector lo oyó-, pedía las Rimas del nuevo Nobel Gustavo Adolfo Beckett. A los pocos meses leía –con dificultad, pero con ardor guerrero- Molloy, de Beckett, en Alianza, en traducción de Pedro (sic) Gimferrer. Complicada pero tocaba.


No había leído todavía El héroe de las mujeres, de Bioy, pero sí debía uno interesarse ya por el enigma que las envuelve, porque recuerdo –con pasión adolescente- una novelita preciosa del francés Raymond Radiguet, El diablo en el cuerpo, en una inolvidable versión de Vicente Molina Foix. Aquel lector zangolotino, con más lecturas que experiencias, estaba enamorado de Marthe, aquella mujer casada, como el adolescente del relato, y ahora, al (re)encontrar el libro me enfrento a esta frase subrayada –por mí entonces- de la página 127: “Haría tal provisión de caricias –escribe Radiguet, aquel adolescente- que no necesitaría ya a Marthe en el resto de mis días”. Ay, ese subrayado, lector zangolotino, no hagas promesas que no puedas sostener. Y quién era –entonces- tu Marthe. Bien hablaba Muñoz Molina de contraseñas privadas, de tesoros secretos. Ah, los libros. Los de Alianza, conjurados ahora por las cubiertas de –entonces- Daniel Gil y –ahora- de Manuel Estrada. Los libros.


“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”. Qué contención y, sin embargo, el comienzo de El extranjero de Camus todavía te estremece. Mi ejemplar de 1971 –me la leí en una tarde de ese verano- lleva una cubierta coloreada de una gama de naranja al amarillo, en el libro de Aldeasa la cubierta de Gil se ha agrisado, ha perdido color.


Dos novelas que leí casi a la par y que recrean una misma época, los turbulentos años veinte y treinta fueron Miss Lonelyhearts, de Nathanael West, y el primer libro que adquirí de Scott Fitzgerald, así aparece sin la F. , A este lado del Paraíso, ¡en traducción de Juan Benet Goitia!

Y en la colección de bolsillo de Alianza Editorial, “una colección para todos, cuidada, económica y variada”, así se calificaba en el catálogo de los primeros títulos, que aparecía al final de cada libro, descubrí a Gide y a Céline.


Luego vendrían los demás gides, ¡los que habían estado o estaban en el Indice, aquel vademécum de libros prohibidos!, pero el primer Gide que leí fue esta Isabel, en versión de Carmen Castro. De Céline conocí Semmelweis, un libro menor, no tan políticamente polémico como sus grandes novelas, que vendrían después, pero que prologaba  -fue el número 141- y tradujo Juan García Hortelano.

Y desde luego habría que recordar El guardián entre el centeno, la popular novela de Salinger, un longseller  de la colección y que ahora reaparece, en este mes de octubre, con un nuevo diseño de Estrada. El libro ha tenido en todos estos años varias cubiertas, yo conservo la inicial, la más sosa, como si la invisibilidad de Salinger estuviera impuesta desde la misma cubierta. En fin, de Daniel Gil a Manuel Estrada, y sin olvidar a Ángel Uriarte. Y siempre, los libros de Alianza, nuestra educación sentimental. La de mi generación, al menos.




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