Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

La biblioteca ideal

Daniel Tubau

El primer libro contiene todos los libros

danieltubau@gmail.com

 


El primer libro (fragmento)

El primer libro no se escribió sobre papel, pergamino, bambú ni seda, sino sobre piedras y barro cocido, y se llama la Epopeya de Gilgamesh.

Me estoy refiriendo al género de la ficción, porque el I Ching, escrito por una civilización que todavía no podía llamarse china, quizá sea anterior. Tampoco podemos asegurar que no se escribiera antes alguna crónica, novela, poema o drama ahora  erdido, que quizá convertiría en menos asombrosos los recursos literarios del relato de Gilgamesh.

Aunque la Epopeya de Gilgamesh esté en la sección de libros de ficción de la Biblioteca Ideal, quienes lo escribieron lo consideraban la crónica histórica de un hecho real. Ya dije en El Mahabharata y otros libros del tiempo que el tiempo escribe y reescribe los libros, pero a veces también les cambia el género.


Gilgamesh de Uruk

En la epopeya se cuenta la historia de Gilgamesh, antiguo rey de la ciudad sumeria de Uruk, su rivalidad y amistad con el hombre bestia Enkidu, y su búsqueda de la inmortalidad. Se cree que Gilgamesh vivió hacia el año 2650 antes de nuestra era.


Enkidu y un león

Trescientos años después, cuando ya reinaba el semita Sargón en Akad, comenzaron a escribirse las primeras historias acerca de Gilgamesh. En tiempos de Hammurabi de Babilonia, hacia el -1700, se escribió la llamada “versión antigua”, que se difundió por todas las tierras vecinas, en especial durante la dominación de los casitas. Hacia el año mil, bajo el imperio asirio, un exorcista llamado Sinleke’unnennî realizó la versión más conocida hoy en día, llamada “ninivita” porque fue encontrada en las ruinas de Nínive, en la biblioteca del rey Asurbanipal.

El último fragmento conservado de la epopeya es del año -250, aunque en el año 200 de nuestra era Claudio Eliano se refiere a  un héroe antiguo al que llama Gilgamos. La mención más reciente, nos dice Jean Bottéro, es la del monje nestoriano Teodoro bar Qoni, quien, en el año 600, “le llama Gilgmos y lo convierte en el último de una serie de diez reyes antiguos y contemporáneos de Abraham”. Joaquín San Martín asegura que su nombre aparece en conjuros musulmanes del siglo XV.


La Epopeya de Gilgamesh fue también el primer bestseller de la humanidad, del que se hicieron versiones y traducciones en sumerio, acadio, hitita, hurrita, asirio y arameo. Fue un libro que influyó a todas las culturas vecinas de Mesopotamia durante al menos dos milenios, pese a que después cayese en el olvido casi absoluto a lo largo de casi otros dos mil años, hasta que, en el siglo XIX, las expediciones arqueológicas rescataron la civilización mesopotámica y descifraron la escritura cuneiforme. Por eso resulta tan asombroso que en él estén contenidos todos los libros.


Gilgamesh

Siempre que vuelvo a leer La epopeya de Gilgamesh encuentro nuevos orígenes: el primer viaje, el primer diluvio, la primera amistad, la primera aventura de amor homosexual, la primera dicotomía entre naturaleza y civilización, la primera interpretación de los sueños, la primera tentativa de escapar a la muerte, y tantas otras cosas que están ahí por primera vez, por la razón ya mencionada: es la primera obra literaria, y en cierto sentido, aunque esté escrita en verso, la primera novela.

El mito del diluvio de Noé, por ejemplo, es el plagio más antiguo conocido de La epopeya de Gilgamesh, donde Noé se llama Utanapishti, un hombre al que los dioses le dicen que construya un gran barco porque va a caer un terrible diluvio sobre la tierra:

“Embarqué a mi familia
Y a toda la gente de mi casa,
Y animales salvajes, grandes y pequeños”

Al cabo de días y días de lluvia, la tierra quedó cubierta por las aguas. Utanapishti lanzó al aire golondrinas y palomas, que siempre regresaban al barco, porque no tenían donde posarse. Finalmente, lanzó un cuervo:

”El cuervo se fue
Pero al ver que las aguas se habían retirado,
Picoteó, grazno, chapoteó
Y ya no regresó.”

Hay otras coincidencias igual de asombrosas entre los textos del Antiguo Testamento y el relato de Gilgamesh (y otros textos mesopotámicos), que ayudan a reconstruir el complejo origen de esa religión que Abraham aprendió en Ur de los caldeos y que Moisés llevó a Palestina, tras la estancia en Egipto, pero creo que los expertos no han advertido la deuda contraída por los autores judíos con uno de los pasajes finales de la Epopeya de Gilgamesh:

“Gilgamesh, entonces se sentó
y lloró.
Y las lágrimas resbalaban por sus mejillas.”


El lector sin duda habrá advertido ese extraordinario matiz que introduce Sinleke’unnunni cuando dice que Gilgamesh “se sentó y lloró”. Lo habitual en estos casos, y eso es lo que hacen muchos narradores triviales, es decir tan sólo: “Lloró y las lágrimas resbalaban por sus mejillas”, pero Sinleke nos dice que Gilgamesh primero se sienta, y sólo entonces comienza a llorar. Es uno de esos detalles que nos permiten ver a través de la ficción la vida real, lo que James Wood llama, en Los mecanismos de la ficción, la hecceidad:

“Por hecceidad entiendo cualquier detalle que atrae la abstracción hacia sí misma, y parece matar esa abstracción con una ráfaga de palpabilidad, cualquier detalle que centra nuestra atención gracias a su concreción”. 


Orson Welles encarnando a Falstaff

Como cuando, dice Wood, Falstaff en Enrique IV cuenta cómo fue asaltado y describe el color del traje de sus atacantes: “Tres canallas vestidos de paño verde de Kendal me acometieron por la espalda”; o como cuando Emma Bovary acaricia los zapatos de satén “cuyas suelas habían amarilleado con la cera de la tarima del baile”; o cuando Homero nos cuenta que en la dura carrera por las armas de Aquiles el gran héroe Áyax resbala en estiércol de vaca”.

Quizá también a algunos lectores el párrafo de Sinleke les habrá recordado el hermoso título de una de las novelas de Elizabeth Smart: En Grand Central Station me senté y lloré, o la versión, no tan lograda, de Paulo Coelho: A orillas del río Piedra me senté y lloré.

Smart y Coelho tal vez no supieran que sus títulos procedían de Gilgamesh y creyeran que el origen es el salmo 137:

“Junto a los ríos de Babilonia,
allí nos sentábamos, y aun llorábamos,
acordándonos de Sion.”

Es una curiosa paradoja que el autor del vengativo texto bíblico, en el que se dice “Dichoso el que tomare y estrellare tus niños contra la peña”, refiriéndose a Babilonia, iniciara su salmo copiando a sus enemigos su más brillante recurso literario.

 

Visita la página web del autor: www.danieltubau.com




Archivo histórico