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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Las de segunda magnitud también van al cielo… (de Hollywood)

Veinticuatro de Enero. Me levanto con varias noticias y ninguna agradable. Las bolsas mundiales andan de montaña rusa globalizada; Aznar sigue pariendo perlas desde su ostracismo faestoniano; Gallardón y Esperanza se apuñalan por un quítame allá esas listas y, para colmo, se nos mueren dos estrellas de Hollywood.


 ¿Qué hacer ante  panorama tan aflictivo? Desayunar y  olvidarme del baile de  las bolsas; del “ex” por excelencia y sus tensionados adláteres, y lamentar únicamente la desaparición de un joven y prometedor actor australiano como Heath Ledger, que entra así en el olimpo de los que murieron jóvenes y al que siempre recordaré en su papel de atormentado vaquero gay en Brokeback Mountain; y sobre todo —y dado que soy un incorregible sentimental— sentir  verdaderamente la muerte de otra estrella del universo hollywoodense , una estrella de segunda magnitud, eso sí, pero  a la que recuerdo perfectamente por formar parte del cine de sesión continua de mi juventud: Suzanne Pleshette.


La Pleshette, proveniente, como otras estrellas de finales de los cincuenta y principio de los sesenta, de Broadway, donde ya había cosechado algún gran éxito como El milagro de Ana Sullivan, fue contratada por la Warner como dama joven para servir de florero a actores ya consagrados como Jerry Lewis o de novias sosonas y virginales  a jovencitos promesas como Tab Hunter, Bob Wagner y aquella especie de pudin de frambuesa de increíbles ojos azules, pullovers rojos y ceñidos pantalones marcando salchicha que era Troy Donahue, del que todas mis compis de Facultad estaban enamoradas desde que apareció bajando una escalera para saludar a la pobre niña rica de Connie Stevens en Parrish (1961). Con este guaperas rodó un festín de melaza llamado Más allá del amor y aprovechó para casarse con él (a nadie le amarga un dulce, debió pensar); pero como de tonta no tenía un pelo, lo facturó de su vida a la mayor brevedad posible, harta, imagino, de sirope de arce.


La Pleshette poco tenía que hacer en aquel mundo de rubitas bobaliconas en el que reinaba Sandra Dee, especializada en papeles de hija de Lana Turner (siempre de mamá con pasado borrascoso) en gloriosos melodramas de Douglas Sirk o Mark Robston. Ni su aspecto de brunette, ni su voz cazallera daban demasiado el tipo, así que no se convirtió en una estrella, y sólo el obeso Hitchcock supo mostrarnos su verdadero talento dándole un  secundario de lujo en Los pájaros (1963), donde se merendó  a la gélida y lacada Tippy Hedren en un par de escenas; aunque, eso sí, terminó como terminó: toda picoteada de grajos.

A continuación rodó con Raoul Walsh esa obra maestra que es Una trompeta lejana (1964), y más tarde otro par de westerns junto a Steve McQueen y James Gardner y con directores de la talla de Burt Kennedy y Henry Hataway, pero en ninguno de ellos pasó de la categoría de mero elemento decorativo.


Como otras muchas actrices de su generación sobrevivió gracias a la televisión y ahí, precisamente, logró su mayor triunfo y popularidad en una exitosa serie  titulada The Bob Newhart Show, que se mantuvo en antena en la CBS durante seis años (1972-1978) en la que interpretaba a la esposa de un excéntrico psiquiatra con no menos excéntricos clientes y en la que sus dotes para la comedía brillaban a la altura de su talento.

Vayan estas líneas como mi más cálido homenaje por las tardes que sus películas me hicieron pasar en aquellos lejanos años de facultad; agradecimiento que hago extensivo a otras secundarias maravillosas como Hope Lange o Susan Kohner a las que de vez en cuando me gusta  rendir homenaje programándome alguna de sus películas en mi reproductor. De alguna extraña forma en su ya eterna y virtual  juventud suelo reencontrar retazos de la mía.

 

 




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