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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Arthur Penn, el cineasta irregular


Es posible que Arthur Penn sea recordado por el aficionado medio sólo por dos películas inolvidables: Bonnie & Clyde y La jauría humana; sin embargo fue también el director de las no menos magníficas El zurdo, El milagro de Anna Sullivan, Pequeño gran hombre, y mi preferida entre todas, La noche se mueve.

Aunque también es cierto que hubo otras muchas que no pasarán a la historia del cine por razones obvias. Y es que Penn ─lo aclaro desde ya─ era un cineasta irregular aunque dotado de una sensibilidad especial para retratar los comportamientos violentos y un fino olfato para detectar lo que el público joven quería ver en aquellos años. Si a esto unimos su conocimiento del cine que se hacía en Europa ─más concretamente el de la nouvelle vague en Francia─, conocimientos que supo trasladar a sus películas de entonces, no nos puede extrañar que diera en la diana del éxito con esas dos películas ya citadas.

Penn venía de la televisión como otros muchos compañeros de su generación, Sidney Lumet y Frakenheimer son un par de válidos ejemplos. Allí había aprendido las fórmulas de un nuevo lenguaje popular que iba a poner en práctica rápidamente con muy buenos resultados. Para ese medio había escrito y realizado una primera versión de El milagro de Anna Sullivan , que en su paso a la gran pantalla potenció hasta límites difícilmente soportables la violencia de las relaciones entre la maestra Anna Sullivan y su pupila ciega y sordomuda Hellen Keller en un tour de forcé interpretativo que les dio los Oscars a sus intérpretes Anne Bancrof y Patty Duke en 1962.

La jauría humana (1966) ya anunciaba bien a las claras por donde quería ir su cine y a pesar de las manipulaciones de montaje a que fue sometida por su productor Sam Spiegel, retrató como no se había hecho desde la época anterior al código Hays toda la podredumbre moral y violencia latente que subyace en las comunidades rurales del sur de los Estados Unidos.

Bonnie & Clyde realizada al siguiente año sentaría las bases de un tipo de cine acción con ribetes sociales, donde comienza a coreografiarse la violencia como un elemento más a tener en cuenta en el desarrollo de la historia. La leyenda de esta pareja de ladrones de bancos durante la época de la gran depresión y la de su ascenso a las más altas cimas de la popularidad, le sirvió a Penn para componer un retrato en los antípodas del cine de gánsteres tal y como se había hecho hasta entonces, convirtiendo la película en una oda a la violencia, el sexo, y la muerte como forma de entrar en el panteón de los famosos. Un plato demasiado fuerte para ciertos estómagos de entonces no acostumbrados todavía a platos tan especiados. Su final a cámara lenta, con esa lluvia de balas atravesando los cuerpos de sus protagonistas, es ya un clásico del imaginario popular cinematográfico y abrió una vía a una manera de filmar la violencia por la que transitarían después alumnos aventajados como el Sam Peckinpah de Grupo salvaje y hasta el mismísimo Coppola de El Padrino.

Ejemplo de su versatilidad a la hora de rodar es La noche se mueve, ─mi película favorita de las suyas como ya os he comentado ─, rodada en 1975 siguiendo los más heterodoxos caminos del cine negro que él mismo había ayudado a dinamitar en la década anterior. Pese a que la crítica la ninguneó en su momento, vista desde la perspectiva hoy se erige en uno de los mejores films del género de la historia del cine, con una interpretación inolvidable del gran, gran Gene Hackman, y es a la postre una lección del estilo narrativo depurado hasta las últimas consecuencias donde nada falta ni nada sobra que algunas veces, no todas, logró Penn.




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