Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El pizarrín

Javier Goñi

Un samovar humeante


Déjenme que les hable de un español errante, trotamundos enfebrecido, infectado del virus europeo, el último austrohúngaro. Se llama Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943), y ha escrito, o reconstruido, se verá, un librito delicioso, apasionado, sobre el viejo Tolstoi, del que también quiero hablar, porque se cumplen cien años de su muerte, y pese a que en este Muro no de las Lamentaciones sino de los Divertinajes hay quien sabe más de Tolstoi y de la vieja Rusia que yo. Aún así lo intento.

Los seguidores fieles y atentos de Luis García-Berlanga no ignoran que el genial director español suele meter en todas sus películas a modo de palabra secreta una que es casi tan larga como aquellos grandes expresos, que atravesaban la vieja Europa: austrohúngaro. Al igual que el gordo Hitchcock sale en todas sus películas, y deber del buen aficionado es adivinar en qué escena concreta, Berlanga siempre ha metido, con uno u otro motivo –casi siempre caprichoso, y con calzador-, la palabra “austrohúngaro” en cualquier escena: desde el mapa austrohúngaro de la profesora Elvira Quintillá a un anuncio por los altavoces de melodías austrohúngaras de no sé qué otra película; así, todas.

Pregunta para nota: ¿en qué película, a la hora de montarla, se dio cuenta Berlanga de que se le había olvidado meter su morcilla-fetiche? Respuesta: en una película de co-producción europea de tres episodios –cada uno dirigido por un director conocido-, se llevaba eso mucho en los años sesenta, Berlanga vio que se le había olvidado y en una escena en la que iba un campesino subido a una tartana y en un momento determinado –se resolvió la cosa al final- el hombre espolea al animal con un contundente “¡¡¡so, austrohúngaro!!!”.

Pregunta para una estancia para dos personas con media pensión en el Festival Sundance 2010: En qué película del gordo Alfred éste no podía salir de ninguna manera pues toda la película transcurría en una barca en alta mar y cómo lo resolvió: Náufragos y una foto en la primera plana de un periódico que flota entre los restos del naufragio. Enhorabuena, para usted es el premio, ahora una compañera le tomará los datos. Gracias por participar. Ahora seguimos nosotros.


Volvemos a Mauricio Wiesenthal, a quien le debo en mi gratitud de lector muy buenos momentos pasados. No sabía nada de él –lo confieso- hasta que hace tres años los responsables de Babelia, donde colaboro, me mandaron lo que, inicialmente, bien podía calificarse de encargo envenenado: un mamotreto de 1.148 páginas de un tal Wiesenthal y titulado El esnobismo de las golondrinas. Lo publicaba Edhasa. Le dediqué un mes entero de mi vida –un mes entero, aunque busqué ojos de buey por donde oler el salitre de la vida, de otras vidas posibles, y aun así, ¡un mes!- y recordé que en una de las novelitas de Henry James, tal vez algunas de las aparecidas en El Funambulista, no sé, tal vez, salía una neoyorkino que se viene al viejo continente –éste- enfermo de lo que James, que lo padeció toda la vida, denominaba “virus europeo”.

Pues bien, salí de aquella gratísima cuarentena –leer el mamotreto de Wiesenthal, mil ciento y pico de páginas- considerando, entonces, y así lo escribí, que aquel tal Wiesenthal, español errante, trotamundos enfebrecido, viajero sin remedio, llevaba toda la vida infeccionado de ese “virus europeo”. Si hubiera que premiar la obsesión europea, destacar un fervor más electrizante por esta vieja Europa, por su pasado, cultura, grandezas, miserias, costurones y demás, qué duda cabe que este tal Wiesenthal bien puede dar un paso adelante y recoger el medallón. Él sí que había raptado, con aquel mamotreto, El esnobismo de las golondrinas, a Europa. Se confiesa, por lo que sé, escritor memorialista, y lo es, y rastreador de lugares con alma, y enciclopedista sin peluca que se ha escrito, él sólo, viajando, leyendo, inmovilizando curiosidades, toda la cultura europea, barnizándola –eso sí- con una cierta melancolía esnob; una cultura que va desde la pérfida Albión, a la que abandona en el Orient Espress o, como no podía ser de otro modo, en el  Queen Elizabeth, hasta desaguarse en el Danubio. En este libro saltaba a Marrakech, a Nueva York, a Estambul, que son confines del imperio –más allá, los bárbaros, aguardando-, pero volvía una y otra vez a Roma, a París, a Venecia, a Dublín.

Wiesenthal viaja por los libros que ha leído y utiliza de combustible las experiencias que ha vivido: mujeres, gatos, casas, cafés, callejuelas, ruinas, monumentos. Se le mezclan en este libro –o en ese otro tan hermoso, Libro de réquiems, en Edhasa también, tan sólo setecientas páginas y campanas que doblan por Rilke, por Zweig, por Byron, por Tolstoi, y tantos más, viejos pellejos de la vieja Europa, sin ellos qué seríamos, se pregunta orgulloso y literariamente angustiado-; se le mezclan, digo, los yoes  y las edades, y se cuela, él mismo, entre libros ajenos y deja que pintores, poetas, reyes, cardenales, mujeres –hay muchas en sus libros, esa visita de Rilke y Lou Salomé al viejo Tolstoi, al campesino y señor del alma rusa- se apoderen de sus páginas. Leer a Wiesenthal es un estimulante desparrame de erudición europea bien contada, y además con amenidad. Aquel libro, con el que conviví un mes intenso, lo tengo, y lo conservo, muy anotado, y me divierte rescatar un par de frases que hablan del espíritu del excelente mamotreto. Dos frases subrayadas. Una: “los grandes viajes deberían iniciarse siempre en Victoria Station, donde la caoba se convierte en mahogany y comienzan las novelas románticas”. O esta otra afirmación, que siempre me ha dado qué pensar y qué sabe uno si se puede comprobar empíricamente, de que a las mujeres “las mentiras (les) mantienen los dientes blancos”. Acaso. Sea.

Aquel mamotreto de Wiesenthal me hizo ir a por el citado Libro de réquiems –excelente- y hace dos años pedirme para Babelia la reseña de su novela Luz de vísperas (Edhasa), tan sólo 1.137 páginas. Una novela –espléndida- que a la manera de las memorias de Stefan Zweig (en Acantilado), El mundo de ayer, bien podían calificarse de la novela de un europeo, Gustav Mayer, un escritor de ficción –y de perfil(les) reconocible(s)-, austrohúngaro, desde luego, idealista, judío mestizo de varias culturas, sangres y saberes enredados. Otras mil páginas, aquella novela, un privilegio, Mauricio Wiesenthal, haberla leído, haberle seguido los pasos por esa Europa convulsa del siglo XX, un ir y venir, el de ese Gustav Mayer, escritor de ficción, de perfil(es) reconocible(s), por culturas, dioses (Dios y Nietszche) y tumbas europeas. Luz de vísperas es una espléndida mirada hacia atrás, al mundo de ayer –Stefan Zweig-, a una cultura que se la llevaron por delante los gases tóxicos de la Gran Guerra –ésa que iba a ser la última- , y años después otros gases, los de los campos nazis.


Gustav Mayer, a partir de la página 144 visita Iásnaia Poliana, esa especie de personal Edén en el que vivió y gobernó  el viejo Tolstoi. Para Mayer Tolstoi es un referente moral, una autoridad moral, de la que tan necesitados estaban los europeos, aunque el viejo Lev no era tan europeísta como Turguéniev. Y lo piensa Mayer porque lo escribe Wiesenthal y lo escribe Wiesenthal porque lo piensa y se pregunta si los europeos se avergüenzan por necesitar todavía autoridades morales como Tolstoi en este año del centenario de su muerte. Y lo hace, se pregunta y lo escribe, en un precioso libro que acaba de publicarse, en su editorial fiel, Edhasa, un libro de bolsillo de no más de 250 páginas: El viejo León Tolstoi, un retrato literario; una delicia esta apasionada aproximación, breve, sintética, al autor de Ana Karénina; un breviario que bebe de las páginas ya escritas en los libros a los que me he referido en este pizarrín. No se esconde el propio Wiesenthal, deja que afloren sus lecturas, sus viajes, sus visitas. Traza su perfil y nos lo muestra con pasión. Para acercárnoslo con tanta gracia y ligereza lo ha tenido que conocer bien, haberlo asimilado bien, incluso haberlo entendido.


En este preciso retrato, breve, cálido, apasionado, hay gamas de colores suficientes como para iluminar su entorno, el paisaje próximo: su familia, la mujer, sus hijos, no debió ser nunca fácil haber estado casada con él, o tenerlo como padre. Sus amigos, los escritores, a los que trató y con los que se enfrentó, Zeus tonante, las veces que hizo falta. Asoma Turguéniev, el gran escritor ruso, con un pie en Europa y el otro en Rusia –Tolstoi tuvo los dos siempre en su amada Rusia-. Es curiosa –y nos la recuerda Wiesenthal- la divergencia literaria que mantuvieron ambos escritores. A Turguéniev, por ejemplo, no le gustaba Ana Karénina, “a pesar de que hay páginas absolutamente magníficas (las carreras, la siega, la caza). Pero en la novela reina un olor rancio de solterona, de resabios moscovitas, de eslavismo barato, de prejuicios nobiliarios…”, decía.


Turguéniev se cuela, sí, en este librito de Wiesenthal, y me ha hecho recordar ahora viejas lecturas; dos concretamente. Una es Estampas rusas. Un álbum de Iván Turgueniev” –los acentos los pongo y los quito según el libro que manejo-, de Moisés Mori, que publicó hace mucho tiempo la editorial asturiana KRK, que es un puñado de estampas que si se mueven deprisa –como un taco de ilustraciones que se animan- acaban siendo un excelente caleidoscopio, lleno de cristales de colores, muy hermosos, y de fondo Turguéniev o Turgueniev, al gusto.


La otra vieja lectura, siempre reeditada, es un libro de amor que escribió hace tanto tiempo Juan Eduardo Zúñiga. Saboreé en su momento un librito de Editora Nacional –pongamos que estamos en 1977-, Los imposibles afectos de Ivan Turgueniev, lo volví a tener en Alfaguara, en 1996, con el título de Las inciertas pasiones de Iván Tuerguéniev. El deslumbramiento por la literatura rusa le vino a Zúñiga siendo niño por un Turguéniev que le salió al paso. Luego vendrían otros rusos, Pushkin, Tolstoi, otros. Recogió ese puñado de afectos y pasiones en un libro, otro de rusos, El anillo de Pushkin, primero en Bruguera, en 1983, luego en Alfaguara, en 1992. Esta primavera pasada, recogió ambos libros, reunió sus afectos y pasiones, en Desde los bosques nevados. Memoria de escritores rusos, en Galaxia Gutenberg.

Volvemos a Tolstoi y a Turguéniev, según Wiesenthal: pullas y diferencias aparte, atravesado por el rayo del cáncer Turguéniev le escribe al viejo Lev una carta de amistad y reconocimiento, “una de las cartas –piensa Wiesenthal- más generosas que hayan podido escribirse dos compañeros de oficio:

Querido Lev Nikoláievich:

… Le escribo para decirle qué feliz me he sentido al ser su contemporáneo…

A Mauricio Wiesenthal le hubiera gustado también haber sido contemporáneo suyo. Los lectores de Wiesenthal –éste al menos- nos conformamos con recomendarles –vivamente- este librito sobre el viejo Tolstoi. Una espléndida delicadeza. Créanme.




Archivo histórico