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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

¿Nunca os hablé de Jonathan Carroll, verdad?


Lo siento; pero no. Nunca os he hablado de Jonathan Carroll, y me culpo por ello. Merezco una buena reprimenda. Sin embargo tengo una buenísima excusa: yo tampoco conocía la obra de este neoyorkino profesor de la American International School en Viena.

Fue este verano, antes de marcharme a pasar unos días a la barbarie incontrolada de las fiestas patronales de mi pueblo en mi Alcarria natal, cuando mi librero, conocedor de mi amor y dedicación a Philip K. Dick y a sus universos psicóticos y dislocados, me recomendó su último libro editado en España por La Factoría de Ideas. Su título, El fantasma enamorado, no es precisamente un estímulo para elegirloen el mostrador así que al notar mi reticencia se apresuró a aclararme: “Vas a ver, es como una mezcla del mejor King (don Esteban) y el más lisérgico K. Dick (don Felipe), pero más pasado de vueltas. Y además, es un excelente escritor”.

Llevaba toda la razón: un absoluto descubrimiento. Naturalmente a mi vuelta he rastreado todos sus libros que son unos cuantos y ya se apilan al lado de mi sillón de lectura ordenados cronológicamente. Para conseguir algunos he tenido que echar mano de Amazon y comprarme los originales, pero estoy seguro que mi esfuerzo en leerlos en el idioma que están escritos me va a compensar lo suyo. Acabo de abrir boca con El mejor hombre del amigo, premio World Fantasy de 1988.

Hablemos de fantasía (toda creación lo es después de todo). Y ese es el universo por el que pulula nuestro autor. Pero un fantástico que se nutre del absurdo, del desorden, y que descoloca a un lector no preparado desde las primeras páginas trasladándolo a través de espejos deformantes a una realidad asolapada que va más allá de los clásicos mundos paralelos y que muestra la turbadora idea de un hombre con absoluta capacidad de control sobre sus actos naturales y/o sobrenaturales ─y no estoy refiriendo del libre albedrio precisamente─. Carroll va más allá, mucho más allá. Fly, fly and away como cantaba el jingle de una compañía de aviación.

Leyendo reseñas hay quien asocia su estilo a una variante del realismo mágico sudamericano. Yo debo confesar que al menos en la novela que nos ocupa, no veo los parecidos o similitudes por parte alguna, como no sea la endemoniada facilidad que Carroll tiene de presentar lo más bizarro como lo más natural del mundo. Aunque nunca intenta sorprenderte, sólo te invita a jugar su maravilloso juego de realidades alteradas y deja en tus manos aceptar o no. Si lo aceptas, prepárate para una experiencia que en absoluto te va a dejar indiferente.

La obra de Carroll, como las de otros grandes autores etiquetados como literatura de género (sea este ciencia-ficción, o misterio, etc.), corre el peligro de pasar inadvertida para el público lector adulto que pasa con la ceja arqueada frente a las estanterías que las muestran, conscientes esos lectores de que ellos han crecido y se han desarrollado intelectualmente y que esas son lecturas para muchachos. Y en muchos casos llevan razón, pero esa obviedad, como la mayoría de las que se mueven en el mundo literario, les impide gozar de verdaderas obras maestras. Y no hablo de los demiurgos al uso, ojo. Que haberlos haylos.

La novela comienza con accidente común: Un hombre cae en la nieve, se golpea la cabeza contra un bordillo de piedra y muere; sin embargo, sucede algo extraño: el hombre no está realmente muerto, y el fantasma que ha sido enviado para llevarse su alma a la otra vida no sabe qué hacer… Lo que viene después no es más que la prueba de la maestría literaria de su autor, que en diferentes niveles de lectura culmina una crítica feroz, de tintes swiftianos sobre el mundo actual y las relaciones interpersonales con un estilo lúcido, una escritura impecable trufada de un surrealismo e hiperrealismo viral que infecta al lector como lo hace en la novela con los ordenadores que regulan las vidas de los protagonistas.

Bien, ya os hablé de Jonathan Carroll. Ahora ya no podéis aducir desconocimiento o ignorancia; así que, hacedme caso y corred a por la novela.




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