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El pizarrín

Javier Goñi

De los beneficios del correr

Déjenme que les diga que se nos ha echado encima el otoño, y a mí me ha dado por correr o, más bien, por leer cómo corren. Importa poco que a algunos –es mi caso- el retorno de la rutina tras el verano les llena la cabeza de buenos propósitos, y uno de ellos tal vez sea aligerar de (sobre)peso este pizarrín, otra cosa es que se consiga, y tal vez me apunte –tal vez, ya digo- a un gimnasio, uno cerca de casa. A un paso de mi sillón preferido.


Me llegaron hace unos días los tres juntos, tres miniaturas francesas, tres delicias, bien recomendables. Un Modiano. Un Michon. Un Echenoz. Tres pesos ligeros, tres palabras mayores, para quienes gustan –también es mi caso- de estas delicadezas. Las tres en Anagrama. Me decidí  por Jean Echenoz, por puro capricho, por el título provocador, impactante, certero, claro, preciso: Correr. Lo anterior que había leído de Echenoz fue Ravel, que iba de Ravel. Como este libro de ahora va de correr, pero sobre todo de Emil Zátopek, aquel checo estajanovista de las piernas, atleta del Estado, que había empezado a correr cuando los alemanes habían invadido su tierra y que luego se había hecho corredor de fondo, camarada maratoniano, hombre de mármol, como el albañil estajanovista de la película del polaco Andrzej Wajda.

Me preparé la otra tarde a conciencia: en mi sillón preferido, ropa ligera, calzado cómodo, fumar no fumo, me iba a servir un gin tónic, pero al final –qué tendrá el otoño, que te mueve a hacerte promesas que luego no cumples- me serví aguadevichí con una rodajita de limón, o dos. Y dediqué toda la tarde –qué placer- a Echenoz. Los franceses, ya se sabe, son como son, y esta vez a Echenoz le ha salido un Zátopek un tanto frío, como si se hubiera puesto a mirarle –Echenoz al checo- desde la cuneta, pero con cuidado de que no le salpicara en ningún momento Zátopek, que en poco más de 140 páginas corre lo suyo, a su aire, sin método, ni apenas preparación –sólo correr, correr, correr- pisando charcos, sorteando placas de hielo y sin más esponsorización que el aplauso de la órbita marxista-leninista. Qué fuerza de voluntad para correr –sólo correr, correr, correr-, la de Zátopek, y qué poca necesidad de pensar por su cuenta, qué aceptación tan natural de la realidad: si, camarada, por supuesto, camarada.


Las carreras se las llevó todas de calle, el medallero ya no le cabía en casa, los aros olímpicos asomaban por las ventanas de su domicilio, pero igual que un día empezó a correr Zátopek en las primeras páginas de este libro, deja de hacerlo, al final, en las últimas páginas. Sin más aspavientos. Tal vez ese tono aparentemente frío, distante que le ha dado Echenoz a su perfil de ese corredor de fondo, a mayor gloria del paraíso marxista-leninista, sea el correcto. A mí me ha gustado mucho. Aunque en ningún momento se puede hacer uno idea de lo que pasaba por su cabeza. A lo mejor Zátopek destacaba sólo por sus piernas.


Qué diferencia, dónde va a ir usted a comparar, con otro libro de mucho correr, que lo tenía yo más o menos aparcado en una carretera secundaria, camino forestal poco frecuentado, además de por muchas razones porque –encima- no es un autor que me interese mucho. No le he cogido el punto, lo confieso, vamos. Me refiero al japonés Haruki Murakami, de quien, la pasada primavera, Tusquets nos dio su carveriano –Raymond Carver, una de sus devociones- De qué hablo cuando hablo de correr. Debo confesar que me puse, la pasada primavera –ya olía, y el balcón de mi casa estaba entreabierto, y esa tarde, sí, ay, o ay por qué, sí me serví en vaso de sidra un cargado gin tónic: los buenos propósitos para el otoño-, a ojearlo, a ver de qué iba ese último Murakami. Pero ya desde la portada y luego, en el interior, con esas fotos en color, ese torso desnudo, me empezó a entrar una especie de sopor, como si el sudor que chorreaba Murakami –ese japonés tan de moda- empezara a humedecer las páginas de ese libro, que hablaba de correr, y de escribir; de ser escritor y de ser corredor de fondo. De tener éxito con las novelas y de ganar o de participar o de destacar en el maratón de N.Y., o en cualquier otro, que Murakami no se pierde ningún maratón, que corre desde hace treinta años todos los días, esté donde esté, y haga el tiempo que haga. Y cada vez con más afán de superación.

La pasada primavera ponerme a correr con Murakami me dio pereza, la verdad. Ahora, días atrás, en esta despedida del verano y ya –o a punto, según cuando caigan en sus manos estas líneas- en la estación de otoño–el poeta Tomás Segovia, hijo de exiliado, abandonó México y se vino a Europa porque allí no había estaciones, y las añoraba: las estaciones o las añoras o te confunden, que sé a quién le ocurre-, lo he leído, arrastrado por el librito de Echenoz. Es un texto curioso el de Murakami.


3 de junio de 1996. Ultramaratón de 100 km. En el Lago Saroga

A veces tiene un irritante tono de telepredicador –como si no supiéramos las ventajas del ejercicio físico-, a veces parece un libro de autoayuda lleno de lugares comunes –pues no dice que en el gimnasio de Tokyo hay un cartel que te recuerda que es muy fácil que te atrape la grasa de tu cuerpo corporal, que lo difícil es que te abandone. Lo supongo bienintencionado y con deseos de ayudar al prójimo, pero todo el libro te da esa sensación –desagradable- como cuando estrechas la mano a un señor que le sudan –ostensiblemente- las manos. Murakami se regodea con esa sensación –gratísima, supongo, y se lo acepto desde mi sillón de leer- de notar cómo los músculos se van tensando, cómo el sudor invade su cuerpo –llega a decir que en cierta ocasión en un ginmasio trabajando los músculos con una monitora se le empapó hasta la ropa interior: de sudor, no hay ninguna duda, pero lo dice-.

Yo no puedo –lo confieso- más que simpatizar con aquel vecino irascible –creo haberlo leído en alguna parte- que desde la ventana de su casa hacía de francotirador de todos –y todas- los que se preparaban en el parque próximo –a tiro de su casa-, y acertó a más de uno. Lo detuvieron entre varios –tenía una evidente obesidad mórbida- y mientras lo metían entre los varios –y varios más- en el coche patrulla que quedó escorado gritaba que los odiaba a todos. Pues eso. Como decía doña Concepción Arenal –una adelantada- odia el delito, compadece al delincuente. Pues eso –repito-. Que el texto de Murakami se me ha hecho antipático e incluso un poco cuesta arriba –ja, ja, hasta parece un chiste-.

Si está claro por qué corre todos los días Murakami –ah, que no se me olvide: me gustó mucho la narración que hace de su maratón real, desde Atenas a la ciudad de Maratón, 42 kilómetros, que lo hizo y lo escribió para una revista norteamericana de hombres corredores, y es una notable pieza literaria, hay que reconocerlo: lo corrido por lo bebido: me gusta, sí, cómo se esfuerza pensando que tras la meta le estará esperando una cerveza bien fría: me convenció cuando lo leí: me levanté yo también y me fui a explorar la nevera-. Decía que si está claro por qué corre Murakami, igualmente claro lo tiene el delincuente juvenil que protagoniza esa extraordinaria novela corta de Alan Sillitoe que es La soledad del corredor de fondo (Biblioteca Breve de Bolsillo, Seix-Barral, 1969), que he cogido, estos días, para releer la historia y se me ha deshecho entre las manos –como dijo aquel bárbaro anti arte moderno bien está que desaparezcan, por la mala calidad de los componentes pictóricos, todos los tàpies y los de El Paso,  y gente así, pero no hay derecho que se nos deshagan los libros que conservamos en la memoria-.


El delincuente juvenil del relato de Sillitoe, que está internado en un Borstal (me entero por el traductor, Baldomero Porta, que en la Inglaterra de finales de los cincuenta eran establecimientos para rateros entre 16 y 23 años donde intentaban rehabilitarlos mediante el deporte y el trabajo) sabe muy bien que en su familia siempre ha habido –lo confiesa con desparpajo en la primera página- costumbre y afición a correr: a correr delante de la policía, aclara. El héroe de Sillitoe sí piensa esas mañanas frías sin desayunar en las que le envía a correr el director de su Borstal, quien ha depositado en él todas sus esperanzas de que alcance la victoria, ese joven delincuente. Quien haya leído el relato de Sillitoe o recuerde la película (1962) de Tony Richardson, de igual título, y uno de los mejores ejemplos del “free cinema”, sabe perfectamente qué ocurrió, y que decidió aquel corredor de fondo de cross-country.


La película de Tony Richardson la vi hace tantos –tantos- años en un cine-club de domingo por la mañana, en la Complutense, por ejemplo, en Caminos, quizás, o en un Colegio Mayor, tal vez, en el San Juan Evangelista, o en el Chaminade, no sé. La vida universitaria madrileña –hablo de lo que conozco- estaba dividida entre los que acudían, los domingos por las mañanas, a los cine-clubs, y los que jugaban al rugby en las pistas universitarias. Bien, vale, Antonio Resines, estudiante de arquitectura, jugaba por entonces al rugby y tal vez también iba al cine-club de Caminos. Vale. Pero sólo Resines. Los tiempos universitarios aquellos –los del tardofranquismo- eran propicios al compromiso. Cine-club o rugby. Los de cine-club éramos paliduchos y enclenques, y llevábamos gafas. Los de rugby, ésos eran como Murakami. Los de cine-club vimos todo el cine del Este, más allá del Telón de Acero descubrimos a las eslavas, mujeres polacas –las de las películas de Wajda-, checas –Milos Forman, aquella rubia, de las que nos enamoramos; aquel hermosísimo culo de Trenes rigurosamente vigilados-, yugoslavas. Para vivir al otro lado del Telón de Acero aquellas mujeres rubias, inmensas, de piel blanca pero saludable tenían una pinta estupenda. Luego, al encenderse las luces, la realidad nos ponía los pies en la tierra. Nuestras compañeras cinéfilas, faldas estampadas, botas de piel vuelta, melenas enmarañadas, ni una tentación de maquillaje no eran –evidentemente- eslavas. Siempre ha habido luchas de clases y siempre han ganado los otros: ellas, las compañeras más guapas, inaccesibles, lejanas, estaban en las pistas universitarias: los resines jugaban al rugby, al fútbol o hacían atletismo. Hasta corrían. Nosotros, cinéfilos de ojos enrojecidos, íbamos andando con nuestras novias cinéfilas hasta Moncloa, comentando: algún suspiro de admiración, algún avance epidérmico obteníamos explicando las obtusas metáforas de algunas películas. Yo me especialicé en un húngaro –difícil, elíptico, lo justificaba; un coñazo, la verdad-; en algunas de Bergman, y algo de Godard. Por no hablar del cine brasileiro –comprometido- de Glauber Rocha. ¿No habrá ahí, al otro lado de estas líneas, quien recuerde una película brasileña de muy principios de los años sesenta, situada en Río, en b/n, en la que se pasa toda la película el protagonista corriendo desnudo por las calles? Ahí sí que bordé la interpretación. Ahí sí que estuve hábil con las metáforas. Esa elipsis de la dictadura militar brasileña de entonces. Bueno, esa tarde, en mi casa, por fin, supe que no sólo los corredores de fondo tienen su recompensa. Era cinéfila, de Teruel, pero era rubia como una checa. Murakami me carga, pero nunca he dudado de los beneficios del ejercicio físico. Voy para el gimnasio.




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