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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Chabrol, su última fuga


Claude Chabrol fue para muchos de mi generación uno de los realizadores europeos más respetados a lo largo de años. Sus primeras películas, casi todas, se fueron estrenando en España una tras otra sin demasiados problemas con la censura. Fue una suerte, claro. Para ver otras había que esperar el viaje anual al otro lado de los Pirineos y darte un empacho de cintas prohibidas que mermaba mucho tu capacidad crítica. Más tarde, la situación política española ya permitió disfrutar de toda su producción sin interferencias censoras.

Este farmacéutico por tradición familiar que se recicló en uno de los nombres claves del cine francés de los últimos cincuenta años, empezó muy pronto. En 1958 ya nos ofrecía su primera película (y una de mis favoritas) El bello Sergio; al año siguiente ganaba el Oso de oro en el festival de Berlín con Los primos. Mientras tanto ejercía la crítica en Cahiers donde entró de la mano de Rohmer y se codeó con otros miembros de la nouvelle vague ─ese sarpullido de nuevos realizadores que dinamitó el cine clásico francés, y renutrió sus viejas raíces ancladas en el academicismo y la rigidez con un soplo de vida y libertad─. Representaban una nueva generación que no formó una escuela propiamente dicha como muchos han pretendido ver. La obra de sus militantes es dispar, ecléctica y transita por caminos absolutamente dispares y la perspectiva temporal no hace sino refrendarlo. Poco tiene que ver entre sí el cine de estos artificieros. La obra de Truffaut, Resnais, Rivette, Godard, Varda, Malle, y el propio Chabrol sólo tenía en común su afán por renovar el cine francés anclado en un esteticismo caduco; pero cada uno eligió un camino diferente, cuando no opuesto, en su forma de entender la estructura narrativa del cine.

Chabrol fue tal vez sin quererlo, una especie de figura aglutinadora y colaboró con alguno de ellos en sus principios. Este burgués bon vivant poseedor de bagaje cultural inmenso, gran devorador de libros y excelente gourmet, además, había heredado para el cine la fluidez narrativa de Balzac aderezada con la salsa al vinagre de otro antecesor ilustre de las letras francesas, Rabelais. Con esos dos maestros en mente y conocedor de las miserias de la burguesía francesa ─él mismo formaba parte de ella─ se lanza a retratarla en una serie de magníficas películas que plasman a la perfección ese submundo, cerrado y claustrofóbico, de leyes no escritas pero inmutables de la sociedad de provincia. Lo mejor de su producción, posiblemente esté ahí: La mujer infiel (1968), Accidente sin huella (1969), El carnicero (1969), Al anochecer (1971), La década prodigiosa (1971), o La ceremonia son algunas de ellas.


Creador de personajes inolvidables, le importaba más la forma de contar una historia que a veces la historia misma; la puesta en escena que el contenido. Rodaba con auténtica pasión, de la misma manera que vivía, y todas sus películas, incluso las menores, las alimenticias, están impregnadas de su alegría de vivir, su lucidez y su inmensa y contrastada ironía.

Con una obra extensa ─más de sesenta películas, más otras veinte realizadas expresamente para la televisión al ritmo casi de dos por año─ es normal que ésta transitara por los más diversos caminos aparte del de la crítica social y la denuncia de lo contaminante que puede llegar a ser el peligroso encanto de la burguesía: cine histórico, adaptación de casos célebres policiales, comedia, etc., están presentes a lo largo de sus años como realizador, pero fue en el polar francés ─la crónica negra a la francesa ─ donde probablemente se encontró más a gusto. Su marca de agua está presente en una serie de títulos donde mezcló lucidamente, comercialidad con oficio, inteligencia y claridad expositiva, rigor y lucidez en detrimento, a veces, de la propia verosimilitud de la trama.

Eficaz creador de ambientes, movía en ellos a sus personajes con la pericia de un consumado jugador de ajedrez, previendo sus movimientos con antelación y todos ellos destinados a alcanzar el jaque mate.
Su obra quedará para siempre, y cada vez que la revisemos ─y hay donde elegir─ compartiremos con él placer de descubrir a un auténtico narrador de historias.




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