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El pizarrín

Javier Goñi

Lancero a salvo

Déjenme que les diga que contra mi voluntad esto va a parecer, esta vez, una cosa excesivamente de hombres, una grosera fratría donde compiten falos, misiles y puros habanos. Todos ellos manecillas de un reloj excesivamente masculino, que más que marcar las doce y veinte se enorgullece de las doce y cinco, enhiestos falos, misiles y puros habanos. Toca hablar de JFK.


Y es que, por lo que se ve, el médico y escritor inglés Jed Mercurio –hasta la era digital tenía un apellido muy propio de galeno de familia- se encontró un día en un callejón de inmundicias un cubo de desechos hospitalarios donde estaba el historial médico de JFK y a partir del mismo hizo esta novela o lo que sea, Un adúltero americano (Anagrama), que es sobre todo una apasionante crónica de tres años de una presidencia mítica, cuando el presidente más atractivo de todos los tiempos de la joven república americana se las tuvo tiesas con segregacionistas, generales belicistas de su propio país, rusos –Nikita, Nikita- y cubanos, entre otras menudencias, y aún tenía tiempo para –entre otras cosas- nadar al mediodía, pues tenía la espalda destrozada además de un sinnúmero de enfermedades varias y variadas: una dosis nocturna de química aliviadora y sanadora podía estar compuesta, leo en una página del libro de Jed Mercurio, por “sustitutos hormonales, analgésicos, relajantes musculares, microbicidas, laxantes y calmantes estomacales”. Esto sólo en una página. En otras, más.

Admira, sí, que un hombre tan castigado por tal batería de males y dolores insoportables tuviera tiempo para ser un breve y estupendo presidente –la historia le absolverá, o no, como a todos, barbudos o barbilampiños-, para fumarse puros habanos que conseguía al margen de su propio bloqueo con sus amigos y para obtener rápidos desahogos seminales, que le proporcionaban –la mano de obra, no los desahogos, ojo- en la Casa Blanca La Tapadera, según Mercurio, o según la estupenda escritora norteamericana Joyce Carol Oates, El Macarra del Presidente, que no era otro que su cuñado –estaba casado con su hermana-, el mediocre actor Peter Lawford, quien, según Gay Talese, fue quien les presentó a Norma Jeane: primero a Bob K. –otro elegido por los dioses, otro que murió joven, y violentamente, así se hacía grande Camelot en el imaginario popular:-, y luego a Jack.


Y dice Joyce Carol Oates, en un vieja y voluminosa novela sobre Marilyn Monroe, Blonde (Plaza-Janés, 2000), que he rescatado y desempolvado de los nichos de mi biblioteca para leer, ahora, el capítulo “El príncipe y la niña mendiga” y los siguientes; y dice –digo- JCO que cuando se conocieron MM y JFK, ésta le dijo a mister President, “puede llamarme Norma Jeane” (su nombre verdadero, es sabido). Y quién sabe si ese inicial “puede llamarme Norma Jeane”, que tanto significa para la historia moderna del couché, versión Hollywood, no tenga –desde la perspectiva del mito de Camelot- la misma trascendencia que el “llamadme Ismael” del célebre inicio de Moby Dick,  de Melville para la literatura norteamericana. Aventuro sin el más mínimo apuro.

En el prontuario de males, de desarreglos corporales y de desahogos seminales –mano de santo, o de becaria, para sus dolores, alivio real de hombre enfermo y de ningún modo placebo-, que es, sí, el libro de Mercurio, apenas hay nombres. Completos. A veces un nombre, de mujer, casi siempre. Pero no me resisto a identificar, al final del relato de Mercurio, a un tal Bill, un jovencito de Arkansas que estrecha la mano del Presidente en el Despacho Oval, sin saber que varias décadas después se le derramaría todo su impulso de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas en el vestido de una becaria –esos 15 minutos de gloria de los que hablaba Warhol-. A JFK las becarias –dispuestas- se le metían, a sugerencia presidencial, debajo de la mesa del Despacho Oval.

Mercurio me está llevando a Joyce Carol Oates y a la hora de los habanos pasaremos, si les parece, a la biblioteca y cómodamente sentados –tal vez JFK en una mecedora, por sus dolores de espalda, por sus desarreglos estomacales, intestinales, urinarios, por todo; tal vez, digo, se siente en una mecedora, puede- nos ocuparemos de William Styron, el novelista sureño, grande, grande, y descendiente de esclavistas, y de Gay Talese, el periodista neoyorkino, grande, grande, e hijo de un sastre italiano y de una ama de casa de la misma sangre.


Y es que en Mercurio aunque tiene voz y acciones diversas MM, donde resplandece en toda su belleza la rubia de Camelot es en Blonde, la novela que le dedicó Oates. Ésta, mujer y novelista, apuesta por Norma Jeane y parece no simpatizar demasiado con la satiriasis presidencial, y la de su entorno. Era leyenda –dice Oates- que después de desahogarse se las pasaba a su hermano Bob, a su cuñado el mediocre Macarra –el contacto con Frank Sinatra, con las actrices de Hollywood- y al resto de la fratría. A MM, no, nunca, dice Oates (Mercurio cuenta la frialdad con que JFK, que ya había cortado con ella, recibe la noticia del suicidio de MM; estaba en otras guerras JFK, o en intentar evitarlas). Y aunque Mercurio se ocupa, cómo no podía ser menos, del célebre “Happy Birthday to you, mister President” en el Madison Square Garden, prefiero ir a buscar las páginas de Oates, que lo cuenta con detalle –no sé si de novelista o de historiadora: yo sólo soy lector de novelas.

Cuando le organizaron esa fiesta sorpresa y multitudinaria –Jacqueline Bouvier, la Primera Dama, ni apareció, no gustaba de esas aglomeraciones- en el Madison, MM estaba leyendo las Obras escogidas de Chéjov, pues fantaseaba con la idea de hacer teatro en Nueva York, nada menos que Las tres hermanas del escritor ruso y ella se veía –fantaseaba- como Masha, una de las tres. “Bebida y encocada hasta las cejas” –según la traducción española del texto de la Oates-, compareció embutida en un ceñido vestido de color marfil o color blanco o color carne, sin nada debajo, un vestido que había necesitado –se dice creo que en Mercurio, tal vez también en Oates- ayuda para ponérselo y, seguramente, señor presidente, ayuda para quitárselo. Cantó como sabía el “cumpleaños feliz” para JFK, que la oía y veía, él fumándose un puro habano, de los mejores, ya por entonces sujeto al embargo el tabaco cubano, y oyéndola también estaba el enjambre de asistentes, amigos y aduladores, y uno de ellos, que debía tenerle mucha confianza –sigo el relato de la Oates-, le dio un codazo a JFK, el puro habano entre los dientes, y le dijo: “espero que folle mejor de lo que canta, Presi” y JFK murmuró, mirándola, según Oates: “No, pero al menos mientras te la tiras, no tienes que oírla cantar”.


En fin, aprovechemos que el Presidente está fumándose un puro y pasemos al  libro de Gay Talese, Retratos y encuentros (Alfaguara, 2010), donde dedica el último de sus textos –espléndidos todos ellos- a su afición por los puros habanos, que se inició, confiesa, en los tiempos de Camelot, pues JFK se dejaba ver muy a menudo en público fumando habanos y, como todo lo que tocaba él, pronto fumar puros –recuerda Talese con cierta nostalgia tantos años después- fue algo juvenil y romántico. Amigos periodistas cercanos a la Casa Blanca le proporcionaban –antes y después del embargo- a Talese, buenos  habanos y todavía –en el momento de escribir esa crónica- recordaba una caja de habanos Churchill que le regaló un colega algo más que amigo, por lo que se ve. Y habanos Churchill –no sé de qué calibre- fuma JFK en el libro de Mercurio.


El gran novelista sureño William Styron es el autor de otro estupendo libro de crónicas, éste titulado con el título de la primera crónica que es la que nos interesa, Habanos en Camelot (Ediciones La otra orilla, 2009), donde a partir de una noticia que había leído sobre el alto precio por el que se había  subastado el humidificador de nogal de cigarros de JFK, publicó en 1996 un artículo en Vanity Fair, donde se deja llevar por la ensoñación narrativa y cree oler todavía, a modo de magdalena proustiana, el aroma de los habanos de JFK, por los que el presidente –escribe Styron- “sentía una debilidad tan impetuosa y kennedyana”. El escritor era amigo de dos miembros cercanos de la corte de Camelot, Arthur Schlesinger, Jr., y Richard Goodwin, fumadores empedernidos de habanos como JFK, tanto que a Styron, que sólo fumaba cigarrillos, los habanos le parecían como una subcultura de la Casa Blanca. Y con tales amigos, consiguió no sólo, una noche de abril de 1962, ser invitado a una cena de gala en la Casa Blanca –ésas que tantos ardores estomacales le causaban a JFK, y de las que levanta acta Jed Mercurio en su libro, donde  cena él, en la Residencia, si la agenda lo permite, dietas blandas que le hacen perder no ya el apetito sino el humor-, sino también tomar los licores y los habanos en petit comité con el entorno presidencial más íntimo.

Styron, por cierto, ese caballero sureño, que en ocasiones había utilizado como excelente material literario los desmanes esclavistas de sus antepasados, fue a esa cena acompañado de su amigo James Baldwin, como escribe Styron, el más famoso escritor negro norteamericano del momento. Negro, homosexual, y de convicciones radicales agrego, con lo que es inevitable suponer que no le fue fácil serlo, el más famoso escritor negro.

(En fin, James Baldwin es un autor bien traducido en España, primero en Lumen y en Alianza Editorial, en bolsillo, y en los años ochenta del siglo pasado por la Editorial Versal, que es quien le trajo a España, entonces: le recuerdo en una entrevista personal y posteriormente en un masivo cóctel literario de los de la época en el jardín del madrileño hotel Miguel Ángel. Era de piel muy oscura y unos ojos de carbón muy vivos y escrutadores. Un par de décadas antes había sido amigo de Jaime Gil de Biedma y como tal aparece, por cierto, en la película Cónsul de Sodoma, de Sigfrid Monleón, tan vapuleada por algunos y que a mí –la he visto este verano en DVD- me ha gustado más de lo que Marsé, del que me fío, y compañía me habían hecho creer, aunque me parece a mí que el negro que hace de Baldwin en la película era un negro que pasaba por ahí y es una escena –copas, tapeo barriobajero y cama- que bien se la podían haber ahorrado; pero uno no es más que un espectador, a veces, y otras, tan sólo un lector de novelas.)


Volvemos, abril 1962, a la Casa Blanca. A la cena, que presiden Jack y Jackie. Para Styron “resplandecían literalmente”. Se me ha traspapelado el Vanity Fair de julio de 1996, pero en esta reciente edición española la cursiva no sé si la ha puesto la traductora, Dolors Udina, o el propio Styron en el original. A todo el mundo, eso sí, les parecía “la pareja de oro”, y todos, asegura, quedaban cegados por el glamour que desprendían. Para contrarrestar el efecto, Styron se emborrachó a conciencia y, añade, “prematuramente” (no sé, tal vez antes de que sirvieran el primer plato). Pudo ver –y oler, eso sí-, que todos los caballeros fumaban golosamente cigarros puros. Incluso JFK, que –anota- “estaba enfrascado en una conversación con una joven despampanante de melena dorada y la saboreaba al manos tanto como su Churchill”.

Habanos Churchill fuma JFK en el libro de Mercurio y tantos años después Guy Talese todavía se acuerda de la caja de habanos de esa marca que le regaló, a pesar del embargo, un buen amigo periodista, con contactos, a lo que se ve. Styron  no los tenía del mismo calibre, los contactos, y cuando se fumaba un puro tenía que optar –escribe- por los canarios que, según él, eran los mejores que había –dice- en el mercado norteamericano de entonces, después de los habanos.


Al verano siguiente, el último verano de JFK, por cierto, Styron y su mujer fueron invitados por el presidente y Jackie a dar una vuelta en su yate en compañía de otros amigos, una travesía desde Cape Cod a Martha´s Vineyard, ese pedazo de tierra chic de aristócratas neoyorkinos, donde tenía una casa Styron, en la que murió en 2006, y donde también –no sé qué año: lo acabo de ver en Google: 1999, tanto, ¿eh?-- se estrelló, una noche de mal tiempo, la avioneta del guapo John-John, el hijo de JFK, que siempre está durmiendo en su camita en la novela de Mercurio. A John-John y a Caroline les lee cuentos por las noches, en la Residencia, JFK en el libro de Mercurio.

Volvamos al yate. Verano de 1963. Styron, JFK y demás. Eran siete pasajeros. Les seguía a distancia un guardacostas. El mar estaba furioso como un almirante republicano al que JFK no le hubiera permitido disparar sus misiles contra suelo cubano o soviético. Los bloody marys -en el libro de Mercurio le producen a JFK una acidez de estómago insoportable, pero los bebe- y la comida servidos por un camarero filipino manifiestamente nervioso y el encolerizado océano hicieron que bebida y comida acabasen frecuentemente en sus ropas. Pero se lo pasaron muy bien, recuerda Styron. Se repartieron puros habanos, fabricados en La Habana y enfundados en tubos  plateados. Partagás. Un objeto ilegal, de contrabando. Styron se lo guardó para otra ocasión y cuando JFK no miraba sacó de su chaqueta un puro canario y se lo fumó. Tan sólo unos meses después, un viernes, al enterarse de lo de Dallas, sacó su Partagás y se lo fumó en su memoria. En el libro de Jed Mercurio esa faja ortopédica que ha estado poniéndosela y quitándosela –en realidad sus ayudantes o, si estaba presente, fiel y amorosamente la Primera Dama- a lo largo de casi 400 páginas le impide agacharse al oír el segundo disparo. Acaso hubiese salvado la vida, aquel viernes de Dallas. Da igual, ese día ningún agente del Servicio Secreto, que tantas veces habían cubierto el perímetro de la mesa del Despacho Oval, una habitación de hotel a mitad de camino donde paraba discretamente la comitiva presidencial, o una piscina de Florida, o donde se les exigiese, a los del Servicio Secreto, que fuesen discretos pero vigilantes, ese día ningún agente pudo transmitir a otro compañero la consigna tranquilizadora: “Lancero a salvo”. Ese viernes, en Dallas, JFK dejó de tener más dolores agudos o necesitar alivios seminales efímeros pero eficaces. Ese viernes murió en brazos de la Primera Dama. Como debe ser. Él siempre creyó en la familia. JFK, un adúltero americano.




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