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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Réjean Ducharme o la Aventura del lenguaje


Como otro ilustre precedente, Arthur Rimbaud, el canadiense Réjean Ducharne ya había escrito lo más importante de su obra a los veinticuatro años de edad. La publicación de L´avalée des avalés apareció en el mercado francófono en 1966 y tuvo un éxito sin precedentes en las letras galas tanto por parte de la crítica como del público. Esto llevó a su autor a exilarse del mundo exterior y de la pompa y circunstancia del mundo editorial, asustado de su propio éxito.

En los años siguientes aparecieron otras tres novelas todas ellos centradas en el mundo de la infancia. En 1976 Les enfantômes, que retoma el mismo tema: la destrucción por parte de los adultos, en su afán por protegerla, de esa edad dorada que es la infancia. Luego, un largo silencio hasta la aparición de en 1990 de Dévadé, la historia de un adolescente inadaptado que le sirve de nuevo para reflexionar sobre la dificultad de escapar a un destino trazado de antemano por unas reglas sociales ya pervertidas en su mismo origen. En el ínterin y hasta la fecha, y bajo el pseudónimo de Roch Plante, se ha dedicado a escribir guiones para el cine y televisión, obras de teatro y letras de canciones. Y hasta se ha atrevido a transitar por los caminos del arte pictórico. Un artista multidisciplinar como puede verse y con un universo propio que no ha abandonado desde la publicación de su primera obra, El valle de los avasallados, que publicada ahora en castellano por Ediciones Doctor Domaverso en una cuidada, culta, irónica en sus comentarios e impecable translación al castellano de Miguel Rei ―que con todo merecimiento debería aparecer en portada―, donde recrea esa maravillosa aventura del lenguaje ducharmiano, que a partir del calambur del propio título propone el autor y cuya dificultad extrema para verter al castellano en esa sucesión de juegos de palabras, neologismos, repeticiones e iteraciones del lenguaje, mezcla de nombres y citas, es vencida por su traductor a fuerza de un trabajo concienzudo de exquisita agudeza y conocimiento perfecto del inflamable material que tiene entre manos.


Berenice Einberg es la protagonista de esta historia. Tiene nueve años cuando comienza su relato. Y quince cuando lo acaba. Su lucha consiste en negarse a ser devorada por el mundo de los adultos, permaneciendo para siempre en el mítico país de la infancia. Este trasunto de Peter Pan pasado por el tamiz del pensamiento sartriano no libra lúdicas luchas contra piratas en islas remotas pertenecientes al mundo de los sueños ―aunque ella misma viva en una situada entre dos brazos de un gran río canadiense, en una abadía reconstruida y sobre la que pasa el puente del ferrocarril―, sino que su lucha va dirigida contra el mundo cotidiano que la rodea: un padre judío practicante bastante violento, una madre ferviente católica que parece ignorarla y un hermano al que reprocha su cobardía por amoldarse a las reglas del juego que ella pretende dinamitar. Su familia, según nos es presentada, está en pleno proceso de descomposición y ella se aprovecha de ello colocando cargas de profundidad por todos los resquicios.

Berenice va desgranando sus pensamientos a través de las páginas de la novela. Y estos pensamientos nos muestran el universo de su vida cotidiana construido tal vez por su propia imaginación en diferentes capítulos en los nos va presentando a los distintos personajes que la rodean y lo que ella piensa sobre ellos. Otros capítulos nos muestran sus reflexiones de una forma filosófica a través de monólogos interiores de especial fuerza. Posiblemente, como la excelente narradora que es, manipula la realidad para mostrarnos su propio punto de vista, que, a través de una escritura de frases cortas y pensamientos que saltan con vertiginosa velocidad entre sus líneas ensamblados en una estructura casi infantil del discurso en el que retrata el mundo de los adultos ―un mundo absolutamente alienígena a los ojos de la niña― en el que se resiste a entrar. Sin embargo choca su cultura, aprendida a través de la lectura ―ella vive lo que lee y se convierte en su resultado― y es aquí donde el brillo de la inteligencia de Ducharme se muestra en todo su esplendor en el uso de la intertextualidad: hay pocas páginas de la novela en las que no aparezca una cita, un pensamiento cruzado de un amplio espectro de autores que van de Homero a Sartre pasando por Catón, Lope de Vega, Descartes, Voltaire, Rimbaud, Edgar A. Poe y un largo etc., logrando que las palabras de estos maestros adquieran un nuevo significado en el contexto de la narración y sirvan como un elemento catártico de proporciones no imaginadas para la protagonista y un reto para el lector que quiera seguir pistas literarias.

Cuarenta años después la novela sigue manteniendo su fuerza narrativa y su interés por encima de modas y corrientes. Un auténtico placer releerla.




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