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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Casablanca

 OTROS DESTINOS

Lo primero que pensé camino de Casablanca, desde el aeropuerto (compartido con Rabat), fue: «¿cómo es posible que no se nos haya ocurrido antes venir a pasar aquí un fin de semana?». Pensamiento éste que me acompañó hasta el despegue, de vuelta a casa.


Mi guía y el Sheraton de Casablanca

En aquel par de soleados días de mayo recorrimos con interés casi antropológico cada uno de los atractivos turísticos señaldos en nuestra guía (Spiral Marruecos, El País-Aguilar), y cada uno de los barrios que nos recomendó el recepcionista del Hotel (Sheraton Casablanca Hotel & Towers); algo así como si inspeccionáramos el territorio para identificar las razones de una siguiente visita, esa que será aún más plácida.

La excelente ubicación de nuestro alojamiento nos permitió aprovechar el tiempo al máximo: por la mañana para poner el pie en la vieja medina apenas habíamos terminado de desayunar, por la noche para regresar paseando de la sustanciosa cena, al día siguiente para coger el tren hacia Rabat...

Paseando por la vieja medina, que en aquel momento se desperezaba, reconocimos el Marruecos que conocíamos, el de las callejuelas de Marrakech, y nos pareció ver pasar a toda prisa las sombras de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman (no sé qué hacían allí porque la mítica Casablanca se rodó íntegramente en Hollywood).


Mezquita de Hassan II

Creyendo que estábamos cerca, caminamos entre el mar y la ciudad hacia el monumento del momento: la Mezquita de Hassan II. El recorrido, sin más interés que el que se desprende de sus nuevos edificios acristalados en construcción frente al Atlántico, se nos hizo tedioso y eterno. La espera hasta el siguiente turno de visita en español nos permitió reponernos del cansancio entretenidas con los juegos de los muchos jóvenes que disfrutaban del baño salado.

Ya en el interior de la impresionante Mezquita, coincidimos casualmente con un grupo de conocidos, el equipo informativo de Punto Radio, desplazado a Marruecos para emitir al lunes siguiente desde Rabat. Que a cada paso un(a) turista español(a) quisiera hacerse una foto con Luis del Olmo no nos impidió maravillarnos. En sus 17 años de existencia, la Mezquita de Hassan II se ha convertido en un icono del Islam y no es de extrañar: instalada literalmente sobre el océano (lo cual está dando ya sus problemas) permite orar al unísono a 25.000 fieles en un entorno de insólita belleza, fruto del trabajo de 2.500 artesanos marroquíes, bajo un techo capaz de desparecer para dar paso al cielo. Dicen que costó 500 millones de euros, poco me parece.


Mezquita de Hassan II

 

Del faro de la fe decidimos continuar por la costa al faro marítimo y de ahí al Bulevar de la Corniche, otro derroche, pero éste de glamour con olor a bon vivant. Comimos en uno de los lujosos restaurantes que se suceden sobre la playa entre columpios, piscinas y tumbonas de piel blanca. No es mal sitio para reposar.


De la Mezquita al Bulevar de la Corniche


En un taxi que se averió a medio camino y otro cuyo conductor lucía el escudo de la policía de Guadalajara (México, supongo), nos desplazamos al barrio de los Habbous, donde se encuentra la medina nueva, construida por los franceses, frente al Palacio Real. Un lugar tranquilo y limpio, con niños jugando en las calles y artesanos charlando a la puerta de sus talleres, comercios repletos de mercancía abiertos a la calle y cafés que invitan a tomar el té. En la terraza de uno de ellos dejamos pasar lo que quedaba de tarde.


Habbous

Ya en los alrededores del hotel cenamos un couscous sencillo pero sabroso y nos quedamos con las ganas de probar los pollos que giraban por docenas en asadores llameantes instalados a las puertas de no pocos restaurantes próximos al Mercado. Iluminadas entre otras por las luces de los puestos de flores volvimos al hotel, con ganas, muchas, de tumbarnos (de todos es conocido el confort de las camas Sheraton). ¡Qué descanso!

Aún estaban colocando los puestos cuando entramos en el Mercado, un mercado singular con tiendas y puestos ambulantes ordenados en torno a un patio abierto. Y de ahí a desayunar de nuevo en otro mercado, el de las grandes marcas y las cafeterías afrancesadas, en los alrededores de las torres gemelas de Ricardo Bofill, en el moderno barrio Maarif.


Villa des arts

Pasamos por delante de la Villa de las artes, cerrada por ser domingo, y atravesamos el animado Parque de la Liga Árabe -al entrar en el parque, se nos acercó una mujer joven y entre sollozos nos contó que se había venido a Casablanca para servir en una casa pero que sus empleadores no estaban y nadie sabía darle razón de ellos, el resumen era que necesitaba volver a Marrakech y no tenía dinero para el billete, le dimos lo que nos dijo que nos costaba le costaría y algo más para gastos extras, ella se fue a la estación en taxi y nosotras caminando-. Recogimos la maleta en el hotel y nos subimos al tren que una hora más tarde nos depositaría en Rabat


Parque de la Liga Árabe

La mayoría de las fotos las hizo Eva Orúe; el resto, yo misma. 

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