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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Ciento cincuenta millas


El año pasado, más o menos por estas fechas, os relaté mi fin de año en San Francisco, pero no las extensiones (como gustan decir los agentes de viajes) que sumamos a tan gratísima estancia. Bueno, pues pasada ya la resaca, retomo a aquel periplo para contaros dónde estuvimos y qué vimos. Nada más salir de San Francisco, por la 1, en Pacífica, nos encontramos con una concentración de surfer@s.

Es una playa de arena oscura y piedras. Seguimos adelante. Y al ver que ni el fuerte oleaje ni el frío (potenciado por el viento) impiden el baño en las playas de arena dorada de Montara a los ociosos californianos, decidimos pararnos. A contemplar, sólo.

Vamos camino de Big Sur. Nos dejamos llevar por la carretera número 1, y con ella avanzamos entre terrenos y playas salvajes libres de construcciones. Un placer. Hay gente en todas las playas, no importa que sea invierno, no importa que sea día laborable.


Guiadas por los reclamos turísticos, buscamos Pigeon Point. Al parecer un lugar de extraordinario interés. Lo encontramos.  En Pigeon Point, al lado del faro, hay un albergue internacional. No hay más en Pigeon Point. Bueno, nos bajamos del coche y estiramos las piernas.

Es exactamente lo mismo que nos pasa en el Parque Natural de Año Nuevo. Rutas anodinas, bueno, no exactamente anodinas, digamos prescindibles, a no ser que dispongas de tiempo para alejarte con el guía y visitar una colonia de leones marinos.

Con la sensación de habernos colado en una película ambientada en los años cincuenta, paramos a comer en Santa Cruz. Tal vez sea la estructura del edificio que domina la solitaria playa, con forma de barco bucanero y que alberga sala juegos (billares, mini golf, etc.) y casino. No falta nada. Ni siquiera ese desasosiego que produce el vacío provocado por la ausencia de público suficiente para llenar unas instalaciones desproporcionadas por obsoletas, pero vivas. Ni la zozobra que desencadena leer en un gran luminoso «casino infantil» y comprobar que efectivamente, aunque los premios sean peluches, los niños juegan en mesas y tragaperras con fichas de valor pecuniario. Ni el mal rollo que da ese autómata del siglo pasado saludando de manera repetitiva a nadie y riéndose sin tregua; por mucho que sea uno de los 300 autómatas construidos por Philadelfia Toboggan Co para recibir a los visitantes de las Casas de la Risa y Parques de atracciones entre 1930 y 1950, es una pesadez. Comemos unos perritos calientes (¿qué si no?) en los soportales que miran a la playa, echamos unas partidas en los flippers y paseamos por la arena. El parque de atracciones contiguo está cerrado, pero la alambrada no nos impide contemplar su famosa Montaña Rusa (llamada en Rusia Montaña Americana) de 1923. Pero, aunque lo parezca, no debe ser una ciudad fantasma, gozan de Animal Spa y Animal Hospital, entre otros servicios.


Extensas plantaciones de alcachofas a la izquierda y playas de dunas a la derecha perfilan nuestro camino entre Santa Cruz y Monterey, entre Marina y Castroville.


Llegamos a Monterey cuando ya ha anochecido. Nos hubiera gustado entrar al acuario que tanta fama tiene pero están a punto de cerrar, y sabemos que si al día siguiente lo visitáramos se nos haría demasiado tarde, ¡otra vez será! Paseamos por el viejo puerto cuyas enlatadoras de sardinas lucen hoy reconvertidas en tiendas y restaurantes, Cannery Row. Cenamos sobre una pequeña cala del puerto, en The Fish Hopper, la maravillosa sopa de pescado californiano-noruega, algunos mariscos y un par de dulces de su espectacular fuente de postres. No sirven la mejor comida californiana que uno pueda llevarse a la boca pero su corredor sobre la playa ofrece un agradable respiro.


En Munras Avenue, a las afueras de Monterey, los moteles se suceden uno tras otro, y la mayoría de ellos exhiben el cartel de Vacancy. Optamos por un Best Western que, como era de esperar, no nos decepciona. Habitación amplia con televisión, tabla de planchar y plancha, secador de pelo, reloj despertador, cafetera, café, infusiones, azúcar, tazas... lo cual no quita para que en un pequeñísimo local todo, tostadora incluida, estuviera dispuesto para el autoservicio de desayuno. Aviso para navegantes: a las 8 de la mañana ya sólo quedaba un bollo dulce.

Damos un paseo por el viejo Monterey, y seguimos ruta.


Nos despistamos y dejamos atrás la carretera por la queríamos seguir, la 17 Mile Drive, así que, por la 1, en 5 minutos estábamos en Carmel, creyendo que aún no habíamos salido de Monterey. Este pueblo, del que en los años ochenta fue alcalde Clint Eastwood, es un lujoso paraíso cuya playa a las 8:30 ya estaba llena de gentes a la última paseando a sus cuidados perros. Nada que os cuente os hará sentir el glamour de Carmel, que es mucho y muy auténtico. Tal vez ojear una de las páginas web dedicadas a la localidad o transmita algo de su exacerbado gusto por la buena vida. Casas bajas, calles tranquilas, variadísimos coquetos comercios familiares, locales amplios y una llamativa concentración de galerías de arte y tiendas de decoración, en cuesta sobre una enorme playa semisalvaje de arena blanca. Eso es Carmel. Lo otro, el mogollón, las grandes superficies y los souvenires se lo dejan a Monterey.

Inevitablemente, nos acercamos a la Misión de Carmel. Dedicada a San Carlos Borromeo es hoy un homenaje a su fundador el Padre Junípero Serra, pero también exhibe objetos de comienzos del XIX pertenecientes a la familia Munras y obras del artesano restaurador de la Misión en los años 30 del siglo pasado, Harry Downie, así como un Via crucis de 1800 y una pintura del mejicano Miguel Cabrera, Nuestra Señora de Guadalupe.

Volvemos a la 1, pero lo hacemos por la 17 Mile Drive, con la sensación de estar financiando sus caprichos a una colonia de ricos. Para circular por la  17 Mile Drive hay que pagar peaje [entonces, 9 dólares por coche], los puntos marcados como de interés sólo lo son en escasos casos, eso sí, se atraviesa un espectacular campo de golf, baste decir que el obstáculo de agua en algún que otro hoyo es el Océano Atlántico. Ahí queda eso. Me imagino que los buceadores buscadores de bolas se deben forrar.


De Carmel a Big Sur, cambia el paisaje completamente, la frondosa vegetación en la que nos encontrábamos se convierte en matorral de poca altura que cubre los montes que nos custodian, y las playas de arena en acantilados de piedra hasta muy cerca de nuestro destino, donde de nuevo son montañas de arena las que conversan con el mar. A lo largo del camino hay multitud de puntos para parar y contemplar las vistas. Apenas hay casas, pero las que vemos sobresalen de promontorios privilegiados. Imaginamos que hay muchos peces porque sobre el mar picado revolotean decenas de gaviotas. A la orilla, algunos becerros aprovechan el escaso pasto. Ya en Big Sur, la vegetación es de nuevo frondosa y el terreno está trufado de campings con bungalows y rutas para caminar. Los líquenes tapizan de ocres y vino las partes más bajas de las áridas montañas de arena que se funden con la carretera al borde de los acantilados.



El colofón a esta ruta panorámica que nos ha alejado unas 150 millas de San Francisco, lo aporta la terraza de Ventana Inn. En el monte, sobre el mar, si el día está soleado no se puede pedir más. El personal, como en toda California, es amabilísimo, la comida excelente y los baños auténticas restrooms. Es un lugar para quedarse. Pena de prisa que sólo nos deja disfrutarlos tres o cuatro horas. Pero nos vamos volando a dormir en Mariposa, nuestra puerta a Yosemite.


Algunas fotos las hice yo; otras, Eva Orúe.

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