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Errata

Evaristo Aguirre

La primera en la frente


Me fui de vacaciones hablando bien de América, América, de Ethan Canin; me puse a elegir libros (lo he escrito aquí antes, pero insisto: qué bien se lee frente al mar…) y tenía en la cabeza la política americana y la época de Nixon, por lo que cuando eché un vistazo a la contraportada de El Consejo de Palacio, de Stephen L. Carter (Mondadori, con traducción de Fernando Garí Puig), y me topé con la guerra de Vietnam, Harlem, Nixon otra vez, los Derechos Civiles y un crimen, metí en la maleta sus quinientas y pico páginas en tapa dura.

Tenía que haber sospechado del crimen… No me gustan los crímenes; ni en la vida real, claro, ni en la literatura (los aguanto un poco más en el cine, qué se le va a hacer). He leído alguna otra cosa con muertes más o menos violentas estos días (ya les contaré), pero este crimen… Bueno, la verdad es que lo del crimen es lo de menos… Me explico:

Me calcé el tocho del señor Carter (Washington D.C., 1954, autor de una, al parecer exitosa, novela previa titulada El emperador de Ocean Park) en dos sentadas. Me interesó el retrato de la sociedad de Harlem de los años cincuenta, con una clase alta negra emergente; me intrigó saber qué había detrás del crimen de marras… La trama avanzaba con paso decidido, soltando un cebo que me fui tragando con facilidad, con apariciones (¿cameos?) de personajes históricos (como el malvado cerebro del F.B.I. Hoover), pero a medida que avanzaba los personajes me iban pareciendo cada vez más de cartón piedra, las peripecias se hacían más y más inverosímiles y la resolución me dejó como estaba antes de empezar a leer. Bueno, no pasa nada, me dije, te quedas con ese retrato, histórico, de esa élite negra. Pero ni eso; al final, en una nota, el tal Carter explica lo siguiente: “Sin embargo, no he sido totalmente fiel a los hechos. Los capítulos iniciales de esta novela descansan en un ligero anacronismo, La sociedad en la que se mueve Eddie Wesley [es el prota] era más propia de los cuarenta que de los cincuenta…”. Pero Carter… Y hay más: “He alterado una serie de acontecimientos históricos para adaptarlos a las necesidades del relato”. ¡Toma ya!


Así que me quedé sin justificación alguna tras esta lectura. Bueno, al menos fue rápida e indolora; pero también incolora e insípida. Por buscarle un lado bueno, me acordé de un libro que compré en un viaje a Francia hace unos años titulado Harlem 1900-1935, de varios autores (publicado por Éditions Autrement y coordinado por Isabelle Richet en 1993; y no está descatalogado), en el que repasa, sin engaños ni adaptaciones, esa etapa fundamental del barrio negro neoyorquino.

eaguirre@divertinajes.com




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