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El pizarrín

Javier Goñi

Un funeral vikingo


Déjenme que les diga que en cierta ocasión, en un verano de hace unos cuantos veranos, me quedé atrapado unos últimos días de agosto en París en plena rentrée. No se podía avanzar ni retroceder. Los coches varados, las aceras atestadas de novedades, novelas y novelas, títulos y títulos, había que andar de perfil evitando a los hombres―anuncio, que no compraban oro, sino publicitaban novedades. Aquel caos era, aquellos días postreros de agosto –es, siempre, supongo―, la rentrée literaria, de tanta tradición francesa. Aquel verano, por cierto, el único escritor español que colgaba –con foto― de los pectorales y dorsales de los hombres―anuncio era Enrique Vila―Matas, que para algo había tenido, tiempo atrás, de casera de su cuchitril de criada (española) a la Duras.

Pero no deseo, no, hablarles de la rentrée literaria autóctona, la que nos espera, ni del otoño que se nos avecina, tan amenazante; quisiera, en cambio, mirar un poco hacia atrás, hacia estos días pasados –éstos, los míos, que no tienen por qué coincidir con los suyos, claro está, pero bueno, si quieren me envían un e―mail―, y sin pretender al hacerlo convertirme, como Lot, en una estatua de sal, déjenme que les diga que la lectura de la prensa –de papel, de la que soy cautivo― condicionó mis lecturas veraniegas.


Tal vez alguien recordará que por primavera florida y lluviosa Rosa Montero escribió un brioso y valiente artículo defendiendo el higiénico método de leer en ocasiones a los clásicos, esto es, saltándose páginas, y aplicaba su método a La montaña mágica de Thomas Mann. Que era una maravilla, sí, que una obra maestra, sí, que si patatín, que si patatán, sí, sí, pero vamos que le sobraban páginas. Y a quién no. Que no había que tenerles miedo, a los clásicos. Tan audaz artículo a mí me recordó a una vieja amiga, entusiasta –decía― lectora de la novela del XIX, de toda –decía―, a la que le aplicaba sin compasión su drástico método: sólo leía los diálogos y se saltaba las descripciones. De haberse puesto con Mann, mi vieja amiga, que también leía clásicos del XX, faltaría más, hubiera dejado La montaña mágica en –pongamos― una duna playera de Guardamar del Segura, provincia de Alicante, pongamos por poner.


Se ve que la modesta proposición de Rosa Montero a Ignacio Echeverría, del suplemento cultural rival, le revolvió las tripas como a un lector de irregular digestión la modesta proposición del gran satírico Jonathan Swift, quien escribió un muy atinado opúsculo “para evitar –así se subtitulaba― que los niños irlandeses de gente pobre sean una carga para sus padres o para la nación, y para que la sociedad se beneficie de ellos”. El subtítulo lo cojo de la traducción que con el título –diferente― de Humilde propuesta lo incluyó el académico Emilio Lorenzo en un tomo de Obras Selectas de Swift, me temo que bastante descatalogado; aunque por si acaso: Ed. Swan/Avantos&Hakeldama, San Lorenzo de El Escorial, marzo 1988. Emilio Lorenzo fue un sabio que conocía bien el inglés y él prefirió titular Humilde propuesta. Uno por nostalgia de lector prefiere el título de Una modesta proposición, que así aparecía en un librito –muy muy descatalogado: es de 1972― de la Editorial La Fontana Literaria, que aparecía traducido por E. Gallo (¿?), editado por Mauricio D´Ors, con ilustraciones de OPS y cubierta de Diego Lara. De Gallo no sé nada. Pero las negritas siguientes, las tres, palabras mayores.

Bueno, la cosa es que a Echeverría, que tanto papel había compartido con Montero, la modesta proposición de ésta –no se me despisten: saltarse páginas de los clásicos― le encolerizó tantos caracteres con espacios como los que le pidieron las chicas de El Cultural de El Mundo, y cumplió, vivediós que sí, como un ciudadano cabal y de a pie; como el ciudadano Aznar asomándose, con sahariana marbellí y bigote pintado a los claro y a la manera marxiana ―¡¡¡Groucho, ojo!!!―, a los muros norteafricanos de la patria nuestra. Un día de este pasado agosto. Y otro día Eduardo Lago se lanzó, con ardor guerrero, a reivindicar las cosas auténticas, lo de siempre, lo sustancioso, y recomendaba dejarse de gaitas y calzarse, por ejemplo, este agosto agotado pues pongamos que Ana Karenina, de Tolstoi, que estamos de aniversario, y él recomendaba la –decía― excelente traducción reciente de Víctor Gallego. No la conozco. En mi edición en Alianza Editorial, en dos volúmenes de bolsillo de Juan López―Morillas su célebre frase inicial suena así: “Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su modo”. Y luego ya sigue todo manga por hombro en casa de los Oblonski.


El artículo de Eduardo Lago me causó un cierto y grato cosquilleo. ¿Y si dedicaba el asueto estival a Ana Karenina? Rescaté del nicho bibliotecario de literatura rusa el primer tomo de la edición de Alianza. Y leí un par de páginas, intrigado por qué estaba manga por hombro la casa de los Oblonski, pero se me cruzó por delante, sobresaltándome, como un coche imprevisto, una carta al director aparecida, por esos días, en El País, en contestación a Eduardo Lago, que había ensalzado –como sublime― la novela y había apalizado, de paso, a los autores de bes―sellers. La carta la firmaba Fernando Schwartz, escritor español de la editorial Planeta. Rompía una lanza por los autores menores y decía conocer a más de un lector que le había aburrido soberanamente Ana Karenina. Qué se le va a hacer. ¿Y si fuera yo uno de ellos? ¿Si no tuviera este verano el cuerpo propicio para la tan traída y llevada novela?


Confieso que la machada tal mal interpretada ―torticeramente, me atrevería a decir― del (siempre) joven Aznar asomándose a las almenas del fuerte Zinderneuf –asociarlo más adelante con Beau Geste, la estupenda película de William A. Wellman, que me la acabo de encontrar en DVD―, me llevó a considerar entonces la posibilidad de releer –cómo se mantiene el Juan Goytisolo de los sesenta, cómo andamos de decepciones y de desilusiones los lectores que entonces fuimos― Reivindicación del Conde Don Julián, que conservo en una muy bien cuidada –y leída― edición mexicana de Joaquín Mortiz. Hojeé el libro, y lo ojeé, me detuve en la cita de Alfonso X El Sabio, que introduce:

“Maldita sea la saña del traidor Julián ca mucho fue perseverada; maldita sea la su ira, ca mucho fue dura et mala, ca sandio fué él con su ravia et corajoso con su incha, antuviado con su locura, oblidado de lealdad, desacordado de la ley, despreciador de Dios, cruel en sí mismo, matador de su señor, enemigo de su casa, destroidor de su tierra, culpado et alevoso et traidor contra todos los suyos; amargo es el su nombre en la boca de quil nombra; duelo et pesar faze la sua remembranza en el coraçon daquel quel emienta; e el su nombre siempre será maldito de quantos dél fablaren.”

¿(Siempre) joven Aznar o Zapatero felón?
Seguía, pues, sin poder cerrar la maleta. Qué llevar.
El periodista Jacinto Antón me ayudó a cerrarla.

Le dedicó una página entera de El País –uno es fiel a sus convicciones― a uno de esos autores, de los que creemos haber leído ya lo sustancial en el pasado y al que tenemos varado, allá arriba, en el estante de la C en el pasillo de los pasos perdidos de la literatura británica –si lo tuviéramos en los estantes de la literatura polaca, pues polaco fue, aunque naciera en mapa europeo cruentamente caprichoso, lo pondríamos en la K―. Si es cierto que al pasar por delante de él, donde reposa y andan encalladas sus obras, las de gran y pequeño tonelaje, uno sentía el aire salitroso, los gritos en argot marinero, incluso uno pasaba revista a la ristra de títulos sintiéndose incluso más joven, como el lector que había sido, tanto tiempo atrás, de La línea de sombra, de El negro del “Narcissus”, de Victoria, en unos viejos tomos de pasta dura de la editorial Montaner y Simón, de Barcelona, algunos con traducción y prólogos de Ricardo Baeza que fue un prestigioso traductor republicano.


En fin, con lo que está cayendo, con lo que se avecina, y quizá precisamente por ello, a Jacinto Antón, que es un periodista que escribe –porque le dejan― como si no fuera periodista, le dio aquel sábado de agosto por hablar de Józef Teodor Konrad Korzeniowski, o sea como todo el mundo entiende Joseph Conrad. Como ignoro cuánto me va a durar esta fiebre conradiana (he recaído), no sé si me voy a meter próximamente –o la realidad, con sus obligaciones y decepciones, me hará poner bruscamente los pies en la tierra― con la biografía, Las vidas de Joseph Conrad, de John Stape, que sacó Lumen en 2007, pero sí puedo decir que he leído con mucho gusto una breve biografía, Joseph Conrad. El hombre de ninguna parte (Belacqva 2007), del novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez, que tiene un estupendo empiece digno de un escritor.

Pero Jacinto Antón no hablaba básicamente de Conrad; a él le gusta que en el verano –feliz él, felices nos hace― le dejen hablar de héroes, de seres extravagantes, de hombre y mujeres ejemplares (a su modo, y con su riesgo). Y Jacinto Antón le dedicó, ese sábado, una plana a Lord Jim, a ese (anti)héroe, a ese marinero inolvidable de la novela conradiana del mismo nombre, Lord Jim. Antón confesaba haberla (re)leido en una vieja edición de Bruguera, de la colección Libro Amigo, que todos guardamos en la sala de restauración, pues en aquel catálogo de los años setenta y ochenta hay verdaderas joyas, todas eso sí aquejadas del mal de la piedra o de la maldición del faraón: se deshacen con tan sólo tocarlas; en fin, querido Libro Amigo de Bruguera, qué triste decadencia la de tu papel encolado.


Yo no poseo ese hipotético desencolado Lord Jim como Antón, así que fui –aliviado― al estante de la C y me enfrenté a otro dilema. Tenía dos Lord Jim, magníficamente editados, como corresponde a un gran clásico del siglo XX (es de 1900: ya no recuerdo si eso es siglo XIX o XX, tanto da): uno es la versión de José Manuel Benítez Ariza con la que la Ed. Pre―Textos inició en 1997 su espléndida colección de Clásicos; el otro, más reciente, de diez años después, tiene traducción de Verónica Canales, y apareció en la no menos excelente colección de Grandes Clásicos de Mondadori.

Qué hacer. Dejar que se acercara y ¿tal vez elegir?

“Por dos dedos, quizá un poco más, no superaba el metro ochenta, era de complexión fuerte y avanzaba hacia uno con paso firme, los hombros ligeramente caídos, la cabeza echada hacia delante y la mirada baja, clavada en su objetivo; recordaba a un toro dispuesto a embestir.” (Verónica Canales)

“Medía alrededor de uno ochenta, centímetro más o menos. Era más bien corpulento, y cuando se te acercaba de frente, con los hombros ligeramente inclinados, la cabeza hacia delante y la mirada fija desde los ojos bajos, te hacía pensar en un toro que embiste.” (J. M. Benítez Ariza)


Ya que me estaba ayudando Jacinto Antón a cerrar la maleta, decidimos de común acuerdo meter las dos ediciones, y en eso estoy, alternando capítulos, no sé si es un disparate, pero la experiencia me está resultando muy grata, tanto que el último lunes de agosto, con el aire salitroso ventilando los pulmones estivales, decidí acercarme a un céntrico (desde mi casa) centro comercial, de obvio nombre, para ver si, cerrándose ya el mercado veraniego de fichajes –o sea las rebajas del 3x2―, encontraba la película Lord Jim, que pragonizó Peter O´Toole y no la hallé, pero sí una nueva edición –la fotografía es espléndida― de Beau Geste, la película de William A. Wellman, con ese trío inmenso de hermanos, los Geste, que se hermanan en el desierto sahariano –se rodó en Mojave, Arizona―, enrolados en la Legión Extranjera. Película mil veces disfrutada, pero uno se hace mayor y se pedantiza, y la vi el otro día de nuevo y me parece un prodigio ese inicio con ese misterio tan bien planteado y mejor rodado –cómo eran los directores artesanos de entonces― de los muertos del fuerte Zinderneuf y ese hermosísimo funeral vikingo en mitad de las dunas.

En fin, no tengo espacio –ni ganas― para buscar metáforas en ese ardid del malvado sargento de poner a los muertos de vigilantes en las almenas para que parezcan soldados en alerta, ni pensar quienes son los tuaregs, quiénes los legionarios asediados, quién el heroico Beau, interpretado por un aceptable Gary Cooper, o quién el malvado sargento Markoff. Que comience el curso político, que avance septiembre, y que se avecine lo que se avecina –hordas de tuaregs―, sea, pero uno todavía siente el salitre de Lord Jim y se sacude de su calzado veraniego la arena del sahariano desierto de Mojave, Arizona, Estados Unidos.

Que septiembre eche a andar. Vale.




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