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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Y los sueños, sueños son


El gran truco pirotécnico que Nolan realiza en Origen es hacer creer al espectador lo listo que es al hacerle entender una historia en apariencia de difícil comprensión pero que no es más que un rompecabezas perfectamente ensamblado y de una facilidad pasmosa de ejecución, o al menos él logra que lo parezca.

Vale, en otras manos esta inmersión en el mundo de los sueños, esta historia sobre cuatro realidades que no lo son, podría haber hecho aguas por todas partes. Y no voy a ser yo de los que le reprochen a su realizador ―para mí absolutamente sobrevalorado― su eficacia en la creación de ese mapa de los sueños con tufo borgiano que remite también a los Vedas, a Platón, a hasta a nuestro Calderón, si nos ponemos a buscarle pies al gato. Eso sólo demuestra que Nolan es un buen receptor, un mejor fagotizador ―no sembrador como sus protagonistas― de ideas y que ha preparado un sofisticado plato en el que ha mezclado los ingredientes más variados para hacer las delicias del paladar tanto del fino degustador cinematográfico como del espectador palomitero de multisalas.

El primero encontrará en él aromas de El año pasado en Mariembad de Resnais, de Alphaville de Jean-Luc Godard y sobre todo de Solaris de Andrei Tarkovski, ―esa esposa muerta que se niega a desaparecer de la memoria del protagonista―. También hallará homenajes al gran Kubrick de 2001 y El Resplandor y al Mario Bava de los fumettis sobre robos imposibles, entre otros.

Al segundo le resultarán bastante obvias las referencias de Memento, Matrix y Desafio Total.

Con estos ingredientes perfectamente cocinados Nolan contenta a toda la platea y además hace creer que se ha inventado algo nuevo.

A mí particularmente esta ambiciosa propuesta de racionalizar lo surreal, de convertir la materia de los sueños en nemes víricos, de mezclar Freud con merinas en definitiva, me aburrió bastante en su tiempo expositivo (Nolan evidentemente no es Philip K. Dick, ni siquiera Lynch, creadores natos de espacios oníricos) y sólo me enganchó en la parte final de su metraje debido al uso de la técnica del montaje paralelo llevada a sus últimas consecuencias que demuestra el excelente montador que es su director y su maestría al dosificar el suspense creado en el cierre de los cuatro niveles del sueño, cada uno con sus propias reglas temporales.

También me gustó su final ambiguo y abierto, pero poco más. Como es habitual en todo su cine, Nolan tampoco logra engarzar las escenas de acción que casi siempre son miméticas de otras ya vistas en pantalla (la sombra de Mann es alargada) y me sobra su irritante trascendencia y ese punto de creer estar realizando una obra maestra que destila la cinta durante toda la proyección.

Por supuesto que la película resulta brillante, sofisticada y tiene momentos de enorme potencia visual. Tiene además un casting a la altura de las circunstancias y no se ha escatimado dinero en su realización. No es de extrañar pues que en el árido desierto de la cartelera veraniega resplandezca como la joya que no es. Pero es que a veces es muy fácil dejarnos fascinar por el brillo artificial de la bisutería. Cuestión de gustos, como siempre, aunque ya me daría yo con un canto en los dientes si todo el cine comercial que se estrena tuviera la calidad de éste. Nobleza obliga.




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