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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Nadie, ¿nada?


Con Mr. Nobody el realizador belga Jaco Van Dormael sorprende con una obra desmesurada, visualmente apabullante, imaginativa pero de resultados desiguales. El filme nos acerca a diferentes momentos de las vidas posibles e imposibles de Nemo Nobody, el último hombre mortal sobre la tierra, y las imágenes nos llevan de forma fragmentaria a sus primeros recuerdos, a sus romances y sus elecciones vitales en una sociedad observada con ingenuidad y sarcasmo. Estamos ante un filme cercano a El extraño caso… de David Fincher, a una versión adulta de Amelie con algo de Terry Gilliam y Michael Gondry.

Mr. Nobody es un trabajo sobre la soledad atravesado por reflexiones filosóficas algo pueriles aunque presentado en una producción de lujo y una indiscutible imaginación visual incapaces, no obstante, de ocultar que la falta de vértigo a la hora de contar una historia increíble no hace de un filme bello uno bueno. Igual que la mirada intensa y el esforzado trabajo de Jared Leto como el protagonista en su azarosa juventud no lo convierten en un actor con dotes suficientes para insuflar matices a su personaje.

La película se acerca al cine fantástico, pero se deja llevar en algunos momentos por la moda de conquistar al espectador a través de la estética y lo bizarro en detrimento de la  hondura. Si nos olvidamos de la verosimilitud y entramos en su rompecabezas narrativo, podemos disfrutar con las singulares aventuras de Mr. Nobody, aunque un público más exigente puede sentir que no hay gran cosa tras el barroquismo de la puesta en escena, la pirotecnia, el coqueteo con el surrealismo  y la ciencia-ficción humanista.

Un gran reparto (que incluye a Diane Kruger, Sarah Polley y Rhys Ifans) y una cuidada atención a los detalles audiovisuales no deben llevarnos a confundir la destreza con el  talento, como el protagonista confunde realidad y ficción. Hay en Mr. Nobody momentos de cierta fuerza ―sobre todo en lo referido a los fracasos amorosos  de su poliédrico personaje principal―, una buena fotografía y una banda sonora seductora, pero también instantes de insoportable cursilería o pretensiones de decir algo transcendental   cuando,  ante todo, se trata de  un buen espectáculo de escasa densidad, bastante más frío y banal de lo que aparenta.




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