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El pizarrín

Javier Goñi

Gardini en Marina di Ravenna

Déjenme que les diga que Raúl Gardini caminaba con un albornoz de color hueso por el borde de la piscina del hotel de su propiedad, situado en Marina di Ravenna, con un aire a lo Jeremy Irons. De esto hace veinte años, o así. Yo leía, ese verano, en ese viaje, Historias de Ferrara, de Giorgio Bassani, que recogía toda su narrativa, en dos tomos, una vieja edición de Bruguera, hoy están puestas al día por Lumen, en un solo volumen. Cogí en Roma un tren abarrotado, y destartalado, de esto hace unos veinte años, o así. Cambié de tren en Bolonia, en dirección a Rávena.


Henry James

En Rávena –lo escribió hace cien años Henry James- los camareros de los cafés te hablan –te hablaban, no sé-  con toda naturalidad de Gala Placidia o de Justiniano. Rávena. El mausoleo de Gala Placidia. Los mosaicos. El arte bizantino. Dante. Yo leía a Bassani. Ferrara quedaba cerca, creo, creía. Un taxi, a la salida de la estación, me condujo a Marina di Ravenna, al pie de un estancado Adriático. Un capricho viajero. Un hotel escogido al azar. Anochecía. En la puerta, despreocupadamente aparcados un par de coches lujosos; alrededor, una cuadrilla de escoltas, morenazos italianos con trajes de diseño, conscientes de todo ello, los escoltas.


Dominique Sanda, claro

Mi dedicación a Bassani no me impidió ver avanzar una historia real: uno se sentía como el narrador anónimo de El jardín de los Finzi-Contini, aunque –ay, lástima- no enamorado de Micol, en la película de Vittorio de Sica la hermosísima Dominique Sanda; en mi recuerdo cinéfilo y turbador esa camisa que transparenta la lluvia cómplice y ese refugio cálido y propicio en un viejo carruaje arrumbado.
Y ésta es la historia que fui armando, mientras leía, esos días, a Bassani. El hotel era propiedad de un italiano riquísimo por consorte, y muy atractivo: a alguien a mi lado se lo oí decir cuando bajaba a la piscina común con un albornoz de color hueso, a recibir pleitesía de un agachado director, de un obsequioso camarero que le traía en bandeja una bebida con un color lo suficientemente oscuro como para que me fijara en ella, al otro lado de la piscina común, donde estaban los turistas, donde leía yo a Bassani.


Del lado de la propiedad estaba Ida, la mujer del rico italiano, con andares interesantes a lo Jeremy Irons, que combinaba, la mujer, los trajes de baño aleonados o atigrados –desde este lado de la piscina no se percibía, y uno de animales salvajes sólo reconoce los que salían, en su niñez, en cromos en las tabletas de chocolate de Elgorriaga- con pareos a juego. Era rubia, y muy bronceada, puro artificio. Había dos mujeres más, jóvenes, las hijas debían ser, muy guapas, como las italianas guapas, y dos yernos, o un yerno y un novio, que jugaban a todas horas con los primeros telefoninos que uno –entonces- empezaba a ver. Una de las hijas tenía un niño, Ignazio, el nieto de aquel rico propietario, de ocho o diez años, al que dedicaba todo su tiempo la socorrista que por ley debía de estar pendiente de todo el turismo que habíamos –cada uno por distintas razones- caído allá, aquel verano de hace veinte años, o así.

Recuerdo una familia texana, que tenía un cierto aire porcino los cuatro y que alborotaban en el agua hasta que se cumplía, a media tarde, el mismo ritual, si Él estaba en el hotel, acompañándolos;  los negocios los tenía en Milán y no siempre, claro, estaba visible: según los coches aparcados y el número de escoltas, uno podía adivinar si estaba o no el propietario con la familia. El ritual consistía en que se acercaba al borde de la piscina a comprobar los avances de su nieto Ignazio, quien nadaba vigilado de cerca por la socorrista, que no atendía a los turistas del otro lado de la piscina.
Satisfecho el abuelo por lo que veía, al final se despojaba de su albornoz, que alguien recogía en el aire antes de caer al suelo y, bronceado, apolíneo, se lanzaba al agua, convencido de quien era, a nadar tan sólo unos instantes con su nieto. Momento que aprovechaba la familia porcina texana para salir de las aguas de aquel mar rojo, partido por la mitad por aquel impresionante propietario y sentir, los porcinos texanos, vergüenza por sus cuerpos desnudos, como la debieron sentir nuestros primeros padres cuando probaron la manzana del picoteo de la media tarde.


Raúl Gardini

Aquel italiano se llamaba Raúl Gardini, era entonces un amo del universo, había ascendido en la escala financiera de los pelotazos de la época –eran otros tiempos: en Italia, entonces, todavía había partidos políticos, no hace falta decir más-, casándose con Ida, la hija del empresario Serafino Ferruzzi, de una de las familias bien de Rávena de toda la vida, y prosperó en los negocios de su suegro, grano, cemento, productos químicos, lo que fuese. Aquel verano era –todavía- muy rico. El mercado del grano de Chicago, no sé si trigo, maíz, avena, soja, no sé, no tenía secretos para él, al contrario, le daba muchos y buenos dividendos.

También hizo muy buenos negocios –ahora no recuerdo quién compró o quién vendió- con Mario Conde, uno que fue, y Juan Abelló, otro que es. En fin, dejémoslo, éste no es pizarrín económico, ni nada que se le parezca. Aquel verano parecía que a Raúl Gardini todo le iba bien. Pero algo siempre huele mal en Dinamarca y el 23 de julio de 1993, dos o tres veranos después de haberlo conocido yo en Marina di Ravenna, Raúl Gardini estando solo en su casa de Milán se metió el cañón de una escopeta en la boca y quizás gritó, lo que no gritaba en el borde de la piscina de aquel hotel de su propiedad un par de veranos antes. Tenía 60 años, y en lugar de comerse el mundo, el mundo se lo comió a él.

 Al parecer, tras el suicidio de su marido, Ida, aquella mujer bronceada de moderado atractivo y que combinaba estupendamente trajes de baño y pareos, de Rávena de toda la vida, aconsejada por su director espiritual, el mismísimo reverendísimo obispo de la ciudad, se metió monja en un convento, directamente superiora. Nunca he vuelto a Marina di Ravenna, pero siempre que me acuerdo de aquel verano, de aquel azar viajero -por qué elegir esa playa, ese hotel-, me pregunto qué habrá sido de Ignazio, el nieto de Raúl Gardini, aquel atractivo financiero que de verdad disfrutaba cuando se quitaba el albornoz color hueso y se lanzaba al agua a jugar con él. Tan sólo, de verdad, ese instante, fantaseo gratuitamente.


Y me he acordado de esta historia, porque estoy (re)leyendo a Henry James, aquel americano enamorado de Europa, que escribió tanto –y siempre tan bien- sobre Italia ante todo. Y es que me he encontrado el texto sobre Rávena –que me ha hecho recordar aquel verano mío con Raúl Gardini, como si uno fuese una comparsa de hotel de una novela corta, que son mis preferidas, de James, de Daisy Miller, por ejemplo-; me he encontrado, digo, un texto sobre Rávena en la antología que con el nombre de El amante de Italia ha preparado Hilario Barrero (ed. Trabe, 2009).

Y una cosa me ha llevado a la otra, y es que si Barrero seleccionó de Italian Hours, el libro que escribió James hace cien años para reunir todo su amor viajero por italiano, de esta misma fuente se sirvió para sus Horas venecianas (Abada Editores, 2008) Miguel Ángel Martínez-Cabeza, quien a su vez acaba de sacar en la misma editorial De París a los Pirineos, que incluye, como curiosidad, un rápido viaje a San Sebastián de Henry James en 1876, en el que describe –ahora que estamos en pleno estío de toros sol y sombra- una corrida de toros, costumbre ésta española y muy cuestionada, y que a él le parece –ya entonces- suficientemente conocida en todo el mundo, como para ocuparse en esos artículos que mandaba –a modo de ganapán- a publicaciones de Estados Unidos. La visión de una corrida de toros le provoca un dilema complicado: “¿cómo –se pregunta- se puede exponer con elegancia que uno ha disfrutado de algo repugnante?”

Confesaba líneas más arriba que las novelas cortas de Henry James son mis preferidas –escribió un centenar largo de cuentos y novelas cortas-, y no sólo mías, sino también de cualquier pequeño editor que se precie, pues raro es el editor que no se lleve un henryjames a su catálogo. He citado antes Abada, Trabe, y podía citar Impedimenta, Sexto Piso, Losada y desde luego la primera Funambulista, que empezó con varias novelas cortas inéditas en español como Diario de un hombre de cincuenta años, El mentiroso y, sobre todo, para mí, esa delicia que es ¡Pobre Richard!, con un estupendo pulso amoroso entre dos soldados y el pobre Richard por conseguir el amor de una rica damisela en plena guerra de Secesión: un prodigio de finura y de elegancia.


Treviana es una curiosa pequeña editorial con apartado de correos en Madrid e impresión en Alemania, que publica unos libritos negros, sobrios breviarios, con una cinta roja, en la que ha mezclado que yo conozca a San Agustín, a Oscar Wilde, a Jaime Balmes –que ya es mezclar-, a Lorca, a Evelyn Waugh y esta Lady Barberina, otra joyita, de James.


Y para seguir con el argumentario, una nueva editorial, zaragozana, Contraseña acaba de poner en las librerías un nuevo James –con el que estoy-: Eugene Pickering, traducido por Ismael Attrache, prologado por Vicente Molina Foix e ilustrado –acaso demasiado desenfadadamente- por Jesús Cisneros. Por supuesto, siempre están al alcance de la mano los títulos de nouvelles clásicas como –también una de mis favoritas- Los papeles de Aspern, muchas veces editada.


Yo la leí por primera vez en uno de los cuadernos marginales de Tusquets (1971), en una traducción prestada de Ediciones Acervo, tengo otras ediciones y en estos días ojeo, con gusto caprichoso, una edición de 1944, de Ediciones Lauro, detrás como siempre el gran José Janés, que Juan Antonio Antequera (¿?) tradujo con el título de Los papeles de Jeffrey Aspern, lo de Jeffrey, por cierto, no estaba en el título original, The Aspern Papers. La edición es muy golosa porque conserva perfectamente la cubierta de R. Giralt Miracle, un excelente ilustrador de posguerra.


Pero, bueno, ya que empecé con una historia real, la de mi encuentro con Raúl Gardini –sigue habiendo fotos suyas en Internet-, que en mi fabulación propia del calor de la temporada –el género como saben se guarda dentro hasta septiembre- bien podría ser un descarte a la manera de James, déjenme que les hable de mi ejemplar –usado- de una novela más del americano, a la que le tengo especial aprecio. Se trata de Lo que Maisie sabía, un ejemplar de Biblioteca Breve de Bolsillo, de Seix Barral, y que antes no fue mío. Lo adquirí el 22 de agosto de 1974. Y en su interior, en el espacio en blanco entre el título y el arquero prehistórico, emblema de la editorial, hay –vengo suponiendo desde hace tiempo- una historia de (des)amor. Como ven, con bolígrafo azul, letra –me atrevería a decir, antes se distinguía- de mujer y firma ilegible, alguien ha escrito: “Aquí te recuerdo y te quiero…”.


Y él con rotulador barato con tinta roja que va de más a menos –de la ilusión a la desilusión, sólo van tres letras, el acento permanece- escribe: “De nuevo juntos ¡No es la felicidad! Está más alla del sentimiento.” Y debajo del todo, a pie de página, la mujer con el bolígrafo azul fecha el encuentro “Vendrell-72”. El libro, en traducción del mexicano Sergio Pitol salió en 1971, lo de Vendrell –huele a verano- es de 1972. Yo compré el libro en el verano de 1974. ¿Qué pasó en este tiempo, por qué no arrancó, uno de los dos, la hoja con las dedicatorias? En fin, ahora que lo he bajado, me están entrando deseos de releer algunas páginas.

“La segunda separación de la señorita Overnore había sido bastante dolorosa, pero la primera separación de la señora Wix fue aún peor. La niña había ido en esos días al dentista así que tenía un término de comparación para la cruel intensidad de aquella escena…”

… Bueno, sigo leyendo. Hasta septiembre.




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