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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Vamos a los hinchables


Es difícil no dejarse cautivar por la extraña poesía de algunas de las secuencias de Air doll, el último trabajo de Hirokazu Koreeda, conocido por el público occidental gracias al éxito de Still Walking.

Partiendo de una premisa argumental cercana al cine fantástico, el realizador nos obsequia con un trabajo plásticamente arrebatador pero arrebatado a su vez por demasiados temas y reflexiones filosóficas dejadas a medias. Exquisitamente fotografiada y con un más que notable trabajo de su actriz protagonista, Air doll es un arriesgado ejercicio de estilo de un director interesado en excavar en la tensión de su país entre la tradición y la modernidad. Koreeda ambienta su fábula en los barrios antiguos de Tokio con un preciosismo que, por momentos, nos recuerda al cine de Wong-Kar-Wai, pero con una personalidad propia capaz de dotar de serenidad a una historia crispada y a un regalo envenenado para una sociedad patriarcal y que se debate entre los nuevos dilemas y formas de comunicación y los viejos valores y formas de amar y de relacionarse más tradicionales.

Lejos del Berlanga de Tamaño natural y más cerca del universo levemente feminista de Kim-Ki-Duk, Air doll es una película que logra su propósito de perturbar al espectador más allá de cierto esteticismo rebuscado y un exceso de poesía que coquetea continuamente con el ternurismo. Estamos ante un filme que mezcla, sin acertar del todo, la frialdad y el dolor, el pesimismo y la esperanza, la ironía y la candidez, un cuento sobre la soledad y una versión algo ingenua del monstruo de Frankenstein.

Como muchos de los filmes más sonados del cine oriental reciente, Air doll será adorada por unos espectadores y detestada por otros. Lo que no podemos negarle al cuento triste de Koreeda es una elegante puesta en escena, un gran trabajo actoral, una evocadora banda sonora y una falta de vértigo considerable para lidiar con temas demasiado grandes envueltos en una película pequeña, pero simpática.




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