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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

La inasible lírica de Alondra y Termita


Cuando terminas de leer la nueva y admirable novela de la americana Jayne Anne Phillips, Alondra y Termita (Duomo), emerges de un mundo en el que lo más irrelevante puede convertirse en extraordinario, y lo más inocente en funesto.

Con una enorme carga de lirismo que convierte las páginas del libro en un extendido poema de inspirado y sugerente poder ―lo que siempre debería ser el fin perseguido por toda gran novela─ , su autora, sureña norteamericana de nacimiento y corazón, hincha las velas de su prosa, y ayudada por los vientos poderosos de dos grandes de la literatura americana del pasado siglo, William Faulkner y Carson McCullers, nos narra la azarosa travesía vital de dos personajes inolvidables: la adolescente Alondra, que sueña con grandes proyectos para ella y su hermano, el otro protagonista, el retrasado mental Termita, dueño de una imaginación portentosa y habitante de un mundo donde sólo existen los sonidos, quienes repentinamente, y por distintas razones, pierden a sus padres y se ven obligados a vivir con su tía Nonie en Windfield, un pueblo perdido en la geografía de Virginia.

Estamos en la América de los cincuenta, en la que ni siquiera se ha comenzado a cuestionar la falacia del sueño americano. Tiempos también de la “camuflada” guerra de Corea a la que es enviado el padre de nuestros protagonistas y que sirve de telón de fondo y contrapunto a su historia.

Jayne Anne Phillips, que fue adscrita en sus principios literarios al movimiento conocido como “realismo sucio” cuyas cabezas visibles fueron Carver y Richard Ford, el uno ya desaparecido y el otro pariendo de vez en cuando obras maestras para disfrute de sus lectores, ha logrado con esta novela ser finalista en la categoría de ficción del National Book Award y del Prix Médicis du Roman Étranger del pasado año. En ella reivindica el derecho a seguir contando las vidas de gente corriente, de rescatar esa memoria de las cosas sin importancia que en cierto modo pueden considerarse como el legado de ese movimiento literario, aunque esta vez se aparte un tanto de la ruta marcada por sus compañeros de generación, y, como ya he apuntado, se apoye deliberadamente en el poderoso estilo del maestro y paisano Faulkner y en la mágica liviandad de la prosa de McCullers para seguir escribiendo sobre el tema que más le interesa, el de la familia, de cómo nos modela y a veces nos destruye.

«La familia nos aporta nuestra primera huella psíquica –dice Phillips–, es algo que heredamos y vivimos con ello el resto de nuestras vidas. No solo nos da lo más útil, también nos sumerge en problemas y secretos.»

Apoyada en la urdimbre sutil de estos hilos argumentales que maneja con la maestría de una antigua encajera del lenguaje, la autora divide su trabajo en cuatro partes prologadas por fotos con planos cada vez más próximos de los túneles donde el padre de los niños y sus compañeros, soldados en Corea, aniquilaron a miles de civiles en una guerra sucia, prólogo o tráiler de lo que después se convertiría Vietnam, para después desarrollar su complicada y perfecta labor de hilado de bolillos con el fin único de demostrar la creencia de Alondra, de que sólo el amor puede vencer a la muerte, que también es, en última instancia, el pensamiento de la autora.

Jayne Anne Phillips nos traslada con destreza desde los campos de batalla del sudeste asiático a la placidez inocente de la vida de Windfield para hablarnos ─como se dice en la solapa del libro ─ de esos vínculos familiares que transcienden la sangre, el tiempo e incluso la conciencia.




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