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El pizarrín

Javier Goñi

Claros varones de Castilla


Déjenme que les diga que no he leído Claros varones de Castilla, de Fernando del Pulgar, ni tampoco Generaciones y Semblanzas de Pérez de Guzmán, pero sí un puñado de retratos y semblanzas, éstos, que se me acumulan en la mesa de los deseos y desvelos. Veamos. Todo empezó cuando Pilar Reyes, la editora de Alfaguara, me envió Retratos y encuentros, del norteamericano Gay Talese, que fue en el (new) periodismo tan elegante (aunque no tan famoso) como Tom Wolfe, y al que Babelia le dedicóuna portada hace semanas.

Uno, como todos, es una marioneta apenas sujeta en el abismo por sutiles hilos que están hechos con las lecturas que le faltan y con las ignorancias que le adornan y toda esa fragilidad mantenida en pie por el Gran Lector, el arquitecto de ese Universo de Papel al que no sabemos –ni queremos- renunciar. Gay Talese es, pese a su fama, un escritor en periódicos o revistas norteamericanas poco editado en español,  o descatalogado tiempo ha lo poco que hubo. Según me entero en elmalpensante.com, la hermana digital de la revista colombiana de tan bien escogido nombre para una publicación cultural que en hechuras –en contenidos me mojo menos- se semeja algo a la mexicana-española Letras libres; según me entero –digo- en ese .com Talese es un “fantasma prestigioso” aunque poco accesible al lector en español. En el pasado sus libros, piezas maestras del nuevo periodismo, se publicaron algunos en la vieja editorial mexicano-española Grijalbo (la fundó allí un viejo exiliado español, que hizo fortuna, como tantos que la hicieron, los demás, no), que fueron desapareciendo, descatalogándose, inmolados en los acuerdos editoriales, al ser absorbida –Grijalbo- por Mondadori/Bertelsmann.

Yo recuerdo haber tenido en mi biblioteca un libro de Talese sobre la sexualidad de los (o las, no sé, dudo) norteamericanos en los años sesenta, un libro, seguro, publicado en Grijalbo, que ahora no encuentro y que sospecho que se habrá perdido en alguna azarosa despresurización, sentimental –que puede ser- o no –que también. La cosa es que me he zambullido, con ilusión de novicio, en estos Retratos y encuentros, espléndidos, espléndidos, espléndidos, que tienen algo de tardía recuperación editorial, que vienen con pasaporte –en español hermano- del otro lado de la mancha, y con los que he disfrutado horrores entre tanto vocerío de ¡¡¡soy españóóól, españóóól, españóóól!!!


Confieso, sí, que conocía de referencias el célebre reportaje dedicado en los años sesenta a La Voz, “Frank Sinatra está resfriado”, una pieza magistral sobre el pequeño gran Sinatra escrita como si Talese le hubiera echado su aliento en el cogote del italoamericano durante varios días aunque es sabido que no lo entrevistó, ni estuvo con él, pero como si le hubiera acompañado de farra. Ese comienzo de Talese: “Con un vaso de bourbon en una mano y un cigarrillo en la otra, Frank Sinatra estaba de pie…” Este reportaje, este perfil, este retrato –espléndido, espléndido, espléndido- está considerado como “la mejor historia jamás publicada en Esquire”, una de las revistas de referencia en las que se dio cancha a los talentos de Talese y otros: me vienen a la memoria –entre tantos- William Styronescribiendo sobre el Camelot de los Kennedy: el otro día vi una foto del pequeño Sinatra dándole fuego a J. F., y de J. F. y de su hermano Bob habla, y no siempre bien, el pequeño Sinatra en este retrato de Talese; no olvido tampoco los reportajes de Norman Mailer, el famoso dedicado al combate de Alí y Foreman en el Congo de Mobutu en 1974: el reportaje lo leí hace años en una pequeña edición de Lumen y que recuperó no hace mucho 451 Editores (editorial que, si no me equivoco, parece que ha alcanzado esa temperatura en la que arden los libros, y es una lástima: en mi reciente gratitud lectora, los libros de Rodolfo Walsh; en fin).


Paul y Jane Bowles

En el libro de Talese no sólo está el retrato de Sinatra, hay otras piezas de primera –esa hermosísima aproximación a N. Y, con listas estadísticas que tienen la fuerza de las metáforas en un buen poema-, pero leer a Talese, me ha hecho volver a los Retratos (en Anagrama, 2005) de Truman Capote, donde están sus célebres aproximaciones dedicadas a Marlon Brando Brando en Japón rodando una película, y las camareras japonesas le llamaban Marron en lugar de Marlon, porque dice Capote que para ellos no existe la ele: tendré que verificarlo-, a Marylin –una joya, una pequeña obra maestra, tantas veces leída, tantas veces admirada-, a la Dinesen y, desde luego, a Jane Bowles,  que releí hace unos meses y, francamente, me da la impresión de que es un retrato menor, como si la fuerza –difícil y complicada- de Jane Bowles se le hubiera escapado de entre los dedos como un globo loco. Y lo releí porque, a principios de este año, Anagrama rescató, reeditó y reunió los dos libros conocidos de Jane Bowles, Dos damas muy serias, su única novela terminada, y la colección de cuentos Placeres sencillos, ambos  publicados por Anagrama hace muchos años, en los primeros títulos de su colección “amarilla”. Pues bien, hace unos meses, en su interesante colección –“roja”, creo, que uno de colores sólo conoce los básicos, y éste me parece que tiene matices, bueno, vale- Otra vuelta de tuerca, Herralde los reunió con un prólogo que es –con algunas pequeñas diferencias y distinta traducción- el retrato que le hizo Capote a la Bowles, “entonces –cuando la conoció en Nueva York Capote- ya parecía una eterna pilluela”. Pilluela, pilluela: la autoría de la traducción de estos Retratos en Anagrama curiosamente no aparece por ningún sitio, y esto es raro en esta editorial, que valora a los traductores.


En el retrato de Capote, éste dedica un cierto espacio a comentar una obra de teatro que escribió y estrenó Jane Bowles en los años en que se trataron, y que a Capote, nada aficionado al teatro, le encantó y la vio tres veces, In the Summer House, inédita en España hasta ahora, en que una pequeña editorial malagueña, Alfama, en versión de Carlos Pranger la acaba de publicar con el título de En el cenador. Esta obra lleva un prólogo de Paul Bowles, con quien se casó en Nueva York en los años cuarenta, aunque ambos eran homosexuales. No es el momento –pues rebasa los límites discutibles de este pizarrín- de ocuparse de esta pareja singular, con un glamour de claroscuros, que puso a Tánger en el mapa gay e intelectual de los viajeros diferentes de los años cuarenta y cincuenta, y de lo que tanto se ha escrito y se conoce (en Circehay una biografía de Jane, una mujer complicada y que está enterrada en Málaga, pues allí murió en 1973, tras penar en distintos psiquiátricos; en Grijalbo/Mondadori hay cosas sobre Paul; sus novelas muy traducidas en Alfaguara y en otras editoriales). A Paul Bowles le conocí en Madrid –nunca le entrevisté en Tánger, nunca estuve en Tánger-,  una tarde de mucho calor en el teatro María Guerrero, en un homenaje que le preparó Alfaguara –escribe de este viaje Juan Cruz en sus Egos revueltos en Tusquets-, donde sonaron sus músicas: fue un notable compositor neoyorkino de su tiempo, o a mí me lo parece, que estuve hace años buscando sus músicas, y algo encontré. Estaba sentado –lo recuerdo- muy cerca de mí, en ese atestado y caluroso patio de butacas. Parecía que prefería estar en su casa de Tánger, pero lo tuve cerca, a unas pocas butacas. Paul Bowles: hace unas semanas en el suplemento del ABC César Antonio Molina escribió un largo y excelente artículo viajero-literario sobre el Tánger de los Bowles, parada y fonda de toda la intelectualidad anglosajona gay, y trazaba, con testimonios locales, un retrato poco favorecedor de Paul Bowles.


Eduardo Haro Ibars

Tánger, el sueño de Tánger, tan cerca de España, tan abierto –entonces- y donde hubo una “colonia” española periodístico-cultural muy interesante, y de la que tanto se ha hablado, se ha escrito también: Emilio Sanz de Soto, esa leyenda tangerina, tan próxima a los inquietos turistas gays que se fotografiaron por sus playas en aquellos años diferentes, un hombre-leyenda, Emilio Sanz de Soto, que nunca acabó de dictarle sus memorias a –me entero ahora- Luis Antonio de Villena, y cuyo ingenio, el de Emilio, se quedó en la memoria de los que le conocieron; Ángel Vázquez, un escritor de culto, admirado y respetado, de vida muy difícil, que se la dejó en una pensión de la calle Atocha; Carmen Laforet, que acompañó ocasionalmente a su marido Manuel Cerezales, quien dirigió el diario España, de Tánger, a quien sustituyó después Eduardo Haro Tecglen, padre de Eduardo Haro Ibars, bisexual (ESdeS y ÁV, homosexuales: estamos entrando en el terreno del libro de Luis Antonio de Villena, homosexual, que acaba de publicar en Pre-Textos, Nuevas Semblanzas y Generaciones), escritor de talento, a quien Villena, hace unos meses, le dedicó –a Haro Ibars, y a otros de la época, Mariano Antolín Rato, María Calonge, Emilio Sanz de Soto, el propio Ángel Vázquez: a unos con seudónimo, a otros a pelo- una novela, Malditos, en Bruguera. Una novela, que era una crónica descarnada de unos años madrileños, los de la juventud del propio Villena –siempre presente en cada página- donde prevalecía el sexo, las drogas –Villena, no-, el alcohol y el rock.


Luis Antonio de Villena

Rememorando a Fernán Pérez de Guzmán, el autor de Generaciones y semblanzas, Luis Antonio de Villena ha escrito este libro de retratos de gentes que ha conocido –muchos de ellos han muerto; alguno, vivo, tal vez haya hecho un gesto de fastidio al leerse, otros no-, que resulta, además, una suerte de gotha, gota gota, de la numerosa tribu española literaria homosexual que ha tratado, apreciado y leído, además de haber nocturneado con parte de ella. Insisto en lo de homosexual porque está subrayado con vocación entomológica en buena parte de estos retratos –desiguales; unos excelentes, otros, los de los más jóvenes, parecen, algunos, obras de aliño, retratos de fotomatón-. Uno no quisiera que esta insistencia mía pudiera parecer que hace aflorar recelos que por mi parte no existen, pues Villena, por ejemplo, tiene buen ojo para estas cosas y cree, por ejemplo, encontrar “un cierto y tradicional fondo homófobo” en Andrés Trapiello; pues en mi caso tampoco. Pero no  creo que complete ni mejore el retrato del usía en cuestión, recalcar que los chicos moros aconsejan ensalivar el miembro antes de la sodomización –en el retrato de Eduardo Haro Ibars- o que Federico García Lorca le preguntaba a Vicente Aleixandre si se lo tragaba y que no sabía lo que se perdía, don Vicente, Vicentón que le llamaban los de confianza, de no hacerlo, “porque sabe a rosas” (página 45). Saberes de poetas.




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