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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Demasiado photoshop


Tras adaptar con cierta dignidad no exenta de academicismo algunas de las comedias más celebres del escritor irlandés, el realizador británico Oliver Parker nos obsequia con una versión bastante plana y carente de interés de la gran novela de Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray de Parker está planteada como un thriller convencional (eso sí, bien ambientado y con unos secundarios de lujo) en el que el personaje de Dorian (hierático Ben Barnes) queda convertido en un malvado de folletín.

Si nos olvidamos del todo del original literario –y la película no nos lo permite―, podemos decir que el Dorian Gray de Oliver Parker es un entretenimiento sin fuste que tampoco llega a satisfacer a los amantes del cine de suspense, ya que, a pesar de cierto virtuosismo, la historia se torna repetitiva y previsible.


En el trabajo de Parker encontramos sustos, miradas esquivas, efectos especiales y una descripción algo más explícita de los suburbios londinenses, pero su estética va derivando de la elegancia a la vacuidad, del cine al cómic sin encanto, de la buena literatura al videoclip de consumo. No hay nada de la recatada elegancia de la versión de Albert Lewin de 1947, nada de su capacidad de sugerencia y todo acaba resultando demasiado vulgar, a pesar de la fotografía tenebrista, el esfuerzo de Colin Firth y las frases tomadas del original.

El filme cae en el maniqueísmo y la ramplonería y, a pesar de la indiscutible tensión que consigue en momentos aislados de su primera parte, la versión de Parker es, a todas luces, una traición a la literatura y al cine, a los clásicos y a los modernos; un pasatiempo que acaba tornándose algo aburrido. Las licencias que el director y su guionista se toman con respecto a la novela no hacen sino empeorar las cosas, y la fuerte carga homerótica del libro de Wilde queda reducida a la mera anécdota.

El retrato de Dorian Gray podría funcionar como un divertimento para los incondicionales del cine fantástico, si no pretendiera, inútilmente, evocar la época y los personajes que tan bien perfiló el autor de Una mujer sin importancia. Finalmente el destino de sus criaturas nos deja indiferentes porque todo se nos da demasiado bien triturado y la elegancia se desvanece ante nuestros ojos. Si la novela de Wilde escandalizó a la sociedad victoriana y la versión clásica de Lewin cautivó a los cinéfilos, me temo que el filme de Parker no escandalizará a nadie y cautivará a muy pocos.




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