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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Solsticio de verano

En mis tiempos de habitante de las míticas (y ahora turísticas) islas Canarias y más exactamente en Lanzarote, casi todas las noches de San Juan, me acercaba a casa de Loli Duque en Maneje invitado “a quemar los trastos” en una gran hoguera que prendían en la explanada frente a la casa, y a un generoso, suculento y bien regado ágape del que dábamos cuenta sentados en el bordillo de la acera, compartiendo vida y alegría con la impagable, acogedora y siempre querida familia Duque y otros amigos. Mientras tanto, nuestro anfitrión Marcos se encargaba de que la pira, en la que intentábamos quemar todos los malos rollos del año junto a los enseres inservibles de nuestras casas, mantuviera su vigor hasta altas horas de la madrugada. Y a fe que lo conseguíamos: renacimiento (y borrachera) absolutos. De eso se trataba: de purificarnos por dentro y por fuera.


De vuelta a Madrid hace ya cinco años me fue imposible continuar el rito de la quema ─aunque trastos, malos rollos y alguna que otra persona se han ido mereciendo año tras año consumirse en la catártica hoguera─, y cambié esa ceremonia telúrica e hipnótica del fuego por otra menos peligrosa para mi integridad personal y la de mi piso. Es así que desde cinco años acá, cada veintitrés de Junio, a eso de las once de la noche prendo (en sentido figurado) mi tele y reproductor de deuvedés y me pongo a ver, en actitud casi de místico arrobamiento, una película que es una de mis favoritas de siempre y cuya historia, atmósfera, tempo narrativo, crean siempre una especie de sortilegio que me transporta a ese mundo rural sureño de la Gran Depresión que tan magníficamente retrata Matar a un ruiseñor, y donde el abogado Atticus Finch (el mejor Gregory Peck posible, Oscar por su interpretación) trata de salvar por todos los medios a un negro acusado falsamente de la violación de una mujer blanca, mientras sus dos pequeños hijos y un amigo resabiado, van descubriendo los secretos y peligros que les acechan en cada esquina del pequeño pueblo donde viven , envueltos en la progresiva y asfixiante atmosfera de miedo y violencia generada por el crimen y de la que ellos mismos serán también víctimas.

Es hipnótica en todo su metraje, y con un guión modélico firmado por Horton Foote que adapta la magistral novela de Harper Lee (la amiga inseparable de Truman Capote que obtuvo un Pulitzer por ella: la obra acaba de cumplir 50 años). Robert Mulligan, uno de los grandes del cine nunca reconocido lo suficiente, rodó un clásico absoluto, una pequeña joya cinematográfica que siempre retomo con fascinación creciente y placer absoluto. Todo en ella roza la perfección (hasta el doblaje castellano lo es): una fotografía en blanco y negro llena de matices, de luces y sombras, casi gótica, de Russel Harlan; una banda sonora que arropa las imágenes, las envuelve de lirismo, llena de ecos sureños debida al indiscutible maestro Elmer Bernstein; unas interpretaciones sin fisuras con una naturalidad que asombra, sobre todo, en los actores infantiles.


Uno de ellos, Jem, el muchacho, guarda en una caja lápices de colores, una armónica, varias canicas de cristal, un silbato, unos pocos céntimos, dos figuras de madera y un reloj inservible con cadena. Constituye su tesoro. Todos tuvimos uno similar a su edad. Su hermana Scout, inolvidable personaje, guarda otro menos material, pero que le sirve para empezar a entender el mundo que la rodea, aquellas palabras de su padre cuando le dice que ─cito de memoria─ “no conoces bien a una persona hasta que no te has puesto sus zapatos y caminado con ellos”.

Esa visión del mundo a través de los ojos infantiles aún llenos de inocencia es el verdadero motor de la historia, así como la creciente admiración que los niños sienten por un padre empeñado en irles enseñando las reglas del juego de la vida mediante la rectitud de sus propios actos.

Uno sale de la revisión de Matar a un ruiseñor tan purificado como del fuego del solsticio envidiando haber tenido un padre como Atticcus Finch, y deseando haberse convertido en uno de sus hijos.




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