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El pizarrín

Javier Goñi

El sabor de los nísperos agrios


Déjenme que les diga que hay un poema de José Hierro en el que grita “todo” y el eco dice “nada”, grita “nada” y el eco dice “todo”, hasta darse cuenta de que la nada lo era todo, y todo era ceniza de la nada. Y lo recuerdo ante una foto de C.L., aquella mujer-enigma a la que le gustaba el sabor de los nísperos agrios. C. L., Carmen Laforet, aquella jovencísima mujer siempre en fuga, a la que le estalló la fama con Nada, o con todo, aquel primer Premio Nadal de hace 65 años, y que huyó toda la vida de aquella Carmen Laforet a la que se vio obligada a ser, y nunca quiso ser. Todo. Nada. Ceniza de la nada.

Acaso sea pertinente traer a la memoria estos fragmentos del poema de José Hierro, Vida, del Cuaderno de Nueva York, aquel libro que publicaría en Hiperión y que le dio al poeta cántabro con cráneo tártaro famas (relativas como son las de los poetas) casi a su vejez, ese poema que también dice:

            Qué más da que la nada fuera nada
            si más nada será, después de todo
            después de tanto todo para nada.

Y lo leo esta tarde de verano, tras cerrar con cierta melancolía este libro, que tanto he subrayado, y lo leo en voz alta, el poema. Un poco pomposamente como los ingleses leen a Auden o a sus poetas imperiales en las ceremonias fúnebres, en las ceremonias de los adioses. Hace ya más de 65 años, una noche de Reyes del 45, Europa (casi) anno zero, una jovencísima y muy guapa mujer obtuvo en Barcelona el primer Premio Nadal con Nada, una novela deslumbrante, de las que hacen historia –la de la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX, por ejemplo-; se ha repetido tanto el dato, que siempre me imagino a aquella jovencísima Carmen Laforet tapándose los oídos para que no le estallase –todos estos años, desde entonces, hasta su muerte, marzo de 2004- la responsabilidad de haber sido aquella joven Andrea que abandona en el mismo año de la Victoria, 1939, España anno zero, Las Palmas, un hogar de cuento (siniestro: madrastra incluida) infantil, para hallar acomodo en la casa barcelonesa de sus abuelos, esa célebre casa (siniestra: como de capítulo alguno del Lazarillo) de la calle Aribau.


Con  Nada Carmen Laforet se convirtió en Carmen Laforet y ya nunca nada fue igual. Siempre vivió, atormentada, queriendo dejar de ser Carmen Laforet, aquella mujer frágil, que esa noche de Reyes consiguió, no por unanimidad, el premio con el que echaba a andar –luego vendría Delibes, y otros- la novela española contemporánea. César González-Ruano, refugiado en Sitges, a dos velas para no variar y disimulando perfil de recientes canalladas parisienses –estaba reciente todavía aquello- se creía ganador, aquella noche inaugural, ya había hecho montoncitos con los dineros del premio, y montó en cólera, y dicen que manifestó que a dónde íbamos a parar si empezaban a escribir, a publicar y –además- ganar premios las mujeres. Que aviados estaban, ellos, y no dijo eso tan célebre de que para eso no habían ganado la guerra –como dicen que dijo Eduardo Suárez- pues de todos es sabido que Ruano se sacrificó  por la patria en peligro echándola de menos lejos de casa, a cubierto.

Carmen Laforet siempre ha sido un caso raro en la literatura española. Teniendo que soportar esa fama efímera y real, que se desea, se busca, o se rechaza, la responsabilidad que recayó en ella –ser, o no ser, esa Andrea, la protagonista, la mujer nueva, título de una de sus otras novelas, ninguna como Nada y escritas casi con fórceps- hizo que se fuera diluyendo, autodisolviéndose en su propio talento, en su esfuerzo por seguir escribiendo, cuando lo probable es que –y posiblemente por razones diferentes- hubiese querido pertenecer a la orden de los bartleby, de los que prefirieron no hacerlo más, escribir, seguir adelante, ser o estar en el escalafón literario. Arrastrar como esas bolas de hierro que arrastraban los presos en las viñetas antiguas de los tebeos o en las películas mudas de policías (gordos) y presos frágiles acharlotados.


En los últimos años se han reeditado algunos libros suyos, novelas, se ha descubierto alguna cosa nueva (se dice, o se decía, no sé, que existía una maleta con papeles extraviados de cuando se fue a Roma: las maletas, la de Pessoa, la de Hemingway, la gaveta milagrosa que tenía Cortázar en París al morir, en fin, dan mucho juego para el rito funerario de lo póstumo, ya se sabe); su hijo Agustín Cerezales, un estupendo escritor que se dio a conocer en Lumenen los años noventa y que ahora está desaparecido, espero que no laforetizado, pues somos muchos los lectores de sus primeros libros que queremos saber por dónde anda, ha escrito sobre su madre (en un librito que publicó el Ministerio de Cultura en 1982 y en algunos prólogos, como en el de los cuentos reunidos en la excelente Menoscuarto, la misma editorial palentina con sensibilidad para la narrativa corta que acaba, estos días, de publicar Siete novelas cortas, con prólogo muy sugerente, como no cabía esperar otra cosa, de Álvaro Pombo), su hija Cristina escribió también sobre su madre –desde su punto de vista familiar-. Un laborioso laforetiano Israel Rolón ha publicado su correspondencia con Ramón J. Sender, una amistad curiosa entre aquella escritora ahogada en el ambiente literario español (y mil sofocos personales más que explican, supongo, una vida complicada como la suya) y el viejo exiliado aragonés. Y en fin otras cosas más, que han vuelto a poner, en estos últimos años, de actualidad a Carmen Laforet, casi olvidada aunque se reeditara continuamente Nada (existe una excelente edición anotada por el profesor Domingo Ródenas de Moya en Crítica, 2001).

Carmen Laforet se casó muy joven –tuvo cinco hijos- con el periodista y crítico literario Manuel Cerezales, que curiosamente pasa como una sombra –en este párrafo todavía no me atrevo a adjetivarla- por la vida de la escritora y del que se separaría muchos años después, una relación aquella que el lector no puede ni debe enjuiciar –pertenece a la intimidad de la familia- pero que debió pesar, y mucho, en ese difícil vivir que fue su vida.

La profesora catalana Anna Caballé, especialista en literatura autobiográfica, responsable de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona y que ya hace unos años hizo una aproximación clarificadora y demoledora a la manera anglosajona a la vida –llena de claroscuros- de Francisco Umbral, ha escrito junto al citado Israel Rolón una espléndida biografía, Carmen Laforet. Una mujer en fuga, Premio Gaziel 2009 de Biografías y Memorias y que acaba de publicar –sin una sola foto, más que la de la portada, y lo lamento- RBA.

Por una reciente carta al director aparecida en El País deduzco que no es ésta la biografía que tal vez la familia hubiese querido leer, pero sí creo –porque es extraordinariamente precisa, y amena, aunque a veces, como les pasa a los anglosajones se les vaya la mano con algunas menudencias que acaso resulten prolijas- que es la biografía que se merecía una escritora como ella y a mí su lectura me ha resultado apasionante. Los dos autores nos dan el retrato, sí, de una mujer en fuga, pero desnuda, como Lady Godiva, pudorosamente desnuda, dolorosamente desnuda. Caballé y Rolón, Rolón y Caballé, ignoro cuál sea la mano de cada uno, lo de ellos es piano a cuatro manos, trazan con precisión y rigor el perfil de esta escritora, catalana por nacimiento, canaria en la adolescencia, barcelonesa en su primera huida, madrileña en su segunda huida (aquí, matrimonio con un hombre mayor que ella, más estricto que ella, más conservador que ella, más dependiente de morales y convencionalismos que ella: acaba siendo la sombra antipática de esta biografía, yo hubiera preferido algo más de luz en torno a su figura: por lo demás uno de los mejores críticos literarios de la posguerra española y años después y quien apoyó y estimuló literariamente a su mujer: yo hubiera querido saber más de Manuel Cerezales en estas páginas, en fin, hay lo que hay, y lo que hay es excelente; pero yo rompería una lanza también por Cerezales).

El subtítulo es muy claro: es la biografía de una mujer en fuga, que fue escritora en activo contra su voluntad, que no renunció a ser madre, ni mujer, ni ama de casa, ni nada, con todo cumplió y con nada quedó satisfecha. Una mujer sola, tal vez, que buscó la amistad de otras mujeres: las de su infancia, lógicas, y presentes toda su vida; curiosas y enriquecedoras fueron sus amistades con su profesora en Las Palmas; con Carmen Castro de Zubiri, como le gustaba firmar hasta el final de su vida, hija de don Américo Castro y casada con Xavier Zubiri el filósofo y anteriormente sacerdote; con Elena Fortún, la célebre escritora republicana autora de la serie de Celia, que regresó tras la guerra a morir en España y con quien mantuvo una intensa amistad epistolar y personal; con Lilí Álvarez, la conocidísima tenista de la época, con una vida muy novelada –que los autores no resisten la tentación de contar con cierto detalle, como igual ocurre con las peripecias de Ricardo Lezcano, su amor adolescente en Las Palmas, durante la guerra en Barcelona, en las que Caballé y Rolón se detienen con cierto engolosinamiento que ralentiza la narración de los también muy interesantes años adolescentes de Laforet en Las Palmas-, quien la convertirá en los años cincuenta, en los años desorientados del éxito de Nada, a un catolicismo abierto, el que practicaba Lilí Álvarez, pre-conciliar, diríamos con precisión cronológica, en compañía del (futuro) teólogo Enrique Miret Magdalena -¡esos paseos dominicales los tres por el Retiro!-; y otras muchas amistades femeninas más, amigas de llegada y de refugio en su constante huida.


Son excelentes las últimas páginas, con una Carmen Laforet muy mermada en su salud y acosada por todos los miedos e inseguridades vitales llevada a Barajas por sus hijos y recogida –tras cruzar ella sola todo el Atlántico- en Estados Unidos por manos amigas. Esos viajes, esas huidas de lo cotidiano, de la vida diaria a ella le daban –no cabe otra cosa que la redundancia- literalmente la vida. Está muy bien contado, en estas quinientas páginas, ese cansancio, ese ahogo que le causaba vivir y las alegrías, los momentos gratos –que a todos nos esperan- con los que se encontraba.

No existe demasiada tradición en España –con la excepción de alguna biografía navajera- de escribir libros como éste que entran con respeto pero también con voluntad de ir hasta donde el fondo se deje ver –con todo hay puertas entreabiertas, aventuro, y está bien que así sea; más allá no debían  adentrarse los autores, y no lo hacen-, y en este sentido es una magnífica biografía que nos esboza la complejidad de esta mujer que quiso vivir la vida y, a lal vez, estar en permanente huida (esas huidas groseras de actos literarios, ese dejar a las niñas en el Liceo francés, entrar después en un café, siempre el cigarrillo en la mano o en la boca, y escribir, escribir a pesar de todo y por todo, y después volver a casa, hacer la compra, guisar, atender a la familia, y así un día y otro, y no abandonar las colaboraciones periodísticas, que las necesitaban para vivir: todo, nada, nada, todo).


En 1961 publicó en Noguer una Guía de Gran Canaria, de esas que entonces se encargaban y se pagaban a los escritores (muchas fotos y un texto relativamente corto). Pues bien en ésta que compré en un saldo y que conserva aún el callejero doblado de Las Palmas y algunos datos útiles (no sé, cosas como Hotel Madrid, teléfono 17107, Pensión Beyruth, teléf. 13204, Cine Doramas, teléf. 32765, etc., cosas así), escribió entonces Carmen Laforet sobre una isla que no formaba parte ni de las Canarias Orientales ni de las Occidentales: “sólo es, en verdad, una isla canaria, una isla de ensueño que nos pertenece”, escribe; esa isla es la isla de San Borondón, esa isla fantasma que sólo aparece –según Laforet- en los mapas medievales: “era una isla de ilusión”. Tal vez para ella la literatura fue como la isla de San Borondón, una isla de ilusión, un espejismo. Y así habiéndola tenido tan cerca, estos días, gracias a Caballé y a Rolón, me la imagino ahora como en un entierro vikingo –ella que tenía un físico tan exótico, tan nórdico-, amortajada por las aguas atlánticas, arribando a esa isla, existente o no, orillándose en San Borondón, descansando para siempre, de tanto viaje, de tanta fuga.

“No queda nada de lo que fue nada”: el verso de José Hierro.




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